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Bajo los bancos de niebla

María Valcárcel | Arquetipos

El Progreso de Lugo | 29 de abril de 2019

ESOS BANCOS de niebla atascados en el paisaje me recuerdan que hay historias y mundos que jamás conoceremos. A veces, es más evidente la densidad, el blanco pesado que impide ver y oír; otras, se hace difícil discernir entre eso que se adivina y lo nuestro, el marasmo de idas y venidas con más y menos fortuna, por la vida; enredadas, confusas, por mucho o poco tiempo, preguntándose qué hacer ahora, pendientes del resto —del comportamiento del resto—. A ver qué distintos somos o qué abismos nos hacen ser exactamente iguales. Es curiosa la cercanía. Basta mirar por la ventana y verlos. Como sombras lechosas que se ciernen sobre un punto concreto de la naturaleza. Como la ruleta rusa de la meteorología. Allí donde toca, la luz tiene el color opaco de las cosas tristes que parecen a punto de desaparecer. A aquellos a los que cubre les resulta imposible concebir términos como futuro o esperanza o calendario anual. Existen en la bruma y la bruma es todo lo que conocen, todo lo que comprenden. Lo que hay más allá les está vedado.

La gente de este lado, las personas de fuera, miramos hacia allá e incluso podemos compadecernos de su mala suerte. Por qué les fue a tocar el manto nebuloso de la desdicha. Por qué en ese lado. Por qué siempre o casi siempre ahí. Como somos seres racionales, elaboramos teorías lógicas y conclusiones aptas para la tranquilidad de la conciencia. Puede que no haya cultura que resista un mea culpa eterno, para continuar en la posición, es necesario no meterse demasiado en ese velo espeso, duro, de tan compacto, frío. Demasiado frío.

Pero el hecho es que ahí están, distribuidos como al albur del pincel de un artista inspirado o cruel o ambas cosas. Y lo cierto es que vemos la niebla, localizamos el lugar, sabemos que podríamos llegar hasta allí en caso de querer llegar hasta allí. Sin embargo el miedo, sin embargo la pereza, sin embargo el orgullo, sin embargo la comodidad.

No sabemos lo que hay debajo de ese techo cargado de preguntas. Sabemos, eso sí, que no puede ser bueno. Intuimos monstruos y no nos conviene perder el privilegio de contemplar la niebla desde un hogar decente.

Hay bancos de niebla atascados en el paisaje que me recuerdan lo que no arriesgamos, lo que no perdimos, lo que no salvamos. Que me recuerdan que a veces es mejor lanzarse al clima, perderse en la boscosidad blanca de un espacio ignorado, salvarse un poco, curarse un poco, mirarse en los otros, un poco. Lo que hay debajo de eso nos puede sorprender o confundir o nos puede hacer tomar conciencia. Es importante saber que también somos así porque hay algo, alguien, que es de otra manera y gracias a eso aprendemos el lenguaje para definirnos.

Lo que intento decir, es que hay bancos de niebla atascados en el paisaje que me recuerdan que no deberíamos sostener un pulso con lo desconocido desde un pedestal al que nos hemos subido siguiendo la corriente. Lo que intento decir es que sería bonito alargar la mano y obtener respuestas o alargar la mano para ofrecer respuestas o alargar la mano con el propósito de preguntarse en común unión, de dónde viene este cielo encapotado, qué se puede hacer para apartar la oscuridad y el olvido.

Solo si resistimos, pero no desde la distancia, no desde la ventana, elevada y protegida, sino pisando la misma tierra que pisan aquellos que viven bajo el yugo del clima aciago, del destino incierto, tembloroso y húmedo; solo así lo lograremos, únicamente así, formando la misma huella humana, inmensa, nervuda, caótica y compleja, lograremos trazar con claridad la línea de lo que no es posible porque no es justo; de lo que no es aceptable porque no es justo; de lo que no es permitido porque no es justo.

Sabremos, entonces, porque habremos ido y experimentado y visto lo que no se puede ver desde arriba, que bajo los bancos de niebla que están atascados en el paisaje, cuando llueve duro hay, pese a todo, un refugio y que las historias de ahí dentro tiene, pese a todo, alguna oportunidad. Estos amaneceres en los que la niebla no despeja del todo y quedan reductos, lugares llenos de algo pastoso e inamovible, hablan de cosas, de pertenencia y de memoria. De lo que preferimos no mirar y de lo que se entierra con el sol iluminando en otro lado.

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