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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Ir a las terrazas

Quienes viven en otras fases quieren saber si ya hemos pasado por una

Recibo mensajes de amigos que viven en otras fases: que qué tal, que cómo lo llevo. Lo que de verdad quieren saber es si ya he ido a una terraza. Siempre nos han obsesionado un poco, supuestamente porque a todos nos gusta ver, ser vistos y beber en la calle. Es mentira, a mí me gusta ver y no ser vista y para eso una terraza no vale. Lo de beber en la calle no lo puedo rebatir. Ahora se han convertido en un símbolo de libertad, aunque tienen un aspecto rarísimo tan separadas, mesas y sillas salpicadas un poco azarosamente, el resultado de unos vientos huracanados. Se llenaron un lunes y se vaciaron un martes porque el martes, como si alguien supiera, empezó a llover.

Sin nombreEl miércoles hizo un día que ni sí ni no y, por la mañana, se produjo ese fenómeno propio de inviernos parisinos y de noches de agosto cantábricas: gente abrigada en las terrazas. Me compré un café para llevar, dejé atrás a otros bebiendo los suyos con mascarilla en la barbilla y me lo tomé mirando el escaparate de una librería, como una acosadora. Esa tarde, en una entrevista me recordaron que, en una terraza, tienes que estar a dos metros de los demás, de todos, también de las personas con las que vas si es que no vives con ellas. Pienso que eso da para disposiciones rarísimas y, ahí sí, me entran ganas de ir a una. Por probar.

O sea que ya está aquí, ya llegó. La lista mental de las cosas que hay que hacer. La no esencial, me refiero. La capitalista. La que se confecciona en virtud de obligaciones que me impongo yo sola y deseos que no sé si tengo. La que se volatilizó durante todo el confinamiento porque imperaba la otra, la esencial, la piedra rosetta de las listas. La de las cosas que verdaderamente había que hacer contenía un único punto: seguir. Hasta ahí mi exigencia.

Para cumplirla ignoré con entrega un género que aborrezco pero que me suele atrapar a lo tonto: el del periodismo de lo que está mal. Este es un periodismo Rottenmeier, maniatiquito y repelente que vino a decirte estos meses que estabas haciendo la pandemia fatal. No me refiero a la cobertura de recomendaciones de expertos, sino al artículo correctivo, que constantemente te dice cómo vivir. Qué pesadilla. A veces, qué digo a veces, muy a menudo, el mismo tema se cubre por el género del consejo profesional y por el género del abroncamiento, pero este segundo tiene también sus propias temáticas que explota a todo meter. Por ejemplo, la del aprovechamiento u optimización, centrada estos días en sacar partido al confinamiento.

Por favor os lo pido, dejadme en paz, cómo iba a escribir El Rey Lear en este estado de nervios y estupefacción, cómo iba a hacer pan teniendo acceso al de Modesto de Antas, cómo iba a ‘marikondear’ la casa entera si encontrarme una entrada de cine en un libro me despierta los sentidos y los recuerdos.

Ahora, para no hacer mal la desescalada hay que ir con ocho amigos a casa de un noveno y comer separados dos metros. En Buckingham Palace tienen un metro para que, al poner la mesa, cada elemento esté a la distancia requerida del otro. No venía mal estos días en casa de los amigos. También hay que ir a comprar ropa, ponerse mechas y sentarse en una terraza. Esta es la nueva lista, por lo que veo por el rabillo.

Cuenta Iñaki Uriarte en sus Diarios que su tía Mariángeles, cuando estaba muy ansiosay agobiada, redactaba parsimoniosamente una lista de cosas que tenía que hacer y luego la rompía. De las quinientas páginas que tiene el libro esto es lo que ahora mismo recuerdo con insistencia.

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