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Epidemia de normalidad

Este mediodía he abierto un buen vino. Uno de los que se pasan un par de meses en el botellero esperando por una ocasión especial. De esos que recorres con la punta de los dedos cada vez que vas a buscar una botella pero al final descartas porque todavía no es el momento. Porque no hay nada que celebrar. Y precisamente para eso lo he abierto hoy. Para que este mediodía fuese distinto. Para que no se pareciese a todos los demás mediodías durante esta cuarentena. Para engañar durante un ratito a la normalidad. 

El día 2 de agosto de 1914, Kafka escribió en su diario: "Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar". La normalidad que se esconde tras esa reflexión asusta un poco. Se ha desatado la Primera Guerra Mundial. El mundo se derrumba. Por la tarde fui a nadar. A veces la normalidad puede ser el más anómalo de los escenarios. Como paisaje de fondo, puede estar hecha de realidades frecuentes, habituales. Pero también puede estar hecha de situaciones insólitas que, por reiteración, se vuelven cotidianas. Es la cotidianidad la que convierte lo extraordinario en ordinario. Es así como la excepción puede acabar siendo la regla. Y la normalidad, a su vez, la cosa más extraña. 

Para la mayoría, resulta raro permanecer todo el día en casa. La gente está acostumbrada a marcharse temprano para ir a trabajar, a tomarse un café a media mañana en el bar de abajo, a aprovechar el mediodía para hacer algún recado, antes de ir a comer, a regresar al trabajo por la tarde y tomarse una caña después. Por el contrario, yo suelo pasar casi todos los días de la semana en casa, sin salir demasiado. Escribo el guión del programa de radio, o la siguiente novela, o un artículo o una columna. Cuido de mis hijas, les preparo la comida, juego con ellas. Leo, escucho música, veo alguna serie. Un par de veces por semana, me gusta ir a comer con mis amigos y quedarme con ellos charlando durante una larga sobremesa. Una tarde o dos, voy con las niñas a buscar a su madre al trabajo y nos quedamos por ahí de cañas. Los sábados siempre cenamos en la zona vieja. Los domingos solemos salir a tapear. Hay excepciones, por lo tanto, como es natural, pero normalmente estoy en casa. 

Ahora un virus, sin embargo, nos ha encerrado tras una puerta —qué frágil es la humanidad: este virus podría haber sido letal en un 80% o un 100% de los casos. Algo así, tan horrible y tan sencillo, podría ocurrir dentro de cuatro o cinco años, quién sabe. O dentro de trescientos. El azar ha querido que esta vez no fuese así. Ha sido cuestión de suerte. Da miedo pensarlo—. Hoy podría haber sido uno de esos mediodías en los que salgo a comer con mis amigos. O una de esas tardes en las que me voy de cañas con Alba y las niñas. Da lo mismo. Algunos días, lo más satisfactorio de esas opciones era el mero hecho de disponer de ellas, aunque después me quedase tirado en el sofá. Pero ahora no existe esa posibilidad. Ahora no tenemos más remedio que permanecer en casa. Como siempre. Y al mismo tiempo, como nunca. Sumidos en la más extraña normalidad. 

Y uno ve las calles vacías desde la ventana. Y cómo dos conocidos que se cruzan de camino al supermercado o a la farmacia intercambian algunas palabras e incluso alguna sonrisa a dos metros de distancia. Es curioso el escaso valor que le damos a la normalidad cuando esta no es insólita. A gestos tan comunes y corrientes como darse un apretón de manos. O un abrazo. O dos besos. A contarle algo al oído al barman de ese local al que vas siempre, rompiendo ambos a reír, el uno frente al otro, sin reparos.

Es lo mismo que ocurre con salir a comer por ahí con amigos o ir de cañas con tu pareja. Ahora pienso en cuánto se echan de menos los días normales y estupendos. Esos en los que recoges en tu coche a dos o tres colegas, ponéis algún disco cojonudo y os acercáis hasta la costa, lejos de la ciudad, a pasar la tarde entre risas y cervezas, sentados en alguna terraza frente al mar. Pero sobre todo pienso en la poca importancia que le he dado a veces a esas cosas. Sencillamente, porque solo consistían en una posibilidad más. 

El día 2 de agosto de 1914, Kafka escribió en su diario: "Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar". Es sorprendente la normalidad que se contiene en esa frase. El mundo entraba en guerra y Kafka se marchó a nadar. Se trata de la normalidad cotidiana en medio de lo inaudito. Pero no se parece en nada a la nuestra. La nuestra es de otro tipo. Nosotros no podemos ir a nadar. Quién nos iba a decir un siglo después de aquello, cuando algo invisible estremece nuestra vida normal, que las cosas podrían ponerse todavía más kafkianas. 

Epidemia de normalidad