Ola de solidaridad y asaltos a las aldeas evacuadas

Un inmenso mar de ceniza y desolación

Días después de que la ira del fuego se cebase con Pedrogao Grande, sus vecinos lloran las 64 vidas perdidas con la mirada aún atenta en una tierra gris que, inhóspita de repente, amenaza con devolverles directamente al infierno

"Lo que aquí se ha vivido daba para hacer tres películas de terror". Extenuado tras pasar las primeras 48 horas del incendio ayudando en las labores de extinción, Xoaquín Queitano todavía no da crédito a lo ocurrido en Pedrogao Grande -su hogar- y en las localidades adyacentes, donde el fuego se ha cobrado, hasta el momento, 64 vidas. 47 en la carretera EN-236, rebautizada ya como la Estrada da Morte.
 

Armando Cruz
"Se juntó todo: una tormenta seca, las altas temperaturas, el viento... en 23 años de bombero no vi nada igual"

Entre ellas la de su amigo Gonzalo, de 40 años, un bombero de Castanheira que murió en el hospital de Coímbra a causa de las quemaduras sufridas mientras intentaba salvar a una pareja que, atrapada en la emboscada de humo en la que se convirtió la carretera nacional, chocó frontalmente con el vehículo de los bomberos. "Murió intentando ayudar", relata entre sollozos Xoaquín, incapaz de contener las lágrimas al recordar que su amigo, conocido como Assa, deja un hijo pequeño. Y que los otros cuatro compañeros que completaban el retén y que también intentaron infructuosamente salvar a la pareja en la EN-236 siguen graves.

Forman parte de los 254 heridos en el devastador incendio, ya controlado, que ha arrasado aldeas enteras en el centro del país y obligado a evacuar otras cuarenta. En el lugar de Várzea, uno de los más afectados por la tragedia, fallecieron catorce vecinos, seis de una misma familia -un matrimonio con dos hijos de 6 y 4 años y los abuelos de los pequeños- que fueron sorprendidos por el fuego cuando se encontraban a la mesa con una pareja amiga y su niño. Los nueve intentaron huir de las llamas en tres coches y quedaron atrapados en la estrada da morte.
 

Vanda Serrano "Vimos cómo se dividía el fuego en tres frentes y de repente estaba detrás de la casa, con mucha fuerza; parecía un fuego de artificio"

 

En su casa, la mesa puesta, lista para la comida, pone de manifiesto una triste realidad: todos estarían vivos si hubiesen permanecido en la vivienda. 

Pero fueron muchos los que decidieron atrincherarse en sus hogares y tampoco sobrevivieron a la masacre. Una pareja de octogenarios pereció abrazada en una habitación de su casa en el lugar de Moita. Una mujer de 35, Sara Costa, también falleció quemada en su domicilio, mientras que una de sus familiares, de 71, murió atropellada al huir de las llamas. 

Se trata, con diferencia, del incendio más mortífero de la historia de Portugal, acostumbrado, como Galicia, a sufrir la lacra de los fuegos forestales todos los veranos. Pero ninguno como este.

SIN TREGUA PARA LLORAR. "Fue como un volcán", asevera Armando Cruz, empleado de una empresa de telecomunicaciones que trabaja codo con codo con los bomberos y se encarga de comprobar los cables de la tensión. Su equipo se encuentra en un descanso para comer y reponer fuerzas, y no puede evitar comentar el horror que se ha quedado grabado para siempre en su retina. "Fui bombero 23 años y nunca vi nada igual. Veías el fuego allí y pasado un minuto estaba ya a tu lado", rememora este operario de 53 años con la piel de cara y cuello quemada por el sol, prueba de las interminables horas trabajadas en los últimos días en el monte para ganarle la partida a las llamas. 

Leonel Martínez 
"Me enfadé cuando llegó el coche de los bomberos y no nos ayudó porque dijeron que no tenían orden de actuar"

Un sol que sigue castigando a una población que aún no ha podido ni llorar tranquila a sus muertos, porque la amenaza del fuego sigue latente en Pedrogao Grande. De hecho, el símil del volcán resulta muy acertado. Estés donde estés puedes ver ceniza, ramas carbonizadas e inquietantes columnas de humo que manan de la tierra aquí y allá, recordando que en el subsuelo el incendio sigue vivo, alimentándose de las raíces de los árboles y dispuesto a volver a entrar en erupción en cualquier momento. "Regamos cuatro o cinco veces, pero con agua encima de la tierra y volvía a arder", narra con impotencia Leonel Martínez, un vecino de 61 años de Escalos Fundeiros, que cuatro días después de que se desatase el infierno en esa pequeña aldea de Pedrogao sigue acarreando calderos de agua para contener los esfuerzos del fuego por resurgir frente a su fábrica, salvada milagrosamente de las llamas.

Amable y paciente hasta un punto que sorprende dadas las circunstancias, se detiene en su camino para relatar cómo vivió él la pesadilla. Y aunque se resiste a criticar la gestión del incendio, acaba por mostrar su descontento. "La manguera no daba para más y llegaron los bomberos, pero no nos ayudaron porque no tenían orden de actuar", relata, ya más resignado que enfadado. "Yo estoy vivo para contarlo y el que murió ya no cuenta nada", resume antes de recoger el cubo para proseguir, incansable, su lucha contra la tierra.

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