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Aullando a una luna de hormigón

PARA TODO hay una primera vez. Incluso para que el azar aparezca de repente y se ponga de tu lado con toda la contundencia posible para después marcharse por donde vino. Incluso para esa buena suerte desproporcionada pero efímera, tan fugaz y generosa que resulta inverosímil, hay una primera vez. Siempre que pienso en esto me viene a la memoria un capítulo de Los Simpson en el que el tabernero Moe Szyslak se convierte en un poeta de fama mundial de la noche a la mañana con su obra ‘Aullando a una luna de hormigón’, pero esa misma tarde termina empapado en el medio de un estanque, disparando a unos gansos y siendo considerado un fraude. Con esa clase de suerte inconcebible siempre ocurre lo mismo: tal y como viene, se va.

Yo tendría unos siete años la primera vez que la buena fortuna me aupó hasta las nubes para luego dejarme caer. Era sábado por la mañana y había salido con mi padre a dar un paseo por aquel Ourense de finales de los años ochenta, que a mí me parecía una ciudad misteriosa e inabarcable, como hoy me lo parecen Berlín, Tokio o Redondela. Recuerdo que un fuerte temporal de viento y lluvia había estado sacudiendo las calles desde el día anterior, pero los cielos por fin parecían concedernos una tregua. Si de mi padre he heredado el gusto por pasear sin rumbo fijo por la ciudad, sobre todo he heredado el placer de hacerlo después de la tormenta. No hay nada como un puñado de calles vacías y mojadas para salir a caminar.

En la Rúa Florentino Cuevillas había un bar que se llamaba Jorge 2. Me gusta pensar que nunca llegó a haber un Jorge 1 en Ourense. Disfruto considerando la posibilidad de que el dueño del Jorge 2 le pusiese ese nombre únicamente para perturbar la milenaria tranquilidad de la aritmética. Ese sábado, mientras mi padre hacía una pausa en el paseo matutino para conversar con un conocido a las puertas de aquel bar, yo me fijé en que dentro, junto a la barra, había una máquina expendedora de pistachos contra la que un hombre se peleaba con más fe que eficacia. Había introducido un montón de monedas —probablemente ese era el problema— pero la máquina, a cambio, no le había proporcionado un buen montón de pistachos. De hecho, no le había proporcionado pistacho alguno. La aritmética tiene curiosas formas de vengarse.

El hombre abandonó el bar furibundo y, ya que mi padre no dejaba de charlar con su amigo, yo me aproximé a la máquina para comprobar qué clase de brujería impedía el normal funcionamiento de las cosas. La palpé, la golpeé, la zarandeé y, finalmente, por poner a prueba el mecanismo básico de la máquina, giré una ruedecita que tenía en un lateral y pulsé un botón. La mandíbula casi se me cae al suelo cuando, a través de una pequeña trampilla que se abrió en su parte inferior, comenzaron a salir tantos pistachos que los del bar tuvieron que darme una bolsa de plástico para guardarlos. Debía de haber allí más de medio kilo de pistachos. Los recogí todos y, desde el suelo, me quedé eclipsado observando aquella máquina como quien adora a un ídolo pagano. Como un lobo aullando a una luna de hormigón.

Jamás en mi vida había tenido tanta suerte, pero sobre todo, jamás en mi vida había sido tan inesperada. Lo que yo todavía ignoraba en aquel momento es que, por lo general, si el azar aparece de repente y se pone de tu lado con toda la contundencia posible, acostumbra a marcharse poco después por donde ha venido. La buena fortuna, cuando es tan generosa, no dura demasiado tiempo. Se parece a una enorme y fantástica pompa de jabón —hay una serie titulada Me llamo Earl cuyo argumento sirve para explicar esta idea de una forma mucho más gráfica y elocuente que la mía—. Salí a la calle con mi botín, resbalé en un charco de barro, me caí al suelo y todos los pistachos se desparramaron por la calzada sucia y mojada, llena del aceite y la mugre que se había esparcido con el agua. Con esa clase de suerte inconcebible siempre ocurre lo mismo: tal y como viene, se va.

Pensaba en esto hace unos días, escuchando una entrevista de Kiko Novoa en la Radio Galega. En algunas playas de la Costa da Morte habían aparecido de la noche a la mañana miles de botellas de aceite provenientes del mar. Kiko entrevistaba a una percebeira y le preguntaba si no estaba preocupada por la calidad de aquel misterioso aceite, a lo que ella contestaba que le daba igual: tenía aceite para varios años. Yo me quedé pensando si la posibilidad de que el aceite estuviese en mal estado no sería, en realidad, esa extraña forma que tiene el azar de gestionar estos inmensos golpes de suerte, retirándola de pronto. La señora seguía insistiendo en los muchos obsequios infensivos que, a lo largo de su vida, le había hecho el mar. "Una vez estuve dos meses seguidos fumando Marlboro", sentenció. A mí me convenció para siempre.

Aullando a una luna de hormigón