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Adiós, bendito Loco

El argentino René Houseman, genio dentro y fuera del terreno de juego y campeón del mundo en 1978, fallece a los 64 años

Houseman
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René Houseman, el argentino con nombre francés y apellido inglés; el loco, el rey de la ‘gambeta’, la leyenda de Huracán, falleció a los 64 años tras luchar durante varios meses contra un cáncer de lengua. Había superado el alcoholismo, que lo engulló después de una brillante carrera coronada con el título de campeón del mundo de 1978, pero el maldito bicho se lo llevó para siempre. Argentina llora por un ídolo del pueblo, uno de esos jugadores amados más allá del color de su camiseta. Hasta Maradona, que vino al mundo para ser ídolo y no para tenerlos, aseguró en su día que Houseman era el mejor jugador del país.

«Era un himno a la belleza. Solo lo podría comparar con Maradona». Quien habla es César Luis Menotti, que lo entrenó en Huracán mediada la década de los 70. Un cuadrazo con Basile, Larrosa, Babington, Brindisi y Houseman, sobre todo Houseman, un genio que fumaba sin piedad, se entrenaba cuando quería, no calentaba antes de los partidos ni se masajeaba después; que jugaba sin espinilleras, que se escapaba de las concentraciones tanto para pasar una noche de fiesta como para jugar una pachanga con sus amigos en el barrio. «Los futbolistas no somos boludos, nosotros sabemos cuál es el jugador que te puede ganar un partido, y René era uno de esos; le dejábamos que hiciera lo que quisiera», recordaba hace poco el Coco Basile.

Houseman se escapaba de las concentraciones tanto para pasar una noche de fiesta como para jugar una pachanga con sus amigos en el barrio

Era rápido, muy rápido, de piernas y de mente. Cuenta Menotti que un día, paseando con su hijo por un parque, se le acercó un pibe.
—Usted es Menotti, ¿verdad?
—Sí.
—Pues René está jugando un ‘picado’ en el barrio.
A esas horas, Houseman debía estar en la concentración, así que el técnico se acercó al ‘potrero’ donde se disputaba el partido. Alguien avisó al Loco de la llegada de Menotti, así que se cambió a toda velocidad y se sentó en el banquillo.
—René, ¿qué hacés, aquí?
—Y cómo querés que juegue, ¿vos viste a esos pibes? Son unos fenómenos.

Un día metió un gol borracho: "Me dormí dos horitas, salí a la cancha, metí el gol a Fillol, pedí el cambio y me fui a dormir. No daba más"

Un fenómeno era Houseman, para el que solo había un fútbol, se jugase en el barrio o en el Monumental de River Plate, a quien en 1977 marcó un gol borracho. «Me fui a la madrugada de la concentración al cumpleaños de mi hijo y volví borracho a las 11 de la mañana. ¿Y qué querés? Había baile y a mí me encantaba. Cuando aparecí los dirigentes no querían que jugara, pero yo les dije: ‘Esperen que me duermo una siesta y después vemos’. Me dormí dos horitas, salí a la cancha, metí el gol a Fillol, pedí el cambio y me fui a dormir. No daba más. Perdimos 2-1», contaba.

Houseman siempre tuvo la espina clavada del Mundial 74, en el que brilló a gran nivel, pero en una Argentina con muchos problemas internos. «Una pena, era un equipazo», decía. Se la sacó cuatro años después, aunque no del todo, ya que por entonces no era un primer espada, espacio reservado para Kempes, Luque, Ardiles, Bertoni, Passarela... Todos lloran la muerte del Loco, a quien se le perdonaban todas las excentricidades.

¿Y cómo no? Atiendan a esto.En 1976, la selección argentina se preparaba para viajar de Rusia a Polonia. Una vez en el autobús camino del aeropuerto, alguien reparó que faltaba un jugador. Menotti no necesitó ni preguntar. Le dijo a un ayudante.
—Andá a buscar a René.
Al llegar a su habitación se lo encontró dormido como un tronco.
—Arriba, René, vamos, que quedan cinco minutos.
—¿Y qué hago? ¿La echo fuera?
Lo dicho. Un genio.

Adiós, bendito Loco
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