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Los pelos de punta

EL JOVENTUT AGONIZA ▶ La Penya pide auxilio. El mítico club de Badalona está cerca de desaparición. De nada le sirve haber escrito la historia del baloncesto en España. Ni Jordi Villacampa, que se embarcó para salvar vidas en el Mediterráneo, parece poder evitarlo

En mayo de de 2017, un psicólogo le dijo a Jordi Villacampa que se prepara para conocer el horror, el mismo horror del que hablaba Kurtz justo antes de morir en ‘El corazón de las tinieblas’. Se iba a embarcar en el Golfo Azurro junto a otros 17 voluntarios para salvar vidas en el Mediterráneo y en esos casos el protocolo marca una visita a un especialista que te prepara para lo peor. Y así fue.
Villacampa se pasó 15 días en el Mediterráneo central, enfrente de la costa de Libia, y su vida cambió para siempre. Vio de cerca la muerte, tocó con sus manos la angustia, durmió con la desesperación... Solo en un día participó en el rescate de 487 personas que vagaban a merced de las olas hacinadas en una lancha sin agua, comida, gasolina ni esperanza.

¿Por qué lo hizo? Está claro que porque es una buena persona. Pero hubo algo que le empujó al mar; una imagen, un puñetazo directo al alma. La fotografía de Aylán, el niño kurdo de tres años que el mediterráneo devolvió ahogado a una playa de Turquía para vergüenza de la humanidad. Era septiembre de 2015 y todos reaccionamos ante el horror pensando que algo había que hacer, pero solo unos pocos lo hicieron. Entre ellos, Jordi Villacampa.

Ahora que el Breogán parece llevar el camino correcto hacia la Liga ACB sólo fastidiaría llegar allí, abrir la puerta, y descubrir que no hay rastro del Joventut


Por entonces era presidente del Joventut de Badalona, el equipo en el que había jugado 21 temporadas desoyendo cantos de sirena que venían acompañados por el hechizante sonido de las monedas cuando chocan entre sí. Villacampa se puso en contacto con la ONG Proactiva Open Arms y le propuso una cita para cuando abandonase la presidencia del club de toda su vida. El 25 de abril dejó su despacho y el 29 de mayo se subió al Golfo Azurro para salvar vidas después de muchos años intentando salvar al Joventut.

Jordi Villacampa vuela hacia canasta. TWITTERNo seré yo el que compare el drama de un pueblo con el futuro de un club de baloncesto, pero no puedo evitar ver paralelismos en la labor de Villacampa, un aire de romanticismo en el quehacer de un tipo que parece merecer la pena. Me cae bien. Y además, todos tuvimos un ídolo en nuestra juventud.

El Joventut agoniza estos días rodeado por las deudas. Si el Ayuntamiento de Badalona no desbloquea los pagos comprometidos se verá obligado a iniciar el proceso de liquidación. Sería el fin de un club que lo ha ganado todo, ejemplo del trabajo con la cantera y que en la época dorada del baloncesto español, los años 80, fue el primero en tocar con guitarra eléctrica. Los viejos dinosaurios seguían repartiéndose los títulos, pero en Badalona surgió un equipo que rompió con los moldes, que aportó un aire fresco y que caía bien a todo el mundo. Los principales culpables eran tres: Rafa Jofresa, José Antonio Montero y Jordi Villacampa. Grandes jugadores, humildes, educados y hasta guapos. Faltaba uno para los Beatles, pero llegaría después: Tomás, el hermano de Rafa, el gamberro de la pandilla.

El Breogán se coló en aquella fiesta en la temporada 1984-85 y en la séptima jornada aterrizó en Lugo el Joventut. Ganó por 80-84 y yo me marché para casa frotándome los ojos después de haber visto a Villacampa a unos metros; con aquella perfecta mecánica de tiro,  con aquella manera de finalizar los contraataques, con aquella elegancia, con aquellos pelos de punta.

Desde ese día me propuse ser Villacampa, así que el primer paso fue comprar un bote de gomina. Con el pelo de punta me fijé el objetivo de trabajar duro a las órdenes de la entrenadora del equipo del colegio. Sí, era una chica, algo poco habitual por entonces. Se llamaba Ana y a ella le gustaba más Montero. A mí no me caía nada bien el tal Montero.

Un verano, el del paso del colegio al instituto, Ana me escribió una carta. No me la envió, me la dio en mano y me dijo que la leyera al llegar a casa. La guardé mucho tiempo y cuando la perdí no le di la importancia que se merecía. Me hablaba del cambio que hay entre el colegio y el instituto, de que sin darme cuenta atravesaba una edad complicada y me pedía que al año siguiente, en el que ya no sería mi entrenadora, no dejase el baloncesto. Recuerdo que, con la intención de animarme, me decía que a lo mejor algún día llegaba a defender la camiseta del Breogán. Vale, pensé, en el Breogán jugaré, pero solo unas temporadas antes de fichar por el Joventut para hacerlo junto a Villacampa.

Si el Ayuntamiento de Badalona no desbloquea los pagos comprometidos se verá obligado a iniciar el proceso de liquidación. Sería el fin de un club que lo ha ganado todo


Pasó el verano y al tercer entrenamiento dejé el equipo. Ana habló conmigo para que volviera, pero sin ella en el banquillo no había trato. Así que de mi transformación en Villacampa solo quedó el pelo de punta, y no por mucho tiempo. Lo que sí perduró fue mi admiración por él y por su fidelidad al verde y al negro.

Tres de aquellos Beatles —Montero se había fugado al Barcelona— levantaron la Euroliga en 1994. No conozco a nadie que no se alegrara de aquel triunfo. Era la victoria del Joventut, la del baloncesto con mayúsculas. La del BA-LON-CES-TO.

A los que vivimos aquella época nos cuesta imaginar el básquet sin el Joventut. No hace falta ser tan romántico como Villacampa para entenderlo. No sé en manos de quien está la solución, pero por el bien de todos, que la Penya resista. Ahora que el Breogán parece llevar el camino correcto hacia la Liga ACB sólo fastidiaría llegar allí, abrir la puerta, y descubrir que no hay rastro del Joventut, de Villacampa, ni de sus pelos de punta.

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