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A los de amarillo

España navega por la inmensa Rusia con un entrenador que estaba pensado para la sala de máquinas. ¿Hay esperanza? ¿Es posible que Suráfrica no fuese un sueño? ¿Qué importancia tiene la figura del entrenador? A lo mejor la respuesta está en Carlos Salvador Bilardo

Bilardo, hablando con Maradona
Bilardo, hablando con Maradona

LA ESCAPADA de Zinedine Zidane desde lo alto del podio del Tour provocó un terremoto con epicentro en Madrid y edificios en ruinas a miles de kilómetros, en Rusia, donde la selección española aún no sabe si sus tabiques resistirán a semejante cataclismo. Con las vitrinas llenas y el banquillo vacío, el Real Madrid sacó la cabeza al mercado y se encontró con las tiendas cerradas. Le entraron las prisas y escogió a Lopetegui, algunos dicen que como quinta o sexta opción; los mismos que ni habían citado al exseleccionador español como opción para reemplazar a Zidane.


El caso es que tres días antes de poner fin a una espera de cuatro años, el Madrid anunció que Lopetegui sería su entrenador tras el Mundial. Se convocó una rueda conjunta del seleccionador y su jefe, Luis Rubiales, presidente de la RFEF, al día siguiente, pero durante la noche todo cambió.  Rubiales abrió una ronda de consultas y decidió que Lopetegui no podía seguir en el cargo por, en resumen, falta de valores, de limpieza, de decencia... lo que provocó la caída de su predecesor en el cargo, Ángel María Villar. Rubiales tiene claro su Gobierno no puede parecerse al anterior. Vamos, lo que le pasó el mismo día a Pedro Sánchez con Maxim Huerta.


Algún día se sabrá lo que pasó realmente, o no, pero el caso es que el viaje de España en Rusia lo dirige ahora Fernando Hierro, que pasó de escoger la sede de la concentración del equipo español en Krasnodar, a sentarse en el banquillo ante Portugal, algo así como organizar un banquete de boda a un amigo y acabar entonando el «sí, quiero» en el altar.


¿Es fiable España con Hierro en el banquillo? ¿Sigue siendo candidata al título? El duelo ante Portugal no sirve para encontrar respuestas. Hubo demasiados regalos, errores y golazos como para sacar conclusiones. Además, Lopetegui llevaba tanto tiempo preparando ese duelo que daba la impresión de que estaba dirigiendo a Hierro con el mando de la play desde su casa. Lo que viene es una incógnita del tamaño de la madre Rusia.

El técnico no apareció por el vestuario en el descanso del partido ante Brasil del Mundial de Italia 90


Razones para el pesimismo sobran, así que es mejor buscar un ejemplo que invite a la selección española a soñar, algo que demuestre que en un Mundial el trabajo del entrenador no es tan importante. Como lo que sucedió en los octavos de final del Mundial 90 en el Argentina-Brasil. Aquella calurosa tarde, aún con Branco drogado por beber agua de un bidón de agua argentino, Brasil pasó por encima de su eterno rival. La primera parte fue un asedio total a la portería de Goycochea, pero por esas coñas que tiene el fútbol, al descanso se llegó con empate sin goles. Los jugadores argentinos se marcharon al vestuario asustados ante la que les venía encima. Su entrenador, Carlos Bilardo, era un tipo que antes de un Mundial se presentaba en casa de los jugadores y le decía a sus mujeres que, si hacían el amor, se pusieran ellas encima para que los pibes no se cansaran. Así que aquella calurosa tarde de 1990 los pibes se sentaron a esperar la charla de su entrenador, pero el tiempo pasaba y allí no aparecía nadie, pasó el descanso y el árbitro llamó a los dos equipos. Y cuando iban a saltar a la cancha, apareció Bilardo. «Muchachos, una cosa. Si se la siguen dando a los de amarillo, vamos a perder».


Maradona hizo una de las suyas y Caniggia tumbó a Brasil en un partido que en Argentina se cuenta a los niños antes de dormir. Hierro no tiene a Maradona, pero seguro que sabe diferenciar el color de las camisetas para decirle a sus pibes a quién tienen que darle la pelota.

A los de amarillo
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