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Manuel Pardo Baliña

Pardo Baliña, el abuelo de la Medicina española

Su salud de hierro le permite jubilarse a los 82 años, porque ha perdido oído, pero sigue con la consulta hasta los 104

El Progreso 07/04/20

LA PRENSA NACIONAL le dio el título de Abuelo de la Medicina Española al cumplir los 101 años, cuando todavía le  faltaban por vivir otros tres. En realidad, Manuel Pardo Baliña (Lugo, 1875) ya tenía la encomienda de la Orden Civil de Sanidad con los 80 años de profesión, ya era pionero en el uso del primer aparato de Rayos X de Lugo y le disputaba a Galo Leoz el récord de permanencia en activo de la medicina española.

De hecho, prácticamente hasta su fallecimiento, Pardo Baliña atiende a algún que otro amigo con certeros diagnósticos, obtenidos gracias a una concienzuda actualización de conocimientos a través de revistas especializadas a las que está subscrito.

Barbudo, soltero, creyente, madrugador, con salud de hierro, excelente vista, grata conversación y fino humor, el tertuliano Pardo Baliña fue fiel al Círculo das Artes hasta el día de su muerte. Allí desgrana atinadas opiniones y alguna que otra verdulería sobre mujeres a las que atiende en sus ochenta y muchos años de experiencias. Entre ellas, las referidas a amas de los curas, las más solicitadas, siempre con la discreción que se le imagina.
Tiene dos tertulias, la de O Sifán y ésta del Senado, que forma con Julio Pérez de Guerra, Jesús Rodríguez Pedreira, Manuel Vázquez Seijas, Nicandro García Armero y Narciso Peinado.

Y tras el Círculo, la catedral.

Se licencia en 1901 y recibe el título de manos de la Reina. Hace de todo, pero acaba especializándose en partos y ginecología, a cinco pesetas por tres consultas. Fue supernumerario del hospital municipal (1919), subdirector del Instituto de Higiene (1926) e inspector municipal de Sanidad (1927).

Premiado varias veces y reconocido por mérito en el trabajo como no podía ser de otra forma, le atribuye su longevidad a Dios, que así lo ha querido.

No recuerda haber estado enfermo, salvo catarros y la gripe de 18. No ha guardado cama jamás, sin que ello esté relacionado con su profesión. Fuma hasta que lo deja cuando nota que le hace daño, ya con una edad avanzada. Bebe, pero siempre con moderación y no perdona un café solo diario.

Tampoco le gusta decir que ha salvado vidas. “Nosotros ayudamos lo que podemos”. Pero al mismo tiempo recalca el sufrimiento que le ocasiona el ejercicio de la medicina, por la responsabilidad y su compromiso. El mayor peligro, las cesáreas: “Si el chico se salvaba, la madre moría víctima de la infección, al menos en el medio rural”, le confiesa en una entrevista a Rivera Manso.

Al margen de la medicina, a Pardo Baliña le debe el Museo Provincial la entrega de muchas piezas arqueológicas.

El recibidor de su casa está dedicado exclusivamente a cuadros de Romero de Torres que enmarcan el título de médico bacteriólogo del Instituto Provincial de Sanidad fechado en 1919. En la puerta, una placa con su nombre y un borrón donde ponía Médico y que él ordena eliminar cuando se retira. 

La jubilación del ejercicio directo la decide al cumplir los 82 años, 22 antes de su fallecimiento: “Me di cuenta de que mi oído no marchaba ya como antes. Para ser tocólogo hay que tener muy buen oído. Eso es fundamental.”

De Rafael Vega Barrera guarda el mejor recuerdo: “Era un cirujano fuera de serie, sabia hacer cualquier cosa.... menos tocología. Yo no he visto operar a nadie igual y conste que he trabajado también en el extranjero”. Sí, en París, donde se corta la barba que se deja porque sangra al afeitarse. “Tuve que dejármela de nuevo porque las chicas no me conocían. Y hasta hoy”, dice cuando camina hacia centenario. 

Manuel Pardo Baliña
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