"O máis duro era oír como lle pegaba á miña nai e á avoa sen poder facer nada"

Irene Díaz, hoy directora del Ceip Monseivane de Vilalba, relata en una sentida carta la extrema violencia de su padre para que otras personas no pasen por lo mismo. Ahora quiere darle a su hija "o cariño dun fogar que eu non puiden ter"
                      Irene Díaz, delante de la casa donde pasó su cruda infancia.
photo_camera Irene Díaz, delante de la casa donde pasó su cruda infancia.

Irene Díaz borró su primer apellido, lo cambió por el segundo, y dejó de usarlo. Es el único vestigio que puede recordarle cada día a su padre a esta maestra, hoy directora del Ceip Monseivane de Vilalba, que logró dar carpetazo a años de malos tratos a su madre, a su abuela y a ella misma y sus hermanas por parte de un maltratador de libro, un hombre a la vieja usanza que siguió siendo un maltratador hasta el día de su muerte. Hoy, Irene cuenta su historia con crudeza y a la vez firmeza, para que no sufran lo mismo otras niñas, incluida la suya, a la que quiere dar "o cariño que eu non puiden ter".

Autoritario y machista

Desde que tiene uso de razón, Irene ve a su padre como alguien casi ajeno, falto de cariño hacia ella, y, sin embargo, como maltratador estándar, bueno de puertas afuera. "Dende pequena sempre recordo a meu pai como unha persoa machista, autoritaria e fría coa súa familia. Non recordo nunca que me dese un abrazo nin unha mostra de cariño. Porén, para a xente de fóra, para as súas amizades era amable e diante delas aparentaba ser bo coa familia tamén", arranca su carta.

Ama de casa y mucho más

Luego describe a su madre, una figura apocada, sin dinero ni cartera, que cargaba con todas las labores domésticas y no domésticas: "A miña nai non lle deixaba conducir (nin coche nin tractor) a pesar de ter o carné, non tiña carteira nin podía mercar nada, non saía da casa a menos que fose con el... Miña nai era ama de casa, facía absolutamente todas as tarefas, coidaba de nós, ademais (xunto con miña avoa) atendía as vacas e outros animais que tiñamos".

Un triste día a día

"En cambio recordo a meu pai sentado detrás da cociña vendo a televisión, agardando que lle servísemos á hora de comer, non facía ningunha tarefa doméstica, en canto aos animais, só facía traballos co tractor incluso moitas veces delegaba en miña irmá... Había veces que pasaba o día fóra, de bar en bar, tiña moitos problemas co alcohol... E iso empeoraba o seu trato cara a nós", sigue relatando Irene, antes de introducir la verdadera violencia que esa situación producía de muros para adentro de la casa familiar.

Violento y temible

Miedo, esa es la palabra. Miedo a que llegase a casa, miedo a que viniese borracho y miedo a que la tomara con su madre, su abuela, con ella o con todos a la vez. "Sempre temiamos a súa chegada á casa. Por exemplo, se se atopaba a cea sen facer ou algo que non lle gustase xa comezaba a berrarnos, a tirar todo o que atopaba por diante, a insultar, a ameazar con prender lume á bombona... Se miña nai lle contestaba e discutían era peor porque a empuxaba e a tiraba ao chan. Se nos poñiamos diante, el agarrábanos e apartábanos deixando moitas veces marca nos nosos brazos. Teño ido ao colexio e non quitar a chaqueta para que non me visen esas marcas. El podía pasar berrando horas e horas, e nós temos durmido moitas veces na corte, enriba de pacas de herba, por medo a atoparnos con el se iamos á cama".

Una infancia horrible

En su niñez no hubo días especiales, solo días malos y peores, todo por culpa de esa figura paterna machista y descontrolada. "Todos os que deberían ser bos recordos na miña infancia están empañados por culpa del. En datas especiais, como a voda de miña irmá ou a miña primeira comuñón, el bebía e logo ao chegar á casa comezaban os berros, os portazos, os golpes... O máis duro para min era estar na miña cama e escoitar como lle pegaba á miña avoa ou á miña nai, sen poder facer nada para evitalo".

Vergüenza a que se supiera

"As dúas se erguían ao día seguinte para atender os animais, para facer as tarefas da casa... disimulando e ocultando cada unha das feridas que tiñan. Para elas era unha vergonza, non querían que ninguén o soubese, crían que era o que lles tocara vivir e que tiñan que soportalo toda a súa vida", relata la hoy directora del Ceip Monseivane, que incide en esa diferencia de lo que ocurría dentro y lo que creía la gente fuera. Y sobre todo que ellas, las víctimas, ocultaban por vergüenza.

Un cuchillo en el cuello

Un día todo empeoró, como suele ocurrir, y aparecieron las armas, en este caso un cuchillo, con el que a punto estuvo de herir de gravedad a su madre. Eso fue un punto de inflexión, ella ya tenía 16 años y empezaba a ser consciente de que no podía continuar así. "Cando eu tiña dezaseis anos recordo un fin de ano que comezou cunha comida de familia e amigos, e rematou con meu pai borracho berrando e poñéndolle un coitelo no pescozo a miña nai. Entre todos evitamos que lle fixese dano. El desapareceu por uns días, buscounos para pedirnos "perdón" e voltamos para casa. Nunca chegamos a denunciar por medo, por falta de axuda ou información".

...Y comenzaron de cero

Tardaron un año en decidirse a abandonarlo. Aprovecharon un día que no estaba y cambiaron de vida. "Case un ano máis tarde, nun deses días que el non estaba na casa, collemos catro cousas que tiñamos gardadas en caixas e marchamos. As miñas sobriñas axudáronnos a tomar a decisión, eran pequenas e quixemos sacalas dese ambiente. Fomos para a casa de meus avós. Estaba sen arranxar, non tiña nin baño, pero alí nos encerramos con medo a que aparecese en calquera momento e nos fixese dano. Comezamos de cero, non foi fácil pero saímos adiante. As mellores épocas eran cando el estaba no cárcere, soubemos o que era vivir tranquilas".

Desprecios hasta moribundo

Su carácter era tan machista que hasta enfermo y en su lecho de muerte, siguió siendo un maltratador, ahora psíquico, porque ya no podía hacerlo físicamente. "Anos máis tarde enfermou, acudimos con el ao hospital, os desprezos continuaron ata o final, ata que morreu. Co tempo as cicatrices seguen estando pero procuro transformalas en aprendizaxes. Teño claro que quero darlle á miña filla o cariño dun fogar que eu non puiden ter", apunta Irene, que ahora ve a su hija y solo pide que su experiencia le valga para no encontrarse nunca a una persona así en su camino.

Nunca mirar para otro lado

Esa es su recomendación, que nunca se mire para otro lado: "Gustaríame dicirlle a todas esas mulleres que sufren o mesmo, moitas veces con fillos presentes, que busquen unha saída antes de que sexa demasiado tarde. Penso que todos debemos involucrarnos e non mirar para outro lado cando sospeitamos dunha situación de violencia de xénero, ben sexa desde un posto de traballo ou dentro dun entorno familiar ou de amizades".

"Tienes que alejarte, es la clave, si no juega con la culpa y la pena"

Habla anónimamente para proteger a su hija, pero reivindica que el maltrato no debe ser tabú. Su pareja le pegó una vez. Antes hubo control, celos e insultos

Roza los 40 años y la vida le dio demasiados golpes. Por eso, quizás, muestra la realidad tan dura como la vivió solo con el objetivo de que si sus palabras pueden ayudar a otras mujeres ya merece la pena contarlo. "No es tabú", dice, pero prefiere hacerlo de forma anónima, no porque sienta vergüenza o miedo, sino para proteger a su hija, una bebé a la que no quiere empañarle la imagen de su padre. Es una paradoja cruel porque ese mismo hombre, asegura, a ella le ha hecho la vida imposible.

"Es todo muy difícil. Cuesta mucho darse cuenta y todo da mucha pena. Es una nube negra. Piensas que va a cambiar"

"Si no me llega a pegar me acabaría metiendo en un psiquiátrico. Me pegó una vez, antes me había agarrado del cuello un día, pero el maltrato psicológico estuvo ahí siempre. Yo me sentía muy coaccionada, muy sumisa... pero es algo que pasa poco a poco", dice una mujer maltratada que tiene claro su consejo: "Aléjate si le tienes miedo, si es agresivo... Tienes que alejarte, esa es la clave, si no juega siempre con la culpa y la pena y no sales, y podemos vivir tranquilamente sin ellos".

Eran "la pareja perfecta", en la que nadie sospecha que haya problemas. "Todo súper bonito, claro. Él súper implicado con mis padres, con mis amigos... Todo el mundo decía que estaba él más enamorado de mí que yo de él por cómo me miraba. Según los psicólogos es una manera de embaucar, te enganchan así, siendo el hombre perfecto. Pero era todo cinismo. No quieren a nadie y actúan por su propio interés", relata y habla de una relación que fue derivando en celos y posesión, insultos y control.

"Mientras me pegaba llegué a pensar que no salía. Pero no tiene miedo. Es algo extraño. Piensas: hasta aquí"

"Lo disfrazaba. Me gritaba y a los dos minutos sonreía como si no pasara nada. Me reñía por tomar un café con mis amigas y yo dejaba de ir, dejaba de hacer cosas, de ver a gente... No me daba cuenta de que me iba apartando de todo el mundo", dice.

El maltrato físico fue la gota que lo desbordó todo, ya al final, en la que se convirtió en la noche más dura. "La primera vez que me pega me echa a mí la culpa por pedir explicaciones y se va. Yo sospechaba que estaba con otra y me quería separar. Y acabé echándome la culpa a mí misma. Pensando que me lo imaginaba todo", relata.

No le dio tiempo a asimilar lo que había pasado y él volvió, con más alcohol en el cuerpo, más reproches y más golpes. Su hija estaba en casa. "Mientras me pegaba llegué a pensar que no salía. Pero no tienes miedo. Es algo extraño. Piensas: hasta aquí", trata de explicar, aún hoy intentando descifrar su mente.

"No hay ayudas. Al principio sí, tuve diez sesiones con la psicóloga del CIM, pero después nada, te marean"

Cuando pudo, llamó a la Policía, "a varios números porque con los nervios ni das", y le recomendaron ir al hospital para tener un parte de lesiones, que luego verificó un forense. Su pareja pasó la noche en el calabozo, le impusieron una orden de alejamiento de seis meses y trabajos a la comunidad, que aún no ha cumplido. Tampoco le ha abonado nada todavía de la sanción por las lesiones. Hay una sentencia, pero los ritmos van lentos. Él al principio lo negó todo. Luego se agarró a las lagunas del alcohol.

"Es todo muy difícil. Cuesta mucho darse cuenta y todo te da mucha pena. Es una nube negra. Te sientes mal, piensas que va a cambiar, que te lo inventaste... por eso para mí lo mejor para abrir los ojos fue la orden de alejamiento y el contacto cero", reconoce una mujer que vive en equilibrios: lo sigue viendo cuando va a recoger a la niña y habla con él por email pero tuvo que volver a denunciarlo.

"No hay ayudas. Al principio sí, tuve diez sesiones con la psicóloga del CIM, pero después nada, hasta para los trámites te marean. Tardé un año en quitarlo de casa en el padrón. Cuando fui a la Guardia Civil a decir que me seguía lo ponían en duda. Y te hablan de ayudas económicas pero tampoco vi ninguna", dice, y reconoce que de lo único que se arrepiente es de no haber pedido punto de encuentro. "Al principio me parecía muy violento y luego ya estaba a tope", explica. Es su hija la que le dio y le da fuerzas.

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