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La competencia del bipartito

Arroxo ve cómo la alcaldesa toma la delantera en esa política de gestos no siempre efectiva
Ruben Arroxo
Ruben Arroxo supervisa unas obras. AEP

LA POLÍTICA está plagada de gestos, unas veces efectivos y la gran mayoría inútiles. Pero cuando uno de esos gestos acaba por llamar la atención del gran público entonces se genera una situación que descoloca al rival y acaba siendo repetido como un mantra. Un ejemplo lo tenemos aquí al lado con el alcalde de Vigo, a quien su iniciativa de convertir la ciudad en un belén viviente a base de iluminación le ha hecho más popular de lo que ya era y ha convertido en obsesión casi enfermiza su intento por acumular más bombillas de colorines cada nueva Navidad.

En Lugo en los últimos años se ha convertido en gesto político de discutible efecto la fotografía de concejales en rotondas nuevas, baches tapados, calles repintadas o muros decorados. La idea era conseguir trasladar al vecino que la parte nacionalista del gobierno estaba manos a la obra, aunque a veces las imágenes recordasen más a aquellos inefables personajes Manolo y Benito de la exitosa serie de televisión.

Mientras, los gestos repetidos de la otra parte del gobierno dibujaban una ciudad multiecológica junto a una zona industrial y comercial donde en su momento se arrasaron carballeiras o una nueva interconexión de la ciudad con el río, todo ello financiado con millonarias ayudas europeas.

La pandemia trastocó los planes, aunque ahora que el mundo se encamina a esa nueva normalidad también reiteradamente gestualizada, el gobierno local de Lugo afronta una segunda parte del mandato con la necesidad de generar nuevas expectativas, aprovechando que las infografías de proyectos comienzan a visualizarse como obras y que están en camino más millones de Europa para las ciudades.

Lara Méndez parece haberle tomado la delantera en esta nueva carrera a un Rubén Arroxo que se ha quedado varado en la rotonda mientras ve cómo la alcaldesa toma decisiones como organizar el recinto ferial, proyecta inversiones al margen del socio u organiza inauguraciones paralelas a las previstas por los nacionalistas.

En el caso de las patronales y si no hay rupturas de por medio, al BNG aún le quedará todo un año para organizar unas fiestas y un ferial que hagan olvidar los errores de este San Froilán, mientras que las inversiones previstas tendrán que pasar el corte de los presupuestos, donde el pacto de investidura marcaba un reparto de 40-60%, por lo que todavía tendrán margen unos y otros para seguir desarrollando proyectos.

Eso sí, en el caso de la inauguraciones al BNG le será difícil justificar que no esté la alcaldesa, quien ocupa el cargo para lo bueno y para lo malo. Porque si en una ciudad el bus sigue sin ser una alternativa, el servicio de basura funciona a medio gas, el tráfico y el aparcamiento están imposibles a determinadas horas o la gestión administrativa sigue con el vuelva usted con cita, el ciudadano no va a pararse a pensar qué parte del gobierno le ha fallado, porque las culpas son siempre para quien lleva el bastón de mando. ¿Y los aciertos?, pues ya dirán las urnas quién se los apunta.

La competencia del bipartito
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