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Porque sigue ahí

Se cumplen 40 años desde que Messner y Habeler desafiaron a la ciencia y hollaron el Everest sin oxígeno extra. Una locura que tuvo su prólogo en la aventura de Mallory e Irvine de 1924, la más famosa en la historia del alpinismo. Una que aún no ha terminado

Peter Habeler y Reinhold Messner, en 1978
Peter Habeler y Reinhold Messner, en 1978

POCAS VECES el mundo es testigo de una lucha entre el ser humano y la ciencia. Y menos común es que el ganador sea el hombre. Pero a veces sucede. Hace cuarenta años dos montañeros: Reinhold Messner y Peter Habeler se plantearon un reto más allá de las cumbres, alcanzar la cima del Everets, el punto más alto de la tierra, sin ayuda de botellas de oxígeno. No se recelaba de la fuerza y pericia de los alpinistas, se dudaba de que el ser humano pudiera sobrevivir sin ayuda extra a semejante altitud.

Médicos, científicos y montañeros aconsejaron a Messner y Habeler que no lo intentaran, les dijeron que su viaje estaba predestinado al fracaso, que los 8.848 metros del Everest están demasiado lejos de la sensatez como para afrontarlos con el equipo con el que venimos al mundo. Pero Messner y Habeler creían que era posible. Su confianza se basaba en su experiencia; habían hollado sin oxígeno el Nanga Parbat (8.126 metros), el Manaslu (8.156) y el Gashembrum I (8.080), y en la de los primeros insensatos que intentaron escalar a Chomolungma, a la madre del universo, que es como los tibetanos llaman a la montaña más alta de la tierra.

Messner y Habeler conocían a la perfección lo que había sucedido en 1924, cuando los británicos George Mallory y Andrew Irvine protagonizaron la ascensión más famosa de la historia del alpinismo; tanto que aún no ha terminado. Era el tercer intento de Mallory, una celebridad en la época que un año antes, en una gira de conferencias por Estados Unidos, dejó una frase a la altura del Everest. Preguntado por enésima vez por qué quería subir aquel océano de piedras, Mallory contestó con un simple e irrebatible: "porque está ahí".

Pocas cosas más románticas hay que el alpinismo, un deporte que consiste en escalar montañas porque están ahí

En 1924 Mallory tenía 38 años y sabía que se le acababa el tiempo para conseguir su sueño, así que se lo jugó a una carta. Escogió como compañero a Irvine, con poca experiencia como escalador, pero un genio a la hora de manipular las botellas de oxígeno, y el 8 de junio de 1924 enfilaron hacia la cumbre. Lo hicieron por la cara norte porque la sur, más sencilla, está en Nepal, que por entonces no permitía el acceso a extranjeros.

Noel Odell es el único testigo de lo que sucedió. Según contó, Mallory e Irvine llegaron a la arista noreste, a unos 8.500 metros de altura. Instalado en el último campamento, Odell pudo ver a sus compañeros de expedición antes de que una nube los engullera y no se volviera a saber de ellos. El problema es que no se sabe exactamente dónde. Esa ruta tiene tres escalones de roca, el segundo de ellos muy complicado de superar. Odell aseguró que Mallory e Irvine lo habían escalado antes de perderlos de vista, lo que implicaría casi con seguridad que habrían llegado a la cumbre y perecido durante el descenso, pero poco antes de su muerte, en 1986, Odell reconoció que nunca supo en qué parte de la arista noreste los había visto por última vez.

Pocas cosas más románticas hay que el alpinismo, un deporte que consiste en escalar montañas porque están ahí, así que la duda de si Mallory e Irvine llegaron a la cumbre del Everest se ha convertido en la Atlántida de este deporte. Los que saben de esto, entre ellos el propio Messner, creen imposible que hubiesen superado el complicado segundo escalón, pero los hay que necesitan poco para agarrarse a la fe.

Mallory no llevaba consigo la foto de su mujer que había prometido dejar en lo alto del Everest

En 1999 se descubrió el cadáver de Mallory a unos 8.300 metros de altura. Murió descendiendo y no tenía puestas las gafas de sol, así que cayó durante la noche, lo que invita a pensar en que agotó las horas de luz en el intento de alcanzar la cumbre. Además, no llevaba consigo la foto de su mujer que había prometido dejar en lo alto del Everest. ¿Son suficientes las pruebas? Pues depende del juez que las examine. La que sería definitiva, la cámara de fotos, sigue perdida. Probablemente descanse junto a Irvine, cuyo cuerpo tampoco se ha encontrado.

De la epopeya de Mallory, Messner y Habelar se quedaron con un detalle protagonizado por Odell, quien, desesperado tras perder de vista a sus compañeros, salió de la tienda de campaña y emprendió camino hacia la zona donde los había visto por primera vez. Tal vez ayudado por la fuerza que da la desesperación, pasó mucho tiempo a 8.500 metros sin oxígeno extra y sin mayores problemas que el lógico cansancio. ¿Por qué no iban a aguantar ellos 300 metros más arriba?

Y así fue, el 8 de mayo de 1978, Messner, italiano (aunque él siempre dice que es tirolés del sur) y Habeler, austriaco, alcanzaron sin ayuda de oxígeno suplementario la cima con la que Mallory había soñado. Su hazaña marcó una frontera que aún pervive, la que separa a los montañeros que alcanzan un ochomil sin oxígeno de los que juegan una Liga un peldaño por debajo. Messner desprecia las mareas humanas que cada primavera se lanzan borrachas de oxígeno extra a las cuestas del Everest. Pero es una batalla perdida. Siempre habrá gente con ganas de alcanzar su cumbre. ¿Por qué? Pues porque sigue ahí.

Porque sigue ahí
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