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Una ciudad mejor

Foto de VICTORIA RODRÍGUEZ
Foto de VICTORIA RODRÍGUEZ

De niño tenía un amigo, de esos a los que le pierdes la pista sin saber cómo, que cuando escuchaba que tal equipo disputaba un partido en casa pensaba que se celebraba en el pasillo de la casa de uno de jugadores los implicados, como cuando se revoluciona un cumpleaños infantil. A mí no me entraba en la cabeza lo de los ascensos. Pensaba que cuando un equipo subía de categoría se llevaban la ciudad entera a un lugar mejor, a un plano superior del universo en el que la gente vivía más feliz y brillaba más el sol.

Y mira tú por dónde, tenía razón.

Lo comprobé en 1984, cuando el Breogán dio el salto a la Liga ACB y se codeó con los grandes en la época dorada del baloncesto español. Con todo mi respeto para las generaciones anteriores, cuya valentía y éxitos fueron fundamentales, tengo la humilde opinión de que aquello fue la clave para que el baloncesto agarrase tanto en Lugo. Me hice mayor en una ciudad sin presencia en los telediarios, sin Corte Inglés, alejada el mar, con fama de lluviosa, pero en la que el sol brillaba a escondidas en un viejo pabellón.

Me hice mayor en una ciudad sin presencia en los telediarios, sin Corte Inglés, alejada del mar, con fama de lluviosa, pero en la que el sol brillaba a escondidas en un viejo pabellón

Después vinieron otros ascensos; emotivos, intensos, pero para mí ninguno como el de mediados de los 80. Aquello supuso vivir en un lugar mejor,  que es donde está Lugo desde el viernes a las 23.00 horas.

Me quedan muy lejos los cumpleaños que terminaban con partidos en los pasillos y sandwiches a medio comer en la mesa, pero tengo la sensación de que se han llevado la ciudad a un lugar mejor. El Pazo vivió ayer el comienzo de una nueva era borracho de felicidad. El sol regresó  después de un crudo y gris invierno que se prolongó durante doce años, una docena de tormentas en las que el Breogán contó con el paraguas de una afición que marcó la diferencia con otros clubes que se quedaron por el camino. No es día de echar la vista atrás ni de reproches, pero en medio del champán, de los abrazos, de los besos y de los cánticos, se cuelan recuerdos en forma de concentraciones delante de la Diputación, de  gradas medio vacías y de miedo, de pánico ante la posibilidad de que el viaje del club estuviese cerca de terminar en una cuneta.

Me quedan muy lejos los cumpleaños que terminaban con partidos en los pasillos y sandwiches a medio comer en la mesa, pero tengo la sensación de que se han llevado la ciudad a un lugar mejor

El breoganismo tiene una cita con la élite y es bueno tener los pies en el suelo antes de cruzar la puerta. Eso de mirar a la parte de arriba de la  clasificación se va a terminar. Se va a sufrir. Resulta paradójico, pero es un precio que hay que pagar por vivir en un lugar mejor. Lo sé, lo sé,  perdón, no es el momento de hablar de derrotas cuando ahora mismo somos los reyes del mundo y no hay icebergs a la vista, pero no puedo evitar ver siempre algún nubarrón en el horizonte. Recuerden que me crié en una ciudad en la que hasta 1984 siempre llovía.

En realidad, pensándolo bien, me importa poco lo que haga el Breogán la próxima temporada. Sé que habrá alegrías y tristezas, que unos días me  enfadaré y otros seré una persona más feliz, pero no dejarán de ser sensaciones derivadas de lo que haga un equipo de baloncesto. Nimiedades.  Lo que en realidad me gustaría es que algún niño se pregunte si con el ascenso del Breogán se llevan la ciudad entera a un lugar mejor. Ya le digo yo que sí. 

Una ciudad mejor
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