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Noches de dos sueños

HASTA BIEN entrado el S. XVIII, la gente no dormía como ahora. Las noches se dividían en dos partes. Las familias, con la puesta del sol, se iban a sus casas, si tenían algo que cenar cenaban y se acostaban para celebrar el llamado primer sueño, que duraba unas cuatro horas. Tras ese primer sueño, despertaban durante una o dos horas y volvían para dormir el segundo sueño, que duraba, como el primero, otras cuatro horas.

cotaEsto, que más que una costumbre formaba parte de un ciclo vital, está más que documentado desde época de los griegos y durante toda la Edad Media hasta el citado S. XVIII aunque su desaparición fue paulatina y en algunos lugares, probablemente Galiza entre ellos, se siguió practicando hasta bien entrado el S. XIX.

Lo malo de estas cosas es que, aunque esa práctica es sobradamente conocida, los relatos o la documentación la tratan con tanta naturalidad que no tenemos muy claro, dependiendo de la época y el lugar, qué se hacía durante esa hora o dos horas de vigilia. Si dentro de dos milenios a alguien le da por investigar la sobremesa que celebramos hoy en día encontrará referencias sin demasiado problema, pero le resultará más difícil saber en qué consiste o para qué sirve.

El por qué se hacía es evidente. La gente adaptaba sus horarios a la luz solar. Antes de que ésta se apagara, no había más remedio que volver a casa y una vez allí, cenar y a cama. Es decir, que se acostaban temprano y luego pasaban mucho tiempo en la cama, sobre todo en los periodos estacionales con menos horas de sol. Así que esa vigilia les ayudaba a estirar la noche.

La muerte definitiva de las noches de dos sueños vino cuando la luz eléctrica llegó a todos los hogares

Cualquier interpretación que queramos hacer sobre qué se hacía durante esas horas en Galiza es necesariamente conjetural, pues no hay documentación que lo detalle, pero es de suponer que vigilarían el sueño de los bebés, se ocuparían de que sus animales estuviesen en buen estado, echarían leña al fuego en invierno y el resto del tiempo lo dedicarían a la charla, a la meditación y a la oración, pues sí está constatado que en las iglesias se animaba a los fieles a rezar durante la vigilia e incluso había oraciones especiales para ello.

Según algún estudio que no voy a citar por no buscarlo ahora, pero que usted encontrará sin mucho problema, es el ciclo natural del sueño y todavía se sigue practicando por todo el mundo en lugares que carecen de luz eléctrica. Ese ciclo fue cambiando en dos fases: primero con la Industrialización, que exigía jornadas laborales interminables, y luego, la luz artificial, empezando con el alumbrado público, que alargaba las noches permitiendo a la gente pasar más horas en la calle y acostarse más tarde. Eso empezó, obviamente, en las ciudades.

La muerte definitiva de las noches de dos sueños vino cuando la luz eléctrica llegó a todos los hogares. El no depender del sol permitió que cada quien pudiera acostarse cuando le diera la gana y dormir luego ocho horas de un tirón, o nueve o las que fueran.

Durante todos aquellos siglos de noches de dos sueños, la gente que vivía en el campo tenía jornadas de trabajo más reducidas que las que tenemos hoy, algo que puede parecer increíble pero es cierto. El ritmo de vida era más pausado, tanto de día como de noche, y las necesidades eran las justas. Es decir, que la vida era más tranquila mientras no llegara un conde a arrasar tu cosecha o te obligaran a acudir a una guerra que no te iba ni te venía, pero salvo que se dieran esas circunstancias, por lo demás más frecuentes de lo deseable, se vivía con poca holgura pero mayor felicidad, al menos en Galiza, donde los recursos naturales eran más bien abundantes. Nunca faltaba un huevo, una sardina o un litro de leche. Con eso y un techo, no hacía falta más.

También es verdad que la gente se aburría más, imagino, pues casi nadie sabía leer y pocas cosas se podían hacer en los momentos de ocio más allá de cantar, asustarse al menor ruido y contar cuentos. Pero en fin, supongo que tenía su lado bueno, aunque no me gustaría vivir en esa época.

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