Ángeles Caballero: "El día de mi cumpleaños, sana como una manzana, me autorregalé un testamento vital"

Nació en Madrid porque no había hospital en Getafe, ciudad a la que siguió desplazándose durante años para cuidar a sus padres. Para eso echó el freno en su carrera —hace crónica social y política en El País, Cadena Ser y la Sexta— y de ahí salió 'Los parques de atracciones también cierran', el libro que presenta este viernes, a las siete en O Vello Cárcere, en un acto organizado por la Asociación de Prensa de Lugo.
G
photo_camera Ángeles Caballero. EP

¿Qué ha sido para usted este libro? ¿Un acto de memoria, de terapia, de reinvindicación de los cuidados?
Me resulta un poco difícil definir lo que pretendía hacer con este libro. Lo que sí tenía claro es lo que no quería que fuera. He intentado ser lo más cuidadosa posible, no quería que quedara para nada como un ajuste de cuentas. Yo creo que es una carta de amor a mis padres. Y especialmente a mi madre, porque fue el personaje más complejo, más duro, el que se dejó querer menos. Mi padre era una persona que encandilaba a los cinco minutos. Mi madre era mucho más rocosa, mucho más difícil. Tenía ganas de homenajearles, y de homenajear el amor tan profundo que se tuvieron ellos y que nos inculcaron sobre todo a mí y a mi hermana. Luego hay otras lecturas, como la importancia de los cuidados, de los afectos, de tener una cuenta económica saneada a la hora de afrontar los cuidados. Era reconocerme también en el privilegio en el que he vivido en comparación con muchas personas que cuidan y que cuidarán.

Mencionas a tu madre, de la que dices que es la persona a la que más has querido y que más lejos habrías querido tener si no fuera tu madre.
Mi madre ha sido... A ver, con mi padre ha sido un amor lineal. Pero con mi madre ha sido también un amor muy profundo, pero que no nos lo ha puesto fácil. Era una persona que se dejaba querer de una manera un poco esquiva. Con la gente a la que quería era muy entregada, muy feroz. Sé que es una persona que, con la forma que yo tengo de ver y de entender la vida, si no hubiera sido mi madre, probablemente la querría tener lejos. O me costaría mucho tenerle cariño y aprecio. Eso también me ha servido, no sé hasta qué punto lo aplico, para intentar hacer un ejercicio, que creo que no es fácil, de desprejuiciarme un poco. Creo que los prejuicios hacen que te pierdas la oportunidad de conocer a gente maravillosa, que pongas una especie de cordón sanitario. 

¿Qué le diría a alguien que está asomándose a ese abismo de cuidar a alguien y además este es quien primero cuidó de una?
Que uno no puede proyectar ni planificar los cuidados. El cuidado tiene mucho de improvisación y mucho de parchear. Le diría esa frase que me dijo a mí mi Tomás [su marido] cuando me veía que estaba intentando no solo ser una chica orquesta sino que la orquesta no desafinara: que llegas hasta donde llegas. Siempre hay algo que hay que priorizar. Hay personas que por su condición económica o profesional, de responsabilidad, no puede desprenderse de su trabajo. Y lo respeto profundamente. Otros pudimos cambiarlo un poco y estoy profundamente agradecida, pero si me llega a pillar en otro momento de mi vida probablemente no habría podido dedicarme a los cuidados de esa manera. Poder parar para cuidar es un privilegio absoluto, pero tampoco le diría a la gente que tiene que parar, porque no soy quien y porque cada uno tiene sus circunstancias. Y después hay gente que no tiene el rol de cuidador. No puedes pedirle a alguien que de repente se saque de la chistera dotes emocionales u otro tipo de habilidades, porque los cuidados desgastan más que satisfacen. Y además es un tipo de cuidado donde sabes que hay fecha de caducidad. No es cuidar a un bebé enfermo que a las 48 horas sabes que está bien.

Mi padre encandilaba a los cinco minutos; mi madre era más rocosa, me hubiera costado tenerle cariño si no fuera mi madre

¿Y a alguien que comienza a necesitar ser cuidado qué le diría? ¿Ha aprendido algo usted?
Mira, yo recuerdo cuando mi madre estaba cuidando de mi abuela. Se ponía toda brava y decía: yo no quiero dar guerra a nadie, a mí me lleváis a una residencia, porque yo no quiero ser una carga. Mi abuela falleció, a mi madre le tocó ser cuidada y no decía que nos fuéramos a la mierda, así, hablando en plata. Es muy difícil reconocer que una necesita ayuda, que está dejando de ser quién fue. O sea, que puede que eso también me pase a mí. Yo creo que es algo para lo que hay que prepararse, incluso hay que tomar decisiones cuando una está sana. Yo hice un testamento vital hace un par de años, el día de mi cumpleaños me lo autorregalé. Estando sana como una manzana puse por escrito cosas que quería hacer llegado el momento en que tuviera una enfermedad, o que hicieran con mi cuerpo. Porque como esperes se acaba convirtiendo en una especie de ruleta rusa y eso no es recomendable.

