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Políticamente incorrectos

Maite Ferreiro con Ramón Carballo cuando era subdelegado del Gobierno.
Maite Ferreiro con Ramón Carballo cuando era subdelegado del Gobierno. AEP

LA 2 DE TVE reponía el viernes ‘El mundo sigue’, una olvidada película de Fernando Fernán Gómez en la que se retrataba la sociedad urbana española de principios de los 60, donde el papel de la mujer estaba limitado a las tareas domésticas y los trabajos precarios, dos escenarios en los que sufrían el machismo, la humillación e incluso el abuso sexual.

La generación de españoles que creció en esos años tuvo esa imagen en la que reflejarse, ya que incluso la escuela franquista trató de apuntalar esos roles. La Transición apenas dejó atisbos de cambio en ese injusto contrato social para la mujer, aunque la llegada de la democracia impulsó el empoderamiento femenino y, su inicial entrada simbólica en las instituciones, dio paso a unas cuotas en las candidaturas que acabaron por dar una justa representación a las mujeres en la política y en la sociedad.

Sin embargo, el hecho de que la generación que ostentaba en esos años el poder seguía marcada por esa educación machista, obligó a las mujeres a redoblar sus esfuerzos para demostrar que las cuotas no eran solo para decorar plenarios, sino para hacer oír lo que la mitad de la población estaba demandando. Fue una lucha larga y valiente, que todavía está vigente y que, guardando las distancias, se podría parecer a la que están iniciando muchas mujeres afganas que salen a las calles para hacerles ver a los talibanes que no están dispuestas a retroceder veinte años de un día para otro.

Los hombres que se hicieron mayores de edad con el dictador aún vivo también fueron dejando atrás la mochila del machismo y a día de hoy comparten poder con las mujeres tanto en la esfera económica como política, de la misma forma que ya ocurría antes en los países más avanzados.

Sin embargo, lo que parece que no se acaba de sacudir esa generación es el lenguaje machista heredado de los años negros y que, si puede ser consentido a nivel coloquial, en el ámbito institucional acaba pasando factura a quienes lo usan —a sabiendas o por descuido— para atacar a una rival.

Ese menosprecio que ahora se ha dado en llamar micromachismo es lo que la nacionalista Maite Ferreiro vio en un comentario lanzado por el portavoz del PP, Ramón Carballo, durante una comisión municipal en la que ambos discutieron acaloradamente. El popular zanjó la disputa con un «adiós guapa», pero la concejala de cultura, que ha hecho del feminismo su bandera, se indignó con el comentario y le replicó llamándole «estúpido» y patético, insultos que tampoco son un ejemplo de comportamiento para un cargo público. Al día siguiente, los nacionalistas pidieron una rectificación a Carballo, quien no tardó en pedir disculpas a Ferreiro pese a haberse sentido también insultado por ella.

La bronca recuerda a la vivida en marzo en la Diputación tras un comentario desafortunado de José Tomé sobre la vestimenta de la popular Elena Candia, que derivó en una petición del PP para que el pleno reprobrase al presidente provincial por sus palabras, una iniciativa que PSOE y BNG, Ferreiro incluida, rechazaron. Carballo y Tomé, que son casi de la misma quinta y se criaron en el tardofranquismo que filmó Fernán Gómez, comprobaron los riesgos de usar un chascarrillo equivocado por mucho que incomode el discurso de la rival y habrán tomado nota. Lo cierto es que el lenguaje machista acaba por dar sensación de debilidad, de último recurso para quien se ve desarmado en su argumentario y, de hecho, a la nueva hornada de políticos es raro que se les escapen comentarios de este tipo, quizá porque tuvieron que competir por el cargo con mujeres tan preparadas o más que ellos.

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