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Nuestra fauna medieval

Recreación medieval en el castillo de Soutomaior. GONZALO GARCÍA
Recreación medieval en el castillo de Soutomaior. GONZALO GARCÍA

LA NOBLEZA medieval gallega tiene su equivalente en el escenario actual. Los señores feudales se peleaban entre ellos con mucha frecuencia y apenas se mantuvieron unidos durante las guerras contra los Irmandiños. Cuando uno era nombrado conde y el Estado le daba tierras y rentas, lo primero que hacían era subirse a un Falcon para ir a un concierto.

Rodrigo de Moscoso y Osorio, conde de Altamira, es nuestra Cristina Cifuentes. Aconsejado por una vidente, se embarcó rumbo a Argelia con sólo una docena de caballeros para hacer la guerra santa. Pues el conde de Altamira compró una embarcación y partió hacia Orán. A las pocas horas estaba de vuelta en un puerto gallego porque había temporal. El segundo intento le funcionó, como a Sánchez, que quiso ser presidente a la primera y a los pocos días lo echaban de la secretaría general. Luego tuvo que esperar a que pasara el temporal. Una vez en tierra de infieles, el conde de Altamira libró algunas batallas y murió poco después por fuego amigo. Uno de sus doce hombres, gallegos todos, disparó sin querer una ballesta y la flecha lo mató. Por fuego amigo murió también Cristina Cifuentes. El ballestero que mató al conde de Altamira huyó por miedo a represalias, lo mismo que quien difundió el triste vídeo de Cifuentes.

Hay casos en los que la muerte no es accidental. Pedro Álvarez de Soutomaior el Parricida, nieto del conde de Caminha, mató a su madre, Inés Enríquez. No era un buen hijo ni un buen muchacho. Sus sirvientes le tendieron una emboscada a su madre y la hirieron en un hombro y en una pierna. La pobre condesa consiguió refugiarse en la rectoral del cura de Arbo. Hasta allí la persiguieron y una vez dentro la descuartizaron, le reventaron el cráneo y repartieron sus sesos por toda la habitación. Más o menos así murieron Soraya y Cospedal, descuartizándose una a la otra y esparciendo sus sesos por el hemiciclo.

El Parricida huyó a Portugal y el juez, un tal Ronquillo, dictó una sentencia famosa en la que condenaba al acusado a ser metido en un saco con un perro, un gato, una serpiente y un gallo, todos vivos. Era una pena inspirada en la legislación romana, que la aplicaba precisamente a quienes mataban a uno de sus progenitores o a los dos. El saco se sumergiría en el río más cercano hasta que el reo muriese "de muerte natural". Una vez muerto, el cuerpo debía ser desmembrado en cuatro partes y exhibidas cada una de ellas en una puerta del lugar donde se le capturase. Ya por aquella época había jueces estrella que dictaban sentencias absurdas. Nunca cumplió la pena el asesino, pues había huido a Portugal, donde tenía su familia numerosas propiedades. Los que sí cumplieron sus condenas fueron sus criados. Eran los Bárcenas, los Correa o los Crespo de aquellos tiempos.

Aznar vendría siendo como el viejo Conde de Lemos

Un tío del Parricida, Alonso de Soutomaior, nuestro Albert Rivera, murió por orgullo. Insultó a Bayardo, al que llamaban el paladín sin miedo, un valeroso caballero francés, y Bayardo lo retó a un duelo. Alonso no quería batirse, pero el Gran Capitán lo obligó a defender su honor, así que el hombre se presentó al evento y para demostrar su valentía se quitó el casco. Bayardo aprovechó la imprudencia para meterle la espada en el cráneo. Así es Rivera: un líder irreflexivo que busca pelea, luego la rehúye y acaba quitándose el caso para demostrar lo valiente que es.

Rajoy y Casado tenían sus equivalencias en dos Andrade, tío y sobrino. Uno, Fernán Pérez de Andrade, era conocido como O Bóo y el otro, su heredero, Nuño Freire de Andrade, como O Malo. El sobrenombre del tío no se le puso hasta que el pueblo conoció al sobrino. Tan malo era el segundo que acabó haciendo bueno al primero. Quién lo diría. A Casado le encanta esa época de la historia de España y la inmediatamente posterior, la de los Reyes Católicos, las conquistas, el imperio. La guerra del abuelo, las fosas de no sé quién o los papeles de Bárcenas son cosas del pasado que hay que olvidar, pero lo que ocurrió hace cinco siglos, eso no debemos olvidarlo jamás. Está haciendo bueno a Rajoy.

Aznar vendría siendo como el viejo conde de Lemos, Pedro Álvarez Osorio, quien fue uno de los nobles más poderosos del siglo XV. Había participado en todos los fregados y de todos había salido bien parado. Vivió los últimos años ejerciendo su influencia sobre sus títeres, como Aznar maneja los hilos que mueven a Casado. Su yerno el mariscal Pardo de Cela fue nuestro Gabriel Rufián, un gallito pendenciero que acabó decapitado por orden de la Corona, que es como acabará Rufián.

Los había también, no muchos, que adoptaban el perfil bajo de Feijóo: se dedicaban a administrar sus territorios sin pretender ir más allá; no se metían en peleas si no tenían claro que las iban a ganar ni se apoyaban en señores que pudieran hacerles sombra. Los cronistas de la época no les dedicaron demasiado espacio, pues nunca protagonizaban hechos destacables. No eran leales más que a sí mismos y siempre observaban las batallas desde la lejanía.

Así que los tiempos han cambiado mucho pero la fauna sigue siendo la misma.

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