La vida personal y familiar cada vez cobra más importancia en la esfera pública, ¿pero usted se sintió comprendida cuando decidió parar un poco para cuidar a sus padres o se sintió juzgada?
Me sentí máis arropada que juzgada. Otra cosa es que algunas personas que me apoyaron dijeran en su intimidad, anda que a esta cómo se le ocurre tal. Me sentí poco juzgada, pero los juicios que recibí fueron más como madre de mis padres que de mis hijos. Como opinar y juzgar es gratis, en el sentido de que una pertenece al cuerpo de jueces y fiscales de este país, pues había gente que no tenía vela en este entierro que se permitía juzgarme. Cómo se te ocurre llevar a tu madre a una residencia, con lo bien que estaría con una persona en casa. E incluso amigas que sin decirlo por mí decían: hombre, yo desde luego no llevaría a mi madre a una residencia. Yo, que soy bastante sincera y muy emocional, opté por llevar la procesión por dentro. Había una parte que reconozco que me ponía muy rabiosa. También en este libro hay una serie de explicaciones sobre todo lo que tiene que ver con mi madre y quien lo haya leído y me juzgó en su momento encontrará por qué tomé esa decisión. Que quizás esa persona que lo lea habría tomado otra, pero yo lo que decidí en ese momento me pareció conveniente porque, como me dijo mi padre, con una hermana viviendo en otro continente, quien se iba a comer este marrón iba a ser yo. Pensé, esta catedral de Burgos la llevaré yo a mi espalda. Entonces, tomé esa decisión.

Hubo momentos de enorme calidad y risa con mis padres, pero también momentos en los que decía, Dios mío, si me llamaran porque dimite el presidente del Gobierno...

Aunque sucede que también una puede acabar juzgando. Por qué otra persona no aporta lo mismo que yo, por qué se quejan si hago todo lo que puedo...
Creo que es inevitable. Es como el machismo. Una dice, no, no puedo ser machista, e intenta construirse permanentemente, pero de vez en cuando salen cosas, actitudes, frases que dices, caray, qué mal. Pero por lo menos te das cuenta. Te salta tu propia alarma. Pues con el juicio pasa un poco eso. Y me resulta muy agradable, y me da cierta alegría, cuando me doy cuenta. Me pasó con dos personas muy famosas que han muerto en los últimos tiempos, una en una residencia y otra con demencia. Dos mujeres que mi madre adoraba, Concha Velasco y María Teresa Campos. La Ángeles Caballero de hace diez o quince años habría sido muy antiguo testamento, habría sido bastante más implacable. Ahora me corto un pelo y digo, a ver, no te pongas tonta, después de lo que has pasado, estás tú para dar lecciones.

Dice en el libro que haría falta un ministerio de los cuidados. ¿Cómo es posible que sabiendo la importancia de ellos sigan sin estar en la primera línea de la política, la empresa, el periodismo...?
Es comprensible. Es que, aquí me pongo en primera persona, ahora mismo, mientras hablo contigo tengo una mascarilla capilar y una facial. Quiero decir con esto, que ninguno nos queremos ver como probablemente lleguemos a estar. Entonces, en el tema de los cuidados, la primera reacción siempre es un poco de bajón. Porque no queremos ver, porque no apetece, por más que nos digan que nos debemos preparar. Es como dejar un examen para el final, en el último momento ya te darás el atracón. Tú no quiere programar, no quieres pensarlo, y nunca es necesidad. Yo, por ejemplo, tengo bañera en casa y pienso, habrá un momento en que no podré subir la pierna para ducharme. Todo ese tipo de detalles de nuestra vida privada se traslada al resto. A nadie le apetece. Ojalá hubiera una ley de dependencia absolutamente fuerte, capilarizada y que llegara a través de todas las administraciones, que hacen un poco lo que pueden. Yo tampoco quiero echarle la culpa a la clase política. Todo esto implica un montón de dinero y de extras. Efectivamente es un tema que está por resolver. Veo que está todo bastante pensado para la franja de entre 40 y 65 años y que se deja mucho lo de abajo y lo de arriba. La parte de los mayores y la de los jóvenes está bastante desatendida por las administraciones.

