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Instrucciones para contar el dinero

HELENA ES TODAVÍA DEMASIADO pequeña para que sus abuelos le den dinero a escondidas, así que el Día de Reyes mi padre me deslizó un sobre blanco, en el salón de su casa, susurrando "esto es para la niña". Asentí y lo guardé en el bolsillo rápidamente, sin mirarlo. Pero la curiosidad me consumía. Necesito saber cuánto dinero llevo siempre encima, como necesito saber en qué ciudad me encuentro, quién es la persona con la que hablo o qué estoy comiendo. Dejé pasar un par de minutos y me fui al baño. Me encerré con llave, saqué el sobre y eché un vistazo al interior. Encuentro siempre un extraño placer en contar dinero. No importa si es una cifra respetable o la cantidad irrisoria que se puede llevar en monedas pequeñas en un bolsillo.

Es como un diálogo veraz, honesto, entre tú y la pasta. En ese momento todavía hay un vínculo puro entre ambos: después los billetes se irán gastando, intercambiando por otros más pequeños, y, al poco, ni siquiera recordarás qué compraste con ellos.

MXVolví a guardar el sobre en el bolsillo, accioné la cisterna, para disimular, y regresé al salón. Mi madre me clavó la mirada, como diciéndome "¿te crees que soy imbécil? Tú has estado contando dinero en el baño". Esa noche, al llegar a mi piso, lo conté una segunda vez, cuando me desvestí y vacié los bolsillos del pantalón en la mesa donde trabajo. Vaciar los bolsillos es otro antiguo ritual. Más bonito y útil que rezar, desde luego. No quiero ni pensar que un día, por exigencias de la moda, desaparezcan los bolsillos. Qué vamos a vaciar entonces. Creo que preferiría la desaparición del dinero a la de los bolsillos. Me gusta ir depositando las cosas que llevo encima una a una, en una especie de recuento no de lo que tengo, sino de lo que soy. 

Al día siguiente, antes de ingresar el dinero de Helena en su cuenta, a través del cajero, lo conté una tercera vez, ya más como un acto nostálgico que numérico. El dinero intacto produce una agradable compañía, parecida a un fantasma amigo. Me recuerda a un mundo antiguo todavía no desaparecido. Casi es normal resistirse a decirle adiós, y menos de esa manera. No acabo de acostumbrarme a depositar los billetes en la ranura del cajero sin pensar que los va a triturar y que contarlo al regreso a casa será más duro que volver con los bolsillos vacíos.

Vaciar los bolsillos es otro antiguo ritual. Más bonito y útil que rezar

A veces creo que se cruzó una línea roja, y todo se fastidió, cuando los cajeros empezaron a servir también para meter dinero. Fue consolador ver, hace unas semanas, ‘Las consecuencias del amor’, de Paolo Sorrentino. Su protagonista, Titta de Girolamo, interpretado por Toni Servillo, es un hombre solitario, silencioso, sobrio en exceso, que lleva ocho años viviendo en un hotelito suizo, propiedad de un matrimonio de aristócratas decadente. Su presencia en el hotel es en realidad un castigo de la mafia, que cuando Titta era un broker le confió 250.000 millones de liras para invertir, y en un par de horas lo perdió casi todo. Si bien le perdonaron la vida, lo condenaron a residir el resto de su vida en el hotel como peón: cada semana alguien le entrega una enorme maleta repleta de dinero, que él debe depositar en un banco.

Hay una escena, que transcurre en una de las cámaras de la entidad, en la que seis empleados cuentan el dinero manualmente, haciendo montañas de dólares sobre una larga mesa. El director supervisa el balance mientras Titta de Girolamo, una silla, fuma y mira por la ventana, de espaldas al dinero. La cantidad es grosera, y en un momento dado, el director le dice a Titta si puede hacerle una pregunta, por curiosidad. "¿Por qué no deja nunca que cuenten las máquinas el dinero?". Titta retira el cigarro de los labios y dice: "Nunca hay que dejar de confiar en los hombres. El día que ocurra eso, habremos cometido un error". En ese instante, es imposible no disculparlo por sus vínculos con la mafia. Nadie te parece más adecuado para el papel de abuelo que da dinero a los nietos cuando empiezan a hacerse adolescentes mientras les dicen: "Y ni una palabra de esto a tus padres". 

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