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Crónica de un ingreso hospitalario. Cinco días entre la pandemia

El ingreso fue el domingo a eso de las 17.30. Nada que ver en principio con covid, ni nada. Le cuento: el cuerpo humano, del cuello hacia arriba es todo barba. De ahí abajo es como un coche, pura mecánica, fontanería y así. El caso es que mi corazón y mis pulmones no trabajan en equipo y alguna vez tengo que venir a urgencias para resolver los desacuerdos, así que me subió mi señora al Hospital de Montecelo.

Cota1Una vez allí, me dio por toser y automáticamente activaron protocolo. Me hicieron el test. Mientras tanto me convertí en protagonista involuntario de una discusión. Yo escuchaba, tumbado en una camilla. Una mujer, que sin duda me juzgaba por mi aspecto de pordiosero se empeñaba en ponerme una sonda en el pipí, mientras otra, gallarda, asumía mi defensa y decía que no era necesario: "Es autónomo", repetía mientras yo pensaba que al final ser autónomo algo bueno tenía que tener, aunque no entendí tampoco el criterio médico según el cual los trabajadores por cuenta ajena tienen que ser sondados y los autónomos no. Luego comprendí que al referirse a mí como autónomo mi abogada no aludía a mi situación laboral tanto como a mi capacidad para orinar por mí mismo, lo que convertía la sonda en un artefacto innecesario. Me hubiera negado. Por línea materna soy un caballero y uno tiene su dignidad, aunque ni falta me hizo. Mi defensora, Dios la bendiga, se hizo con el control y evitó una desgracia.

Bien, en el CHOP tienen una sala que se llama precovid y que cumple la función de acoger a quienes, como era mi caso, esperan el resultado del test, que tarda unas 24 horas. Una vez resuelta la duda, son trasladados bien a una sala para contagiados, bien a la que les corresponda en función de la dolencia que cada uno padezca. En mi caso, neumología.

Afortunadamente el resultado fue negativo pero no me trasladaron. Me quedé casi cuatro días en un limbo sanitario, rodeado por todas partes de pacientes que podían o no ser positivos. Todos entraban y salían salvo yo, que acabé convencido de que Super Mario y su hermano Luigi poniendo y sacando pacientes de las habitaciones y yo les había quedado olvidado por ahí.

Mi nota de TripAdvisor para este hospital es de cuatro estrellas. El trato, exquisito. El personal, aunque sobrado de razones para el descontento, es admirable. Cada vez que entran en una habitación, aunque sea para llevar un botellín de agua, deben ponerse un equipo de protección nuevo. Al salir lo tiran y así una y otra vez. De locos. La comida, una exquisitez. Sobresaliente. El día que privaticen ese servicio, incendio el lugar.

Como en esa planta no se admiten visitas y la tele funciona según ella decida, paso las horas escuchando y viendo al personal corriendo por el pasillo sin parar, de día y de noche.

Esperan una avalancha y parece que viene y en serio. Al cuarto día cuando me sacan de la planta precovid ya empiezan a saturarse. Falta personal