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Los raritos del barrio

Maruxa
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MI AMIGO Jorge vive a caballo entre Galicia y México, aunque, debido a su trabajo, también pasa mucho tiempo en otros lugares, como Bilbao, Londres o Madrid. Por eso a su fiesta del pasado domingo, en la que celebramos el bautizo de su hijo, asistió gente de todas partes. Incluida Alejandra, amiga de Jorge y vecina de mi barrio.

El piso de Alejandra se encuentra frente al mío, al otro lado de un gran patio de manzana formado por un pintoresco lienzo de terrazas, jardines, parcelas vacías, la explanada de un colegio, la fachada posterior de una iglesia, unas antiguas cocheras de autobuses y varios patios particulares. A veces tengo la sensación de que todo el barrio gira alrededor de ese universo privado, de acceso restringido, que se extiende entre el edificio de Alejandra y el mío.

Podría decirse que aquí nos conocemos todos. Es algo parecido a lo que sucede en la serie Cuéntame, con su barrio de San Genaro, pero en el siglo XXI. A primera hora de la mañana, acompañando a las niñas al colegio, me cruzo siempre con las mismas personas. La chica del estanco, la de la tienda de chucherías, los chavales del taller mecánico, los del supermercado... Por la calle los voy saludando a casi todos y ellos devuelven el saludo o se detienen unos segundos a charlar. Me agrada mucho esa sensación de comunidad. Cada uno ocupa su propio lugar en el barrio.

Alejandra es una de las habituales de estas calles. Recuerdo que, durante el confinamiento, incluso nos comunicábamos —o lo intentábamos— de balcón a balcón, a pesar de la gran distancia que hay entre ambos pisos. Pocas cosas unen tanto como estar encerrados durante meses y encontrar algo de cotidianidad en el edificio de enfrente, aunque sea a lo lejos y durante un rato.

No nos vemos muy a menudo, pero este domingo coincidimos en la fiesta de Jorge. Y allí me habló de algunas de las cosas llamativas que se apreciaban desde su piso, como los nuevos muebles de la galería de los del cuarto piso, en mi edificio. O las piscinas que poco a poco iban ocupando todas las terrazas a ras de suelo. O la enorme cruz de madera que nosotros tenemos junto a nuestro balcón, al lado de la ventana de nuestro dormitorio.

—Disculpa un segundo, ¿la enorme qué?

Yo nunca he tenido barrio. Nací en una calle sin barrio, en el centro de la ciudad, donde nadie se conoce. En Lugo viví al lado de la catedral, entre turistas. Y ninguno de los ocho lugares en los que residí en Santiago se encontraba en un auténtico barrio. Así que esto es algo nuevo para mí y me encanta. Es reconfortante bajar a la plaza que hay en mi calle y que a Fran, el propietario de la mejor tasca del mundo, ni siquiera le haga falta preguntarme qué voy a tomar. Sencillamente, lo sabe. Cada uno ocupa su lugar en el barrio y él es nuestro Sam Malone. También tenemos a nuestro Frasier Crane y a nuestro Norm Peterson. Y a nuestra Carla Tortelli. Te estás tomando una caña y ves paseando por la calle a Antonio Alcántara y a Merche y a Carlitos, que han dejado a doña Herminia descansando en casa. Hay algo familiar en este ambiente, algo hogareño que me fascina y me complace. Pero a lo mejor todavía no capto las bromas de aquí, pensé... Al fin y al cabo, solamente llevo en el barrio unos cinco años. Perdona, Alejandra, ¿acabas de referirte a una enorme cruz de madera situada junto a nuestro balcón?

—Sí, pero no pasa nada. En casa pensamos que a lo mejor erais exageradamente católicos, eso es todo.

No podía dar crédito a lo que me estaba contando Alejandra. ¿Quién habría colocado una cruz de madera distinguible desde el otro lado del patio de manzana? ¿La señora de arriba? ¿Los chicos de abajo? ¿Y por qué en mi fachada? Intercambiamos los números de teléfono y Alejandra se comprometió a enviarme una foto de mi piso visto desde su casa al día siguiente por la mañana. Y efectivamente, allí estaba el enorme crucifijo. Ocupando casi toda la pared.

En cuanto le enseñé la foto que me había enviado nuestra vecina, mi mujer salió a la ventana del dormitorio para ver de dónde había salido aquel armatoste. Y resultó que no había ningún crucifijo gigante, sino una gran sombra con forma de cruz proyectada sobre nuestra fachada por el soporte metálico de la antena parabólica. Acabáramos.

Ese mediodía me encontré con Alejandra en la plaza y le expliqué lo que sucedía. Le aclaré que todo era un malentendido, que no había nada extraño en nuestra pared, que la luz del sol y una estructura metálica formaban una sombra que parece lo que no es.

—Es igual, Manu, en el vecindario sois los raritos de la cruz gigante, eso no va a cambiar. Qué alegría me llevé al escuchar aquello. Nos ha costado unos años, pero por fin nosotros también ocupamos nuestro propio lugar en el barrio.

Los raritos del barrio
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