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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

El centro

Después de un mes, escucho sonido de una frecuencia antes inaccesible

LA VENTANA DE la cocina da a huertas echadas a perder y a terrazas de superficie generosa. Cada día, un señor bracea caminando dentro del rectángulo de una y en el sentido de las agujas del reloj. Da quince vueltas y después se gira militarmente y da otras quince en el otro sentido, sin parar de hacer el molinillo. "Que cuántas llevas", le dice su mujer, asomada a la puerta matemáticamente a la número trece. Finge que no lo vigila, pero tiene que hacerlo, si no no se explica. Tiene que estar dentro, tras el visillo, contándolas en bajito y agarrando la manilla, mil veces desinfectada con lejía,  sacar la cabeza, para decir "Que cuántas llevas" y recibir invariablemente el mismo número. "Trece llevo", dice él, venga a bracear. Trece, trece, trece. Lleva trece hoy y trece ayer y trece anteayer cuando le preguntó en la vuelta número trece. Trece mañana, trece pasado. Ella quiere saber siempre en la trece si ya ha acabado, si ya le toca. Cuando es su turno hace exactamente lo mismo que él pero sin bracear. Yo dejo de mirar porque sin molinillo ya no tiene tanta gracia y porque su ansia me ofende, como la de un futbolista que no puede evitar sonreír cuando sale al fin al campo para sustituir a un compañero lesionado.

EO

La ventana de la habitación da a un cruce de calles. En una esquina hay un bar cerrado con un cartel prometiendo reabrir "cuando nos podamos dar un abrazo". Lo leo cuando bajo a la compra y me parece como tantas cosas estos días: buenas intenciones que no acaban de cuajar, algo tiene que me chirría. Quizás es solo la certeza de que falta mucho tiempo para eso. En el edificio de enfrente vive un hombre que a las ocho de la tarde sale con una olla de acero inoxidable y una cuchara de madera porque aplaudir se le queda pequeño. A las ocho menos veinte o a las ocho y veinte, depende del día, oigo la verja de la farmacia bajarse. Antes solo sabía de sus aperturas, quién estaba en casa a la hora del cierre. Ahora lo oigo todo. Adelantan o atrasan su marcha para no estar en la calle a las ocho. La gente les grita desde los balcones que se vayan a sus casas, que por qué han salido, que a dónde van. Se ahorran el disgusto con el cierre temprano o tardío. El aplauso a los sanitarios, como ellas, les pilla o en la farmacia o en casa, a salvo. El aplauso es, por tanto, otra cosa que me chirría.

Leo a Mariana Enríquez explicar su estado ansioso, cómo le resulta imposible eso que le pide un entrevistador tras otro: ser testigo de su tiempo, desentrañarlo. Se queja de esa exigencia porque no tiene la cabeza para eso, siente que haber escrito libros no la obliga a tal cosa. Pero es que sí lo hace, claro que sí. Son los escritores, no solo ellos, todos los artistas, los que nos contarán dentro de un año, de dos, de diez, qué está pasando. Se equivoca quien crea que se les exige productividad ahora. No, se les pide, como a todos, vivir; a poder ser, sobrevivir y, a ellos, después, contar. Por ahora, es muy difícil entender y concluir. Solo hay que mirar de frente sin apartar mucho la mirada. Vivir ya es suficiente trabajo.

Dedico los días que me toca trabajar a la rareza que es escribir páginas de periódico desde mi mesa, junto a mis plantas, a hablar con 200 personas a las que pido explicaciones prolijas sobre cosas que para ellos son evidentes. Si yo pudiera verlas, hablándoles al lado, no estaríamos así, pero estamos. A eso y a escuchar. Siento que, después de un mes, he sido entrenada para nuevos sonidos. No nuevos, sino nuevos para mí. Sonidos que ya estaban y yo, que operaba en otra frecuencia, no percibía. La vuelta número trece de esos vecinos, la olla y la cuchara, la verja de la farmacia, los crujidos diarios de una casa en la que nunca había pasado tanto tiempo.

Por las mañanas abro la ventana de la habitación y de la cocina, en dos esquinas de la casa, y me maravillo con un fenómeno reciente: el piar en estéreo. En las huertas siempre ha habido pájaros, pero tan pocos y tan tímidos que, si tosías una vez poniendo el café al fuego, se callaban durante horas. Ahora también están en la calle, en el frente de mi casa. Se canturrean de lado a lado, como si charlasen y el pasillo fuese el hilo de lana entre dos vasitos de yogur. Cuando oigo sus trinos y gorjeos repetidos, como insistiendo en una idea, pienso que quizás antes ya estaban y yo me los perdía. Siento que estoy, sin entender nada, en el centro de todo.

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