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Ratas contra clásicas

España, tierra de escaladores, de aventureros, mira por encima del hombro las clásicas que encandilan a Bélgica, Francia o Italia. Solo Poblet, Freire, Valverde y Purito saben lo que es anotarse un momumento del ciclismo. Una lista difícil de ampliar en el futuro cercano

París-Roubaix (ETIENNE LAURENT)
París-Roubaix (ETIENNE LAURENT)

Seguro que en algún momento han asistido a la siguiente conversación:

-No he podido ver la etapa de hoy, ¿cómo ha sido?

Nada, al sprint…

Y ahí se termina la charla. El cerebro borra automáticamente la jornada de ciclismo. Una tarde perdida y una siesta ganada. Una etapa que acabe  al sprint es como un libro al que le falten las últimas páginas; llegar hasta tan lejos para nada. Eso en España, claro. En otros países, una llegada masiva es arte… y Dios se echó a descansar, a descansar, que diría Siniestro Total.

Recuerdo una conversación con un amigo, hablando del Tour, que me dejo turbado. Pasaba este tipo el verano con sus primos belgas y después de comer, como en cualquier casa de bien, se sentaban a ver el final de etapa. Ya el primer día se encontró de bruces con el fenómeno paranormal.  Los kilómetros pasaban y el pelotón se acercaba a meta mientras el realizador buscaba monumentos o paisajes anti-cabezada. La suerte estaba echada: otro maldito sprint. Los equipos empezaban a organizarse y de repente, cuando los corredores entraban en el tramo vallado, en aquella habitación estalló la guerra. La ‘volata’ convirtió en bárbaros a aquellos europeos del norte mientras mi amigo intentaba salvar los jarrones. 

La ‘volata’ convirtió en bárbaros a aquellos europeos del norte mientras mi amigo intentaba salvar los jarrones

En España no hay tradición en esto de las llegadas apretadas. La cosa no agarró ni con un fuera de serie como Óscar Freire. Aquí somos más de escaladores, de aventureros, de solitarios… de locos. La razón tal vez esté, como en otras tantas cosas, en que se llegó tarde a la fiesta. Cuando  los corredores españoles asomaron la cabeza en el ciclismo de competición, franceses, belgas e italianos tenían callo en el culo de tanta bicicleta. 

Ya conocen la historia del primer español que corrió el Tour de Francia: Vicente Blasco, El Cojo, que en 1910 se fue de Bilbao a París en  bicicleta para tomar la salida y tuvo que abandonar agotado en la primera etapa. Claro, para él era la segunda. Fue el punto de partido a las  penurias de unos ciclistas que parecían enanos al cruzar los Pirineos. Hasta que los organizadores de las grandes vueltas introdujeron las etapas de montaña. Ahí encontraron su lugar. A sufrir no les iba a ganar nadie. El Tour instauró el premio de la montaña en 1933. Lo ganó Vicente Trueba,  la Pulga de Torrelavega, el primero en una tradición que prolongaron Jesús Loroño, Federico Martín Bahamontes, Julio Jiménez, Aurelio González,  Pedro Torres, Domingo Perurena, Luis Ocaña (este hacía de todo), Tarangu… y así hasta Perico Delgado o Contador.

«Ya están las ratas españolas», se escuchaba en el pelotón del Tour cada vez que la carretera se empinaba y un loco se lanzaba a la aventura, hacia una lucha contra sí mismo para ganar un tiempo que seguro perdería cuando llegase el llano y las etapas contrarreloj. En Bélgica, en casa de los primos de mi amigo, seguro que ni se mueven del sillón cada vez que alguien ataca en la montaña. Están formados en otro ciclismo, otro más antiguo cuya educación primaria se base en las clásicas, esas interminables carreras de un día repletas de trampas que hasta hace poco en  España eran unas perfectas desconocidas para el gran público.

«Ya están las ratas españolas», se escuchaba en el pelotón del Tour cada vez que la carretera se empinaba y un loco se lanzaba a la aventura

Cinco de estas clásicas son calificadas como monumentos del ciclismo: La Milán-San Remo (cuya primera edición data de 1907), El Tour de  Flandes (1913), la París-Roubaix (1896), la Lieja-Bastoña-Lieja (1892) y el Giro de Lombardía (1905). Pues bien, el ciclismo español solo ha  conseguido en su historia once triunfos, que fueron dos, los logrados por Miguel Poblet en la Milán-San Remo (1957 y 1959), hasta que en 2004 la ganó Óscar Freire, ciclista de Torrelavega, como Vicente Trueba, pero totalmente distinto. Sin duda el mejor sprinter español de la historia, Freire  repitió triunfo en San Remo en 2007 y 2009 y fue tres veces campeón del mundo (1999, 2001 y 2004).

Aparece en la nómica de triunfadores, como no, el mejor clasicómano español de todos los tiempos: Alejando Valverde, campeón en cuatro  ocasiones de la Lieja-Bastoña-Lieja en 2006, 2008, 2015 y 2017. Y en cinco (2006, 2014, 2015, 2016 y 2017) de la Flecha Valona, que no forma  parte de los cinco monumentos, pero es una cita de las grandes en el calendario internacional. La lista la cierra Purito Rodríguez, que se anotó el  Giro de Lombardía, la clásica de las hojas muertas, en 2012 y 2013. El reto está en estrenar el palmarés en el Tour de Flandes y, sobre todo, en la Paris-Roubaix, el infierno del norte, la clásica de las clásicas, que ayer vivió una nueva edición sin un español en lo alto del podio. Sus  50 kilómetros adoquinados son todavía un muro para los herederos de las ‘ratas’ del pelotón. Y lo que es más preocupante, no se vislumbra un  heredero de un Valverde que a buen seguro contaría con un palmarés a la altura de los más grandes si hubiese centrado su carrera más hacia las carreras de un día. Pero claro, Valverde es español y aquí lo que gusta es otra cosa. Los clasicómanos son considerados de una categoría inferior  a los especialistas en carreras de tres semanas. 

Los clasicómanos son considerados de una categoría inferior  a los especialistas en carreras de tres semanas

Ser distinto no es ser inferior. Ningún corredor es de segunda por centrarse en las clásicas, esas carreras de un día en las que no hay lugar al error, al pinchazo, al resbalón en los adoquines. Esos monumentos al ciclismo que tienen en vilo a buena parte de Europa y que en España se miran un poco por encima del hombro. Como hacían en el Tour con las ratas españolas.

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