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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

El concierto

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXA
Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXA

TENGO QUE hacer un viaje. Tengo que hacerlo porque son vacaciones, quiero decir, nadie me obliga. Por tanto, llevo semanas pensando en si deberíamos dejar de viajar. Lo pienso así, en plural, porque para lo de las obligaciones soy muy generosa y me gusta compartir. Compartir es vivir.

Ese es un pensamiento recurrente que tengo cuando pago billetes, cierro reservas y leo artículos titulados ‘qué ver en tal sitio’, que no sé para qué leo porque solo contienen recomendaciones obvias, la clase de cosas que nunca me voy a perder si voy a tal sitio a ciegas. Pero los leo y un poco me canso de los sitios desconocidos antes de ir, me empacho.

En realidad, odio viajar. Me gusta estar en otro sitio, pero el traslado me espanta. Salvo si es en tren. El tren me gusta porque es el cine del viajar. Te sientas y te proyectan una película documental con imágenes circulantes de naturaleza y de traseras de edificios que inducen a la meditación. Los trenes tienen otro tiro de cámara, el suyo. Así sí, pienso. Además en las estaciones no nos maltratan como en los aeropuertos. Allí nos magrean, nos sablean, nos preguntan indiscreciones y nos ‘sardinean’. Pese a todo, seguimos yendo y pasando diez horas haciendo coditos con personas desconocidas, luchando por apoyar el antebrazo como si tal cosa fuera victoria, deshidratándonos y, por única vez, agradeciendo no medir 1,80.

La vida nos consiente a algunos con el lujo de tener tiempo y dinero para ir a otros sitios a gastar ambos. Lo hacemos y se nos amontonan las imágenes, superpuestas y nos cuesta recordar qué, cuándo y dónde. Creo que tengo recuerdos que son de otra gente que me ha contado sus viajes, de reportajes y documentales, de fotos ajenas. Pero los he ido incorporando y ahora son tan míos que no los puedo despegar, ya no se distinguen de los demás.

Todo lo que decía Foster Wallace que vio en el crucero al que le envío Haper’s yo lo he visto también. Los doscientos tonos de azul del mar azul, la crema solar extendiéndose en diez mil kilos de carne caliente, el baile discotequero de éxitos muy pasados, el regateo absurdo a chavales que comen mal y el oxímoron más extremo: la obligación de divertirse. También el examen posterior de los que ya pasaron por el sitio en cuestión, el suspenso asegurado si tu experiencia no se ajusta milimétricamente a la suya, el mensaje de que viajas mal.

Qué agobios, qué fatigas, qué absurdo es todo. Para qué voy, me pregunto. Si ya sé qué voy a ver, qué descubrimiento es ese, cómo va a ser mío y no de los cien, mil, millones que han ido antes que yo y lo han contado y yo lo he leído. Qué perecísima.

Luego recuerdo aquella noche, toda la cabaña iluminada por un ventanuco abierto en el techo en el punto exacto en el que estaba la luna, como recortado a propósito. La mosquitera moviéndose por una corriente levísima, el soplar de un niño, y los ojos cerrándose para enseguida percatarse del ruido, lo atronadora que es la naturaleza desconocida, la imposibilidad de dormir con ese conciertazo de bichos, crujidos, aleteos y abanicos de hojas. Abrir los ojos y volver el silencio es todo uno porque es la mirada la que nos recuerda dónde estamos, nos reconforta, nos tranquiliza. Cerrar los ojos y volver a la música atronadora. Abrirlos al silencio. Repetir eso diez, veinte veces, maravillándote cada una de cómo cambia todo, tú también, en un segundo. Al final hundirte en el ruido y dormir para despertar en un concierto distinto.

Para eso, para escuchar músicas nuevas, para un recuerdo fugaz (ese sí es tuyo) hay que ir hasta allí. Habrá que volver, decides.

El concierto
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