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Qué Galicia queremos

El ‘Alba de gloria’ pasa actualmente por la inversión, el aprovechamiento y transformación de los recursos del país
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Los fuegos del Apóstol. EUROPA PRESS

Señor director: 

"Nosotros estamos comprometidos e intentamos invertir en grandes proyectos en Galicia frente a opciones mucho más rentables y provechosas, pero cada vez nos resulta más difícil tomar estas decisiones, viéndonos obligados incluso a retrasarlas y a priorizar por puras necesidades operativas". Abro con esta larga cita de una tribuna de Ignacio Rivera, Ceo de Estrella Galicia, en Economía Digital, por el diagnóstico de una situación que formula de dificultades para la inversión y el desarrollo de proyectos en Galicia. ¿Cabe imaginar un ‘Alba de gloria’ en un 25 de julio de 2021, más de setenta años después de Castelao, que no pase por la inversión, el aprovechamiento y transformación de los recursos y la presencia competitiva en los mercados, como vía para asentar población y para que los jóvenes gallegos mejor formados no se vean obligados a buscar fuera las oportunidades que no encuentran en su tierra? En definitiva, hablamos de la fórmula o cimentaciones imprescindibles para hacer país. Sin las mismas, otros sueños, se compartan o no, sean reales o caminos de frustración, ni en el delirio podrán aflorar.

El ‘Alba de gloria’ de Castelao en Buenos Aires, 1948, era, obligado al exilio y sometido el país al silencio, un ansia de festivas campanas de libertad por todo el paisaje de Galicia. Para quienes entendemos que el marco y las reglas de juego mejores, o menos malas, son las democracias liberales, esa aspiración por las libertades es realidad. El objetivo alcanzado con el actual Estatuto puede ser mejorable o ampliable, pero un planteamiento de reforma no puede negar, desde el realismo, que se valore lo alcanzado como un hito en la historia de Galicia. Ni se puede despreciar o renunciar a esta herramienta, la del Estatuto y la autonomía, con pretextos ideológicos.

En este marco, y con el diagnóstico que confiesa Ignacio Rivera, toca formularnos la pregunta de qué Galicia queremos. Un interrogante que tomo prestado de un artículo reciente de Xosé González, el imprescindible e incansable trabajador por la normalización del uso y presencia del idioma propio, también para el etiquetado comercial. Las respuestas a ‘qué Galicia queremos’ han de ser concretas: auténticas herramientas para que ningún inversor tenga que decir que se ve obligado a aplazarlas. Unas respuestas que reflejen posiciones que permitan visualizar las que son compartidas ampliamente por encima de ideologías o estrategias partidarias. Y sobre esas, la que se compartan, habría que fijar políticas de consenso en las que trabajen todos. El examen y la valoración del ciudadano, del votante, será sobre la eficiencia en la gestión de las mismas. La bondad de las políticas está en la gestión de objetivos conocidos y compartidos y no en los fuegos artificiales de promesas que nunca se cumplen. Pero quizás por una gestión que falla, como expresión de incapacidad para competir en la eficiencia, la competencia político- partidaria se reduce a formular promesas que luego no se cumplen, al ejercicio desvergonzado de la demagogia y a practicar el clientelismo de asfaltado de camino a ninguna parte, instalación de farola pública para beneficio particular y agencia de colocación.

La banda ancha y no el mito de una idílica aldea del pasado, que nunca existió, asentará población en el rural

No creo, señor director, que sea una utopía buscar y definir las estaciones que marquen el recorrido que lleve a un destino de país que ofrezca trabajo, bienestar y un clima adecuado para que los emprendedores se decidan. Es una tarea que correspondería que demandasen desde algunos pilares fundamentales de la sociedad civil. Cierto es que esa sociedad civil en Galicia aparece demasiado silenciosa, entre otras razones por la frecuente y excesiva dependencia de lo público. No le sugiero, como usted imagina, una sociedad en permanente bronca que es la que curiosamente parece apropiarse del escenario público en exclusiva, sino de una sociedad que desde la racionalidad demande condiciones para que las inversiones no tengan que paralizarse o emigrar. La constatable dependencia de lo público tanto como motor puede ser a la larga un auténtico freno, una parálisis que conduce a la nada. Si una sociedad en conflicto permanente nada resuelve, aunque sus impulsores se atribuyan una representatividad que no tienen, pero con su ruido logran con demasiada frecuencia condicionar, frenar e impedir el progreso del país, no muy diferente va a ser el resultado de una sociedad que en la subvención y en el logro de la condición de funcionario tiene sus máximas aspiraciones.

Unas muestras:

¿Queremos o no una Galicia como la que representa esa marca que pilota Ignacio Rivera? ¿Queremos una agricultura y ganadería como la que representa Casa Grande de Xanceda? ¿Entendemos y aceptamos que Sargadelos ha de ser rentable económicamente para ser viable empresarialmente como condición imprescindible para poder continuar como un emblema de Galicia? ¿Dónde se asienta ese emblema si el soporte empresarial que lo sostiene se viene abajo? Entenderá usted que le cite marcas comerciales, la de las cervezas y la de la leche y los productos derivados ecológicos, por l a notoriedad que han alcanzado en sus mercados, tanto dentro como fuera de Galicia, y por el intangible de orgullosa identificación con las mismas por los gallegos, particularmente jóvenes. Y en el caso de la emblemática cerámica, que estuvo en riesgo de desaparición, ante la primacía que dan todavía algunas posiciones políticas a una quimera político-cultural que ignora o desprecia la necesidad de una base empresarial sólida para que sea posible seguir construyendo un imaginario cultural de país a partir de Sargadelos.

Voy a la percha que me permite el prestigio alcanzado por Casa Grande de Xanceda. La recuperación de la Galicia rural como espacio habitable no pasa por un imposible viaje de vuelta a una mítica e idílica economía agraria de feria y aldea del pasado, la que paría brazos para la emigración por las carencias de todo tipo y por la ausencia de horizontes de mejora. Más de una vez da la impresión de que ese imaginario de un pasado mítico que nunca existió es el programa alternativo a futuro frente a la actual destrucción y desaparición del rural gallego.

La población volverá y se fijará cuando la banda ancha sea real en el rural, cuando la agricultura y la ganadería de proximidad, en dimensiones y condiciones de explotación de rentabilidad, se entienda como estrategia comercial competitiva de calidad en la alimentación y como valor ecológico. Los montes, en una realidad actual en la que no aportan la cama para el ganado que los mantenía limpios en el pasado, serán recuperados y sostenibles cuando se defina una política forestal que no demonice, aporte seguridad jurídica, y represente rentabilidad para propietarios o arrendatarios. Y cuando la industria transformadora del recurso forestal sea demandada y bienvenida.

Ocasiones habrá, si usted lo estima oportuno, de volver sobre qué queremos para Galicia.

De usted, s.s.s.

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