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El Balón de Oro no bota

Un jugador irrepetible se baja del barco para tener un plácido final de carrera. Andrés Iniesta deja tras de sí un reguero de aplausos y admiración labrado a base de jugar al fútbol, solo eso. Como si lo hiciera en el patio del colegio. El fútbol más puro

Andrés Iniesta. AEP
Andrés Iniesta. AEP

Una tarde de verano, de esas que te pasas pensando en qué harías si no tuvieses que trabajar, se presentó en el periódico un hombre preguntado por alguien de la sección de Deportes. Bajé y le atendí. Era un argentino de unos 70 años que venía a conocer la tierra de sus padres, que había formado parte de la directiva de San Lorenzo de Almagro y que era amigo personal de Julio Grondona, presidente de la Asociación del Fútbol Argentino durante 35 años y vicepresidente de la Fifa durante 24; un Villar a lo bestia.

Hablamos un rato; bueno, habló, hasta que recordé que en el piso de arriba no era verano y que tenía trabajo por delante, así que le pregunté, intentado no ofenderle, por qué demonios se merecía una entrevista en un periódico de Lugo. Me vino a decir que era argentino y futbolero. ¿Acaso necesitaba más argumentos? ¿Cómo iba a dejar pasar esa pelota sin meter la pierna?

Hablando de fútbol, insultando de fútbol, exagerando de fútbol, los argentinos nos llevan años de ventaja

Hablando de fútbol, insultando de fútbol, exagerando de fútbol, los argentinos nos llevan años de ventaja. Me quiso dejar claro que podía haber alguien tan futbolero como él, pero más no, imposible. Y para dejármelo claro contó algo que me quedó grabado y que considero insuperable.

–Mirá, yo veo a un pibe andando por la calle, aunque sea de espaldas, y sé si es un lateral, un mediocentro, un extremo o un delantero centro. Y no fallo.

Desde aquel día, cada vez que alguien me dice que es un enfermo del fútbol me pregunto si se pasa las caminatas colocando sobre el terreno de juego a cada pibe que ve de espaldas.

El pasado viernes me acordé de aquel argentino y me asaltó una duda. ¿Qué habría dicho de Andrés Iniesta? ¿Habría adivinado su puesto en el campo solo con verle caminar de pibe por una calle de Fuentealbilla? ¿Habría pensado que allí había un futbolista? Si se tratase de un concurso, sin duda esa sería la última prueba, la del redoble, la de la familia comiéndose la uñas entre el público. Y en caso de acertar, aquel exdirectivo de San Lorenzo podría irse a casa convencido de que era la persona más futbolera del mundo.

En algún lugar del planeta tiene que haber un profesor de matemáticas con cara y cuerpo de futbolista; de crack

Iniesta es un fallo en Matrix en la historia del fútbol. En algún lugar del planeta tiene que haber un profesor de matemáticas con cara y cuerpo de futbolista; de crack. De leyenda.

De todos los grandes jugadores de la historia se recuerda alguna característica, algún sello. Uno era rápido, otro habilidoso, otro tenía gol, otro garra... ¿E Iniesta? Iniesta juega bien. Nada más. Y nada menos.

Si te sientas delante del televisor a ver a Messi y el argentino tiene el día, a medida que avanza el partido te vas dando cuenta de que no perteneces a su especie. Esas cosas no están al alcance de un simple mortal. Si ves a Iniesta te dan ganas de calzarte unas botas y saltar al campo.

Cuando un jugador acaba una carrera —en el caso de la de Iniesta se entiende que al máximo nivel, aunque todavía tiene por delante el Mundial de Rusia— es inevitable pensar más allá de la meta. Siempre surge un ¿y si hubiera ...? ¿Qué hubiera sido de Pelé en Europa, o de Maradona si a las once estuviese en cama, o de Cruyff si no fumase?...

En el caso de Iniesta la pregunta es qué hubiese sido de su carrera si para él siempre fuese primavera; si, como sucede cada vez que se pone la camiseta de la selección española en un Mundial o una Eurocopa, hubiese llegado a ser el líder de un equipo como el Barcelona. También en invierno. La presencia de Messi le mandó a un segundo plano, como mandaría a cualquiera, y el manchego lo aceptó sin levantar la voz, solo títulos.

Iniesta metió el gol que todos habíamos metido antes en la playa, en un recreo o en una portería hecha con dos piedras

El gran beneficiado, sin duda, ha sido el Barça, que ha tenido durante muchos a su servicio a un futbolista de leyenda capaz de jugar de mediocentro, de volante y hasta de extremo. Un tipo sencillo, educado, respetuoso con el rival, aplaudido en terreno enemigo y que una noche, en Johannesburgo, metió el gol que todos habíamos metido antes en la playa, en un recreo o en una portería hecha con dos piedras. Porque un gol que vale un Mundial no lo mete el que más corre, el más habilidoso o el más aguerrido. Lo mete el que mejor juega al fútbol.

Por buscar un lunar, se habla mucho de que Iniesta se marcha sin un Balón de Oro que mereció. ¿Y para qué lo quiere?. Con un Balón de Oro no se puede jugar al fútbol. El Balón de Oro no bota.

El Balón de Oro no bota
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