Cuenta en el libro que en un determinado momento desaparecía por la noche para cuidar de día. ¿Más no siempre es mejor?
Bueno, yo, fíjate, en este caso no sé si estoy muy de acuerdo con eso. Es como cuando se habla de que pasar tiempo de calidad con los hijos. Yo esa frase no la comparto en absoluto. Normalmente la suele decir la gente que pasa poco tiempo con sus hijos y a lo mejor se siente culpable. Alguien se estará comiendo el tiempo de no calidad con tus hijos, sea un familiar, sea una persona a la que tienes contratada... Yo he procurado estar todo el tiempo posible. Fue una decisión absolutamente personal que no compartía ni siquiera a mi marido, que pensaba que era súper exagerada. Consideré que yo estaba llamada a ver todos los días a mis padres y el día que faltaba me sentía una mala persona y una mala cuidadora. Yo me los he comido con patatas y ha habido momentos de enorme calidad, de enorme risa y de enorme emoción y otros días en los que decía, Dios mío, si ahora me llamaran pues porque dimite un presidente del Gobierno... Pero yo he estado siempre lo máximo que he podido y ahora duermo muy tranquila por las noches.

Según a qué tipo de periodismo nos dediquemos, el mío el político, pasamos demasiado tiempo con las personas de las que luego tenemos que escribir, creo que es muy necesaria la distancia

Reflexiona sobre la importancia de aprender a dejar ir y lo describe como algo duro pero también liberador.
Sí, yo estoy muy en contra de este discurso que se hace, sobre todo con algunas enfermedades, principalmente el cáncer, de luchar hasta el final como un titán. Mi padre optó en un momento porque no quería seguir ni recibiendo tratamiento ni quería operarse para intentar prolongar no sé si tres o seis meses más de vida y me parece súper legítimo. Yo lo he dicho en alguna entrevista, a mí me ha sobrado tiempo de mis padres. Yo he visto cosas de ellos, y ellos han sido conscientes de ver cosas de sí mismos que estoy convencida de que para ellos ha sido muy doloroso, no tanto por verse ellos así, sino porque yo les viera según en qué determinado momento. Me acuerdo de alguna cosa que me dijo mi padre en pleno momento de dolor, que ni lo cuento en el libro y ni siquiera lo sabe mi marido, absolutamente atroz. Y me temo que es una frase que han repetido y repetirán muchos enfermos que ya no pueden más.

Y en toda esa situación, usted reivindica los pequeños placeres, como el aperitivo, la raya en el ojo o su mejor vestido para ir a ver a su padre al hospital.
Yo es que he sido, y soy, bastante presumida. Te digo que ahora estoy con dos mascarillas puestas. Como que tengo que venirme arriba con lo que sea. Y llega un momento en el que cuando te estás viendo en el espejo del cuarto de baño del hospital o del ascensor piensas, a ver, es que me van a acabar ingresando a mí. Además, yo en todo ese tiempo seguía trabajando y cuando me maquillaban y me peinaban en la tele parecía que se me habían ido los problemas, porque claro, ahí es el departamento de los milagros. Y me acuerdo que llegaba a casa y mis padres sonreían y decían qué guapa estás, qué bien te han peinado, qué bonito es ese vestido... Entonces, pues que cada uno canalice todas sus emociones como pueda.

Es periodista y ejerce en Madrid. ¿Cómo ve el panorama político y mediático? ¿Qué nos falta y qué nos sobra?
Yo tengo una visión especialmente distorsionada porque vivo en una ciudad como Madrid, que tiene muchísimas cosas buenas pero en nivel de perversión y de resistencia política polarizada a mí me cuesta un poco. Procuro encontrar mis recursos. Agradezco mucho ser autónoma para poder estar hablándole ahora desde mi casa, con la ropa que he tendido antes de que pudiéramos conversar. Creo que es muy necesaria la distancia. Yo últimamente tiendo mucho a la misantropía, no de no querer saber nada del ser humano, porque al final tenemos que contar historias de personas, pero tengo a veces la sensación de que según a qué tipo de periodismo nos dediquemos, en mi caso el político, pasamos demasiado tiempo con las personas de las que luego tenemos que escribir. A mí el oficio me encanta, me parece maravilloso, disfruto, pero me indico parar un poco. Los cinco días de reflexión del presidente me parecen pocos para lo que yo necesitaría. 

Comentarios