Dos años con el alma en un puño

Tienen los pies en Lugo y la cabeza en Ucrania desde que una guerra destruyó su vida. Huyeron con lo puesto para volver pronto, pero ni saben si tendrán a donde regresar
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photo_camera Viktoria Lukyanenko y Valentina Bashnagan. VICTORIA RODRÍGUEZ

Hace dos años, los ojos de Europa se fijaron en Ucrania. El país arrastraba tensiones desde que en 1991 se independizó de la Unión Soviética, pero el resto del mundo obviaba el ruido hasta que el 24 de febrero de 2022 se convirtió en estruendo. Rusia encendió los tanques y emprendió una invasión sin tapujos en un territorio que ansiaba desde hacía años, cuando comenzó a alentar los movimientos separatistas en la zona del Donbas.

La guerra, como todas, destruyó en cuestión de segundos el mundo que conocían los ucranianos. Se produjo un éxodo masivo, sobre todo mujeres y niños porque los hombres fueron llamados a filas. Abandonaron sus casas para salvar su cuerpo, porque la vida ya la habían perdido.

Se fueron con lo puesto, para volver pronto, pero han pasado dos años y el conflicto está lejos de solucionarse. Algunos llegaron a Lugo, donde viven a salvo, pero con el alma en un puño.

Valentina Bashnagan, Viktoria Lukyanenko e Iván Konoval son de esos refugiados que esperan en Lugo buenas noticias de su país. Dicen que volverán en cuanto puedan, porque "alguien tiene que levantarlo" cuando la guerra acabe. Huyeron sin mirar atrás cuando el miedo les impedía respirar. No antes, porque nadie salta al vacío si hay otro camino.

Valentina Bashnagan

Valentina

El día que comenzó la invasión rusa, el 24 de febrero de 2022, Valentina Bashnagan se despertó a las cuatro de la mañana con el ruido de los tanques que entraban en Chernihiv. Su ciudad está a 50 kilómetros de Bielorrusia y fue de las primeras en quedar sitiadas. 

"Entraron con los tanques y empezaron a disparar a la gente", recuerda Valentina de aquel primer día. "Rodearon la ciudad, no se podía salir, y los suministros empezaron a escasear. Había colas para todo: la gasolina, el pan... el 10 de marzo, había mucha gente esperando para comprar pan. Vino un avión, comenzó a disparar y murieron todos", relata.

A Valentina Bashnagan le cuesta describir el horror que vivió esos días. "No se podía escapar porque no había gasolina para los coches y los rusos estaban esperando en los caminos para disparar a quien intentaba irse", recuerda.

Ella pasó dos semanas en un refugio subterráneo. Le asignaron un banco para dormir. A los pocos días ya no tenían electricidad ni comida. Agradece el apoyo de los militares ucranianos, que "nos traían alimentos".

Sus dos hijas estaban escondidas en otros lugares, hasta que uno de sus nietos consiguió gasolina para llevarla en un coche hasta Polonia. Justo a tiempo, porque poco después volaron un puente y la ciudad quedó totalmente incomunicada. "Fuimos atravesando campos de labranza porque los caminos estaban plagados de minas", cuenta.

Valentina Bashnagan vio entrar los primeros tanques y morir a mucha gente

Tras muchos días en el refugio sin poder cambiarse de ropa, comiendo mal y aterrada, emprendió el viaje en malas condiciones físicas. Al llegar a Kiev, pararon en una gasolinera. Un hombre se percató de que eran refugiados. Se acercó a ella y le dio una barra de pan. En ese momento la inundó el llanto y se dio cuenta de que todavía no había llorado.

En cuanto llegaron a Polonia, su nieto regresó a Ucrania. Iba con ella una hija, pero allí tuvieron que separarse. "Había mucha gente para subir en un autobús y tuve que irme sola. Mi hija me prometió que saldría en cuanto pudiese". Hoy una de sus hijas está en Polonia y otra en el sur de España. Sus nietos siguen en Ucrania. "Mantengo contacto con ellos y están bien", dice.

Valentina Bashnagan tomó rumbo a España y, paradójicamente, su primer destino fue la casa de una familia rusa en Barcelona, donde estuvo dos días. Nada más llegar, la Policía le entregó la documentación necesaria para legalizar su situación en el país y entró en el programa de acogida del Gobierno. "Como tengo tantos años, ¿quién me va a acoger?", se preguntaba. 

Su primer destino fue la casa de una familia inglesa en Begonte y después, un piso compartido en Lugo, donde continúa. En julio se acaba el tiempo de acogida programado e ignora cuál será su futuro. Desea volver a su país, pero no sabe cuándo podrá hacerlo.

