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Mejor, dejen a Valle-Inclán

DOS LIBROS, dos...… Dos pretendidas biografías definitivas de don Ramón del Valle-Inclán (Ría de Arosa, 1866-Santiago, 1936) llevan unos meses en las librerías. Las dos tienen empaque editorial; la del profesor Manuel Alberca, editada por Tusquets tras ser premiada con el Comillas, y la de Joaquín del Valle-Inclán, nieto evidente, por Espasa. Puestas la una frente a la otra, podríamos decir que el nieto tenía sus ventajas; vueltas a poner la otra frente a la una, me da lo mismo una y otra. Creo que ninguna de las dos acierta. Seguramente ninguno de los dos autores, -tras el desencuentro habido entre ellos, pues comenzaron a trabajar juntos en el libro-, soñaba con una biografía definitiva. Es un tema colateral que no me importa. Los Valle-Inclán tienen casta. La culpa, seguro, es del propio personaje, don Ramón, "genio de las Letras españolas y extravagante ciudadano", que dicen que dijo de él el dictador Primo de Rivera.

La biografía de don Ramón hay que sacarla de sus obras, todas ellas empapadas en vida propia. Créanme, la lectura reposada de la extensa obra de uno de nuestros mejores prosistas de todos los tiempos, grande en cualquiera de los géneros literarios, además de ser un placer, les llevará a dos conclusiones objetivas y severas: Valle se repite más que el ajo, aprovecha argumentos ya desarrollados por él mismo o por otros escritores para nuevas narraciones, tiene muchas lecturas -recuerden la famosa biblioteca de sus amigos los Murois- de libros franceses e italianos y, si peta y sirve de ayuda, traducirá del francés a Dostoievski (‘Netochka Nezvánovna’) para llevarse unas pesetas a la fría habitación de la calle Calvo Asensio, donde pasa hambre y cubre su sueño con periódicos por falta de cobertor. Novela, pues, plagiada y pagada a tres pesetas la entrega, que lleva, para colmo, el título de ‘La cara de Dios’, de un modesto drama de Arniches, que autoriza el préstamo.

El pasado verano leí un comentario, siempre oportuno como suyo, de Carlos G. Reigosa, ‘Menos plaxiarios’, que me trajo a la memoria andanzas muy lejanas, de febrero de de 1973, siendo yo director de El Ideal Gallego. El 2 de febrero de 1973, la editorial Taurus, que dirigía literariamente Jesús Aguirre, lanza la edición de una novela, ‘La cara de Dios’, publicada con la firma de Valle-Inclán a lo largo de 1899-1900 por entregas en una modesta revista madrileña, de 500 páginas, una vez encuadernada, la más extensa de don Ramón y que se olvida en seguida, y que el autor no cita entre sus obras. Para los nuevos editores "es fuente, origen de todo Valle-Inclán". La edición la prologa el doctor García-Sabell, que aporta el volumen original, y la avalan Julián Marías, Zamora Vicente y otras firmas notables. Ocho días después del lanzamiento, el diez de febrero, me llama Julio Andrade Malde, crítico musical de El Ideal Gallego, que yo dirijo: "Estaba leyendo ‘Netochka Nezvanovna’, que me regalaron estas navidades, lo he dejado para echarle un vistazo a ‘La cara de Dios’, que ha comprado mi mujer, y me encuentro con que puedo seguir la novela de Dostoievski con la lectura de la de Valle-Inclán". Le animo a que lo cuente y lo juzgue… ¿El qué? ¿El plagio total de montones de páginas, en las que apenas se cambia nada más que los nombres? Lo hace y publicamos, el día siguiente, "La cara de Dios, de Valle-Inclán, un doloroso plagio". Llegan las réplicas patrioteras, los sarcasmos de Jesús Aguirre llamando a Andrade "ilustre gemólogo", intervengo yo como filólogo y profesor de literatura y publico, por mi cuenta, una "Carta doliente a don Ramón María del Valle-Inclán, genio de las letras gallegas, gloria de las universales". Me contesta Aguirre con otra "carta doliente" a mi dirigida…... Se alborota el gallinero. Los centros culturales del mundo entero hablan del caso.

Primero, ninguno de los dos hagiógrafos de don Ramón citan ‘La cara de Dios

Segundo: desde que levantamos la liebre Julio -y yo como soporte- la obra de Valle, un poco apagada, volvió a lucir y ha provocado cientos de obras en torno a las suyas. Eso es bueno. Dejemos a don Ramón tranquilo. Lo del plagio lo traía al pairo. Plagió de todos, pero sabía hacerlo y mejorarlo, hizo lo que quiso. Y ahí está.

Mejor, dejen a Valle-Inclán
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