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¡Mamá!

Ante el temor a un desenlace pretende cerrar su círculo vital

HABÍA UN hombre que no dejaba de llamar a su madre a gritos. Lo hacía cada cinco o diez minutos, con una insistencia desesperada, de día y de noche. El resto de los pacientes no podíamos verlo, sólo escucharlo, pero veíamos a las enfermeras por el pasillo dirigiéndose una y otra vez a su habitación, tratando de procurarle algún consuelo, con una paciencia heroica. Él no paraba: "¡Mamá, mamá!". Por la voz y el tono, era un anciano, pero la llamaba como lo hace un bebé, emitiendo una señal de socorro y confiando en que ella volviera a su lado. Oí a alguien decir que el hombre sufría una demencia.

La mente recorre caminos insospechados, y más en noches de insomnio cuando uno no puede hacer otra cosa que divagar. así que cuando me di cuenta estaba yo recordando canciones que grandes artistas dedicaron a las madres, relatando amores más o menos tormentosos. John Lennon, en tono de reproche: "Madre, tú me tuviste, pero yo nunca te tuve. Yo te quise, pero tú no me quisiste. Por eso tengo que decirte adiós, adiós". Fredy Mercury y su confesión terrible en bohemian Rhapsody: "Mamá, acabo de matar a un hombre. Puse una pistola en su cabeza, apreté el gatillo. Ahora está muerto. Mamá, la vida acaba de empezar, pero ahora tengo que irme y dejarlo todo. Mamá, no quería hacerte llorar"; Pink Floyd, "Madre, ¿crees que dejarán caer la bomba? Madre, ¿crees que les gustará la canción? Madre, ¿debería construir el muro?". Y Georgie Dann, claro, en magnífica versión de una composición de Wilfrido Vargas, que comparte con su madre una inquietud: "Mami, el negro esta rabioso, quiere bailar conmigo, decíselo a mi papa".

Cuando la cosa ya no daba más de sí, recordé La madre, de Maksim Gorki, una novela tan dura que nunca la entendí del todo. Al siguiente bandazo, me encontré pensando en la madre de Ignatius, el protagonista de La conjura de los necios, y en la madre de John Kennedy Toole, el autor, que la pobre anduvo mendigando un editor para la obra de su hijo que se había suicidado. De ahí pasé a centrarme en un chiste de la vieja escuela, en la que una profe, encarando el día de la madre, pide a sus alumnos que cuenten por qué quieren mucho a sus madres, pidiéndoles que terminen su exposición con la frase "madre sólo hay una".

El primer alumno cuenta que una vez que estuvo muy enfermo, ella se quedó cuidándole y no se separó de él hasta que se curó, porque madre sólo hay una; el siguiente dice que su madre estuvo ahorrando mucho para comprarle un juguete que él ansiaba, porque madre sólo hay una. Luego llega Jaimito: su madre le ordena que vaya a la nevera y le traiga tres cervezas. Jaimito abre la nevera, casi vacía y grita: "¿Tres cervezas? ¡Madre, sólo hay una!". De pronto pensé que daría para un relato humorístico una historia sobre un hombre que va a la UCI de un hospital a preguntar a gritos por su madre, que trabaja allí como médica o enfermera. Todo eso fue transcurriendo por vericuetos imposibles hasta que mi mente se fue centrando y volví a la realidad; al anciano que llamaba una y otra vez a su mamá. Traté de construirle un pasado imaginario, lo que me resultó imposible ante la infinitud de alternativas. Tardé un par de horas en comprenderlo, así que me centré luego en su presente. Ese hombre, pensé, no es en absoluto un demente, sino la persona más cabal y práctica de la que he tenido noticia. Busca a su madre porque ante el temor a un desenlace pretende cerrar su círculo vital. Quiere volver al vientre del que salió y luego sentir otra vez, después de toda una vida, el tacto, el aroma y la voz de su madre, el regazo protector de la persona que le procuró la existencia y lo mimó al nacer, mientras era un ser indefenso y temeroso. Lo hace porque vuelve a tener el mismo miedo y busca a la misma persona que lo amparó cuando llegó al mundo.

Su mente ha olvidado todo lo supérfluo y ahora dedica todas sus energías a emitir la misma llamada de auxilio que pronunció cuando fue capaz de decir su primera palabra, que también es la última. Le da igual dónde está o a quién molesta porque está a lo que tiene que estar. Ya no llama al cuñado que le reía las gracias, al amigote que le acompañaba en las juergas o al compañero del dominó, personajes itinerantes que han protagonizado los cameos de su vida. No le sirven de nada. Ya no los necesita. Cuando me liberaron salí de ahí reconfortado, creyéndome la historia que me acababa de inventar. Puede que fuera totalmente irreal. Da igual. Nunca lo sabré. Sí sé que me llevé conmigo una certeza, la de haber sabido de un hombre que amó a su madre y se sintió amado por ella hasta el punto de dedicarle su último recuerdo. Con eso basta para estar en deuda con él y con ella. Jamás había aprendido nada de una noche en vela.

¡Mamá!
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