Viktoria Lukyanenko

Viktoria

En la misma situación está Viktoria Lukyanenko. Huyó de Myrnohrad con su marido, una hija y un nieto. Su tiempo de acogida también termina en julio. "Salimos pensando que volveríamos en un mes, tres como máximo, pero ya han pasado dos años". Para esta mujer, "lo peor es no saber cuándo podremos volver y si tendremos a dónde volver".

Cuenta que ayer mismo lograron evacuar a la abuela de sus hijas hasta otra población menos castigada. "Es muy peligroso, bombardean a diario", apunta Viktoria Lukyanenko, quien no entiende que parte de su familia insista en permanecer en un lugar "donde no queda nada", pero al que ella desea volver cuanto antes para colaborar en su reconstrucción.

De momento, ayuda como puede. Su casa está muy cerca del frente y ha cedido su piso a los militares ucranianos. "Son los nuestros y tienen que tener un lugar para descansar y ducharse. Antes se alojaban en colegios, pero ya no quedan porque los bombardearon todos", explica.

Viktoria Lukyanenko está deseando regresar a Ucrania para levantar el país

El sentido patriótico de Viktoria Lukyanenko se entiende perfectamente cuando dice que sus dos yernos y uno de sus nietos están combatiendo. Otro más joven está con ella en Lugo. "Estudia en un instituto y se ha integrado muy bien. El idioma es difícil para mí y para mi marido, pero él no tiene problema para comunicarse".

Ningún miembro de su familia ha encontrado trabajo. Su marido y ella trabajaban en una mina y él ya estaba jubilado. Su hija es médica y trabajaba en un hospital. 

Confiesa que eligieron venir a España porque era el país de Europa más alejado de la guerra, pero cuentan los minutos para regresar al suyo.

Iván Konoval

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El ucraniano Iván Konoval también sigue desde Lugo la actualidad de su país. Acaba de ganar la Copa de Europa cadete de yudo en Fuengirola. Viajó acompañado por su entrenadora, la lucense Sara Álvarez, para representar a Judo Lugo en la competición. Allí se impuso a un oponente estonio, a otro portugués, a un letón, a un finlandés y a un lituano.

Volver a Lugo con la medalla de oro no fue fácil, pero nada lo es en la vida de Iván Konoval. En los últimos dos años se ha acostumbrado a luchar por todo, a que todo se presente cuesta arriba, a superar dificultades o a sobrellevarlas con mucho esfuerzo.

El yudo, a pesar de las exigencias de un deporte a nivel de élite, es el ámbito que le resulta más fácil, donde mejor se maneja y donde más satisfacciones recibe.

Iván Konoval abandonó Ucrania cuando la guerra puso en peligro su vida y la de su familia. Salió del país con su madre y sus abuelos y se asentó en Lugo. No sabía hablar español, no conocía a nadie, no tenía trabajo, pero cualquier situación era mejor que la guerra.

"Estos dos años en España fueron realmente difíciles. El deporte me dio muchas cosas, pero fue mucho trabajo para preparar competiciones, mucho entrenamiento. Además, tuve grandes problemas con el aprendizaje del idioma. Poco a poco voy progresando, tanto en el deporte como con el español", explica.

Iván Konoval cosecha éxitos deportivos con Judo Lugo mientras espera la paz

El ámbito laboral es el más complicado. "En el trabajo las cosas no van bien porque sin conocimiento del idioma no te emplean en ningún lado", comenta. Por este motivo, su madre tuvo que regresar a Ucrania tras unos meses en Lugo e Iván Konoval se quedó con sus abuelos. 

Desde Lugo siguen de cerca la evolución del conflicto en su país. "En este momento, mi ciudad, Kiev, está tranquila y afortunadamente mi padre y mi madre están sanos y salvos", comenta.

Tras ganar la Copa de Europa, Iván Konoval se prepara para el campeonato gallego de yudo, que se disputará en abril en Lugo. "Hay en el calendario un par de competiciones, así que el plan para el futuro es prepararme para ellas", afirma.

Recuerda que cuando salió de Ucrania sabía que tardaría en regresar. "Entendí que no sería un período corto de tiempo, aunque a veces tenía ganas de pensar lo contrario". Su intención es seguir en Lugo, pero no sabe hasta cuándo podrá hacerlo. "De momento no pensamos en salir de España ni de Lugo, pero es posible que nos veamos obligados a hacerlo debido a algunos problemas con la vivienda", comenta.

Cada día es un reto para este joven, una batalla en su guerra particular, pero de momento va ganando.

Olga Glapshun

La invasión la sorprendió en Lugo, donde ya vivía, pero Olga Glapshun no pierde detalle de lo que pasa en Ucrania. "Sigo las noticias día y noche y me preocupa cada vez que suena una alarma por ataques con misiles en cualquier parte del país", asegura. La mayoría de su familia vive en el oeste, la zona más tranquila en este momento, pero también tiene parientes en la parte central del país y "muchos amigos que viven en la línea del frente".

Tras dos años de conflicto bélico dice que "no podemos darnos el lujo de desesperarnos", aunque apunta que es muy duro ver "cómo un país, ante los ojos de todo el mundo, destruye impunemente otro país europeo".

Comenta que en los últimos dos años viajó dos veces a Ucrania "para abrazar a familia y amigos, aunque es un viaje complicado". Cuenta también que solía escribir poesía y artículos, pero "en año y medio no escribí ni una sola palabra e incluso comencé a tener problemas de salud por los nervios y preocupaciones".

Mientras intenta reponerse, ayuda como puede a sus compatriotas. "Desde el principio me involucré en la ayuda de varias maneras. Ahora elijo enviar ayuda concreta a guerreros que conozco personalmente, con quienes están establecidos canales directos y llega más rápido", explica.

Olga Glapshun comenta que la población ucraniana está volcada con los soldados que hay en el frente y busca el modo de ayudar. "Al principio ofrecieron sus ahorros", pero tras dos años de guerra "a menudo toca dar lo último que se tiene".

Dice que los gestos de solidaridad se repiten día tras día. "El oeste del país dio refugio a miles de personas y todos los días desde allí se envía ayuda al frente". Se implica la gente que tiene trabajo, pero también los jubilados e incluso los niños buscan la manera de ayudar al ejército. 

Como ejemplo de que la gente hace lo que puede, cuenta que recientemente "los habitantes de una calle no muy grande de mi ciudad recaudaron en tres días el dinero necesario para comprar un coche. Los soldados son de su familia, habían perdido su último coche y debían llegar a posiciones de combate cargando 50 kilos de peso sobre su cuerpo. ¿Cómo no ayudarles? Una semana después los chicos tenían su coche".

Olga Glapshun ayuda desde Lugo a proveer de material a sus allegados que luchan en el frente

Apunta que las recaudaciones populares son habituales. Los ucranianos entienden que es el modo más directo de enviar ayuda a sus allegados en el frente y se suman a campañas para comprar el material que necesitan.

"Lucho para no sentirme deprimida porque es una condición peligrosa", dice Olga Glapshun, aunque a veces le resulta difícil porque "una parte del país está destruida y miles de ucranianos han sido asesinados".

Afirma que "más de 2.000 niños han sido víctimas de esta guerra y alrededor de 20.000 han sido secuestrados. Se les hace olvidar que son ucranianos, incluso cambian sus nombres. El corazón duele por todos".

Recuerda que su sobrina nieta cumplió años en un refugio al principio de la guerra. "Pasó varios meses oculta en Kiev hasta que pudieron enviarla con mi hermana. La tarta de su cumpleaños, hecha con muy pocas cosas, la estuvo repartiendo entre los niños que estaban en ese refugio".

Con este ejemplo explica que los ucranianos se esfuerzan por continuar con su vida, pero la guerra no se puede ni se debe normalizar. "Los ucranianos más que nadie desean la paz y la estabilidad", indica, pero no a costa del "sacrificio de Ucrania".

Entiende que en el mundo se percibe "un cansancio de esta guerra" y "un gran deseo de acabar con ella de cualquier manera", pero advierte que ceder ante Rusia y sacrificar Ucrania no es la solución. "Los propagandistas rusos llaman a continuar esta guerra, que permitirá capturar otros países europeos. Estamos seguros de que solo les interesa una tregua para hacerse más potentes. Ahora solo están muriendo los ucranianos, pero dan sus vidas por la libertad de todo el mundo civilizado. No hay lugar seguro en el planeta si las ideas locas de destruir el mundo están en la mente de alguien que tiene poder".

Esta ucraniana asentada en Lugo cree que la guerra de su país es "existencial, tanto para los ucranianos como para la inviolabilidad de los principios democráticos en todo el mundo". En este sentido, pide una reflexión sobre "lo que significa para Ucrania renunciar a un territorio que, en contra de todas las leyes internacionales, Rusia ha clasificado como suyo. En primer lugar, se trata de personas. A la gente no se le permite salir de allí. Les disparan por la espalda o los llevan a mazmorras donde los torturan". Asegura que en territorio ocupado "hay solo una manera de sobrevivir, que es aceptar la ciudadanía rusa, pero no podemos cerrar los ojos y empezar una vida nueva olvidando a parte de nuestra familia".

Olga Glapshun considera que "solo podemos lograr la libertad y la justicia con la unidad entre nuestro pueblo y toda la gente de buena voluntad". No obstante, augura que "no hay un final fantástico y fácil para esta guerra".