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De qué van

Ramudo | Patio de luces

El Progreso de Lugo | 13 de julio de 2019

La sola idea de convocar otra vez elecciones es una burla a la gente que votó el 28-A

ESPERO QUE NO SEA más que una amenaza. Algo así como el amago que hace un jugador de fútbol antes de completar un regate corto para dejar sentado al rival sobre el terreno de juego. La sola idea de que vuelvan a convocar elecciones generales en otoño es una burla a todos aquellos que acudimos a votar el pasado 28 de abril. Pero de qué van. En serio, a qué se dedican todos esos representantes políticos que hemos elegido para velar por nuestros intereses desde las instituciones públicas y resolver problemas comunes que le complican la vida a la gente trabajadora. Resulta vergonzoso y vergonzante el espectáculo de impostura que están protagonizando unos y otros a diario ante aquellos que pagamos su salario. Nunca antes tuvo tanto sentido la expresión "puestos por el Estado". Estos señores llevan más de dos meses tomándonos a todos el pelo. Se ríen a la cara de los sufridos administrados, de todos aquellos que hacemos números para llegar a final de mes y que, aun así, abonamos religiosamente la factura por unos servicios que no nos prestan. Cada día está más claro que lo único que les importa es su propio beneficio. Su cuota de poder y unos emolumentos que reciben puntualmente, trabajen o no, en el gobierno o en la oposición.

Ya basta. Llevamos más de dos meses asistiendo a una representación teatral francamente lamentable. Un sainete con un guión tan previsible, carente de talento y aburrido que resulta absolutamente deplorable. Si se le presta demasiada atención, acaba produciendo un efecto laxante. Después de tanto tiempo, siguen hablando todo el rato sobre sí mismos y sobre sus circunstancias. Invocan a los ciudadanos para alimentar lo que no son más que batallas para defender intereses particulares, de partidos y de personas concretas. A los demás que nos zurzan. De qué van.

Tenemos a un presidente en funciones que es incapaz de ponerse serio para buscar un arreglo que permita la formación de un Gobierno que trabaje para nosotros, para los propietarios del chiringuito. Convoca a unos, llama a otro y se reúne con fulano y mengano para acabar guasapeando con citano. Todo de cara a la galería. A estas alturas de su vida política ya sabe, o debería, que para buscar un acuerdo hay que ofrecer algo, seguramente regatear y, al final, pagar un precio más o menos justo. Nadie da nada por nada. Lo más fácil es culpar a los demás de la incapacidad propia.

No se lo están poniendo fácil en todo caso. Los de Iglesias quieren su cuota de poder y ven lógica su participación en un Ejecutivo que seguiría estando en minoría. Los nacionalistas vascos y catalanes andan con sus cosas. Los de Vox buscan cariño. Están cansados de quedarse a las puertas de ese baile privado en el que danzan populares y naranjitos. Y luego están Casado y Rivera. Se niegan a facilitar de ningún modo la investidura de Sánchez porque su idea es gobernar "con Podemos y con los independentistas", pero al mismo tiempo tampoco son capaces de ofrecerle una alternativa real para que no se vea obligado a acudir a la casa de empeños. A lo mejor el ínclito no se merece tal gracia, pero alguien debería pensar en el país y en sus circunstancias. En la gente.

Mención aparte merece la postura de Ciudadanos y su preocupante tendencia a montar números para hacerse ver. La "veleta naranja", en palabras de Abascal, venía a regenerar la vida pública y a actuar como eje político en el centro de la balanza, al estilo de los partidos liberales europeos. Al final ha escorado a la derecha. De poco le sirve disimular. Dice que no quiere mezclarse con los de Vox, pero sí acepta sus votos para tocar poder. Quiere coger truchas sin mojarse el culo y sin embarrarse las botas. Seguramente nos hacemos la misma pregunta en Lugo y en Matalascañas: de qué

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