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Al menos una vez por semana

Al menos una vez por semana hay que dejarlo todo, coger el coche y conducir sin rumbo fijo. Hay que recorrer la ciudad a tientas, a ser posible hasta que se haga de noche. Y dejarla atrás y dejarse atrás a uno mismo. Con la ventanilla abierta y aquella antigua canción sonando en el equipo de música.

Al menos una vez por semana hay que sentarse a ver llover a través de un cristal. Aunque no llueva.

Al menos una vez por semana hay que quedarse en cama para siempre, una vida entera. Y después hay que levantarse, como siempre, para volver a empezar.

Al menos una vez por semana hay que escuchar a los Beatles. No importa el disco. Siempre hay algo nuevo e inesperado en cualquier canción de los Beatles. Salvo en Yellow Submarine.

Al menos una vez por semana hay que brindar y comer con los amigos. Hay que escucharse, hay que putearse, hay que hacer notar que estás ahí para el que te necesite. Y dejar que la sobremesa se alargue y se deforme y te envuelva. Y sentir que esa gente es tu refugio. Y volver a casa queriendo que vuelva a ser mediodía.

Al menos una vez por semana hay que dar un paseo en silencio y sin compañía, únicamente rodeado por la ciudad. Y observar el mundo como un intruso, de cerca pero a distancia, cada uno a su velocidad.

Al menos una vez por semana hay que abrir un buen vino. Y darse cuenta de que estás abriendo un buen vino. Ser consciente de que estás descorchando un buen vino. Y olerlo. Y saborearlo. Y compartirlo.

Al menos una vez por semana hay que abrazar a alguien que te importa. Y dejar que esa persona te abrace a ti. Y quien dice abrazarse dice sujetarse. O sostenerse. O dejarse llevar. O arder. O derrumbarse.

Al menos una vez por semana hay que dormir una siesta larga. Y que el mundo te espere.

Al menos una vez por semana hay que echar la vista atrás. John Lennon cantaba en una de sus mejores canciones que la felicidad es una pistola caliente, humeante. Siempre he pensado que se refería a lo inasible de la felicidad. Cuando te das cuenta, ya has disparado. Ya se ha ido. La felicidad es un verbo en pasado. Luego resultó que el muy botarate se refería, literalmente, a apretar el gatillo de un arma. Pero qué importa lo que diga el autor.

Al menos una vez por semana hay que emborracharse. Hay que perder un poco el control. Hay que balancearse agarrado a una farola a las tres de la mañana, como escribió hace poco Jaureguizar.

Al menos una vez por semana hay que admirar el trabajo de otro, la conducta de otro, la disposición de otro, el talento de otro. Admirarlo hasta sentirse pequeño.

Al menos una vez por semana hay que bailar. En una fiesta. O esperando al ascensor. O escuchando muy seriamente y sin mover un músculo lo que te está contando alguien aburridísimo. Pero sin dejar bailar.

Al menos una vez por semana hay que tocar el agua del mar. Y sentir la arena de la playa y escuchar cómo se rompen las olas. Al menos una vez por semana hay que oler el mar.

Al menos una vez por semana hay que reírse a carcajadas. Reírse hasta llorar. Atragantarse con la risa. Notar cómo te empieza a doler un poco el cráneo y la mandíbula de tanto reír. Olvidarse de quien pueda estar mirando y desternillarse de risa.

Al menos una vez por semana hay que hacer el idiota. Esto tiene mucho que ver con lo anterior.

Al menos una vez por semana hay que comprar un buen pedazo de tarta, un pedazo de tu tarta favorita, y comérselo con satisfacción. O comprar el doble y comérselo a medias con quien lo vaya a disfrutar tanto como tú.

Al menos una vez por semana hay que decirle a alguna de las personas que más quieres que la quieres. Sobre todo por ella, pero sobre todo por ti.

Al menos una vez por semana hay que escribir algo a mano. Coger un papel cualquiera y escribir un par de reflexiones improvisadas con un bolígrafo estupendo. Y guardar para siempre ese papel.

Al menos una vez por semana hay que detenerse a observar una foto antigua. De esas en las que todavía posan y sonríen los que ya no están. En las que un mundo distinto a este permanece intacto, preservado del paso del tiempo. Y volver por un instante allí.

Al menos una vez por semana hay que cocinar para tu gente. Y manchar la cocina y no recoger hasta el día siguiente.

Al menos una vez por semana hay que acostarse tarde. Muy tarde. Imprudentemente tarde. Y aprovechar la oportunidad.

Al menos una vez por semana hay que hacer planes. Soñar despierto con reencuentros y viajes imposibles. Ilusionarse con fantasías inútiles.

Al menos una vez por semana hay que perder el tiempo en todas esas cosas insignificantes que lo significan todo.

Porque la vida es precisamente eso que va sucediendo poco a poco, por momentos, al menos unas cuantas veces por semana.

Al menos una vez por semana
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