"La muerte es una maestra que te enseña a aprovechar más la vida"

Una crisis existencial cambió el rumbo de su vida cuando ya había cumplido los 40. Especialista en Oncología y doctorado en Medicina por la Universidad de Barcelona, la conexión que Enric Benito sentía con los pacientes para los que las alternativas clínicas se habían agotado lo llevó a volcarse en ellos.
EBenito_02
photo_camera El doctor Enric Benito. HARPER COLLINS IBÉRICA

Enric Benito encontró su auténtico camino en el año 2000, cuando cursó el máster en Cuidados Paliativos en la Universidad de Barcelona para cambiar la oncología por estos. Desde entonces ha sido coordinador de la Unidad de Paliativos del hospital Virgen de la Salud y del hospital Joan March en Mallorca (1999-2009), y del programa de Cuidados Paliativos de Baleares (2010 y 2017). Ha recogido su larga experiencia en el libro El niño que se enfadó con la muerte, del que ha donado los beneficios de los derechos de autor a la Sociedad Española de Cuidados Paliativos.

Tras años de ejercicio profesional, cambió la oncología por los cuidados paliativos. ¿Qué lo motivó?
Yo creo que cada uno ha venido a la vida a hacer algo concreto. ¿Cómo sabes si estás haciendo lo correcto? La paz interior y la alegría te indican que estás en tu camino, y la ansiedad, la inquietud, el miedo, la incertidumbre... son avisos de que te has salido de ahí. Yo, a los 40 años, me había salido totalmente del camino. Era un oncólogo reconocido, que daba conferencias en París o en Londres, con publicaciones internacionales, pero me había olvidado de lo que me había prometido a mí mismo a los diez años, que fue ayudar a la gente a morir bien. Cuando me di cuenta de que me había equivocado cambié. Eso se dice rápido, pero no se vive así. Yo estaba muy triste y muy enfadado y estuve seis meses de baja por depresión, con tratamiento psiquiátrico, porque no sabía qué es lo que me estaba pasando. Tuve que descubrirlo por mí mismo y a partir de ahí fue cuando empecé a trabajar en la atención paliativa y desde entonces soy feliz.

Ese fue su descubrimiento personal, ¿pero qué fue lo que descubrió al trabajar con las personas que llegan al final de su vida?
El lenguaje nos delata y a ti te acaba de traicionar: no hay final de la vida, hay final de la biografía. He descubierto que la muerte no existe, lo que existe es el proceso de morir, igual que existe el proceso de nacer. La vida es un continuo que emerge, cuando alguien nace, y se sumerge, cuando alguien desaparece de este mundo. Esto está bien organizado y solo nuestro miedo, el rechazo a algo que se va a imponer nos guste o no, lo complica. 

La vida es un continuo que emerge, cuando alguien nace, y se sumerge, cuando alguien desaparece de este mundo


Hay que liberarse del miedo a la muerte, que es un fenómeno natural, pero ese miedo también es natural. ¿Cómo se supera?
El miedo es una emoción natural que nos protege de los peligros, pero hay algo que está más allá de las emociones y ese algo es tu conciencia. Cuando tú tomas conciencia de qué es el miedo y para qué sirve, lo desmontas. Yo lo he hecho acercándome muchísimo a la realidad de la muerte, viendo cómo es, mirándola a los ojos y desmontando todo lo que hemos construido a su alrededor. Cuando te quitas ese miedo te das cuenta de que la muerte es una maestra, que te enseña a aprovechar la vida con más plenitud y más intensidad.

Dedica un capítulo muy especial de su libro, el epílogo, a las siete lecciones del morir, ¿cuáles son?
La primera es que morir es un proceso natural, nuestra única certeza; la segunda es que la verdad nos hace propietarios del proceso, del tiempo que nos queda; la tercera, que morir no duele, lo que puede doler es la enfermedad subyacente; que cuando has hecho lo que has venido a hacer, puedes morir satisfecho; que el sentido nos abre el camino; que podemos morir sanos, entendiendo sano como íntegro, coherente y en paz, y la última, que acompañar a otro en ese proceso y estar ahí tiene premio. 

¿Cuál es el premio?
Los sanitarios sabemos que acompañar es una forma de aprender de la vida sin intermediarios, que la experiencia de plenitud que hay en esos momentos finales puede ser impresionante. Es como cuando nace un bebé, es un momento sagrado, que no se puede explicar. Este lo es igualmente.

La experiencia de plenitud que hay en los momentos finales puede ser impresionante

¿Cómo se acompaña bien?
Cuando alguien se va a ir es algo que sabe, tiene esa intuición, lo que pasa es que la gente se puede morir muy sola si quienes están a su alrededor se niegan a hablar de ello. Entonces, ¿cómo acompañas? Desde la honestidad, la autenticidad y el amor, tú no tienes que hacer nada, solo estar. La persona que se va se irá desconectando de su propio cuerpo y se convertirá en algo parecido a un bebé –frágil, vulnerable, perdiendo el contacto con el entorno–, pero sintiendo que alguien que lo quiere está a su lado, que no está solo, percibiendo la ternura y el amor. Lo más importante es decirle: "Te queremos, lo has hecho muy bien, has sido un buen padre (si ese es el caso), sabemos que te tienes que ir y puedes hacerlo tranquilo". Ese es el mensaje, lo contrario a "papá, no te mueras, ¿qué voy a hacer sin ti?", que es puro egoísmo.

En el acompañamiento se debe mostrar compasión, no lástima.
La lástima es acercarse al sufrimiento del otro desde mi miedo, cuando yo estoy pensando "pobrecito, qué mal estás y qué suerte que a mí no me pasa eso». Es una posición de superioridad moral que tiene un punto de rechazo. La compasión es acercarse al sufrimiento del otro desde el amor, porque tú y yo somos de la misma categoría, me siento a tu lado y te digo "no sé qué hacer para que estés mejor, pero no te voy a dejar".

Comentarios