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Literatura a ciegas

SALVO SI ME detengo a pensarlo durante un rato, no soy capaz de recordar los diez o doce últimos libros que he leído. Me llama mucho la atención la gente que posee esa habilidad. Sobre todo aquellos a quienes les preguntas por sus lecturas más recientes y las enumeran de corrido. Los que comienzan a recitarlas de forma mecánica, como si se tratase del padrenuestro. Es asombroso observar cómo algunos contestan de forma inmediata y por orden cronológico, de delante hacia atrás, apenas sin hacer memoria, igual que si desplegasen mentalmente un listado. A veces tengo la sensación de que algunos, más que leer, se dedican a hacer inventario.

A mí me cuesta mucho recordar de golpe los diez últimos libros que he leído, como también me cuesta recordar qué comí antes de ayer o qué cené hace tres días. Yo leo porque me gusta, no para llevar la cuenta ni confeccionar un catálogo. No dispongo de un registro mental con check y doble check. Sin embargo, a pesar de que pueda resultar paradójico, sí recuerdo con especial nitidez las circunstancias particulares que rodearon la lectura de algunos libros concretos. Algunos, de hace solamente un par de meses. Otros, de hace más de veinte años.

Recuerdo con precisión el lugar en el que me encontraba, el color cálido de la luz de aquella tarde, las hechuras y el tacto del sofá en el que estaba recostado cuando leí por primera vez El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez. Yo tenía unos trece años años y aquella novelita enclenque y apocada me golpeó con tal contundencia que, desde aquel momento, mi mundo comenzó a inclinarse poco a poco hacia un costado. Desviándose cada día unos grados. Como un reloj que cada hora se atrasa una fracción de segundo o los cimientos de un edificio que todos los años se hunde una pizca por uno de sus lados. Y así permanecerá para siempre. Irremediablemente escorado.

Conservo en la memoria muchos instantes de aquella semana de verano en la que descubrí El gran Gatsby. Recuerdo aquella sensación de fascinación y asombro. Y cómo de pronto yo quería ser Francis Scott Fitzgerald. Algunas de sus descripciones todavía me acompañan desde entonces, como aquella que nos permite contemplar en silencio y a lo lejos las fiestas de Jay Gatsby a través de los ojos de Nick Carraway, quien observaba desde su casa la bahía y, «cuando la marea estaba alta por las tardes, veía a los invitados que se tiraban al agua desde un trampolín de la piscina, o tomaban el sol en la arena caliente de su playa, mientras sus lanchas de dos motores hendían las aguas del estrecho». Qué otra cosa podrían haber hecho aquellas lanchas, tratándose de Fitzgerald, más que hendir las aguas del estrecho.

Por alguna razón no olvido las noches de Tokio Blues, la prevención con la que me acerqué a Murakami y cómo ésta se fue tornando primero en rendición y por último en fidelidad. Me reconozco, con unos veinte años menos, en las páginas de Papá Goriot, la primera novela que leí de Balzac y que me abrió las puertas del realismo francés y me condujo a Dickens y de algún modo me enseñó a revaluar a Galdós. Puedo verme a mí mismo sumergido en las páginas de Papá Goriot, sentado en la misma mesa en la que, al mismo tiempo, frente a mí, se pasaba las horas leyendo y escribiendo mi padre, al lado de su biblioteca.

Recuerdo el apartamento de la Praza do Campo, en Lugo, en el que una tarde de junio devoré La vida privada de los árboles; una novela —y un escritor, Alejandro Zambra— que no habría descubierto de no ser por la insistencia de mi amiga Julia Gebhard, maruxatambién escritora, que tardó tres vermús en convencerme de que le diese una oportunidad. Nunca olvidaré el váter del piso de estudiantes de Santiago donde, recién llegado a la universidad, y sólo porque estaba apoyado allí al lado, abrí por primera vez Ficciones de Borges. Nunca he pasado tanto tiempo sentado en un váter como aquel día.

No recuerdo qué leí hace dos semanas pero recuerdo algunos libros como si los estuviese leyendo ahora mismo. El Jarama de Ferlosio. Pregúntale al polvo de Fante. Catedral de Carver. Ruido de fondo de DeLillo. Hay treinta o cuarenta libros cuya lectura, si cierro los ojos, puedo recordar a la perfección. Dónde me hallaba. Qué edad tenía. Qué estaba ocurriendo en mi vida.

Dicen que con los ojos cerrados perdemos la orientación y no podemos caminar en línea recta. Poco a poco nos vamos desviando hasta que, después de mucho tiempo, completamos el círculo y terminamos regresando al punto desde el que partimos. Puede que sea eso lo que me ocurre cuando cierro los ojos y pienso en algunos libros. Que regreso a aquel momento, a los trece años, con El coronel no tiene quien le escriba en las manos, en el que caí a ciegas en la literatura. Y desde entonces sigo felizmente desorientado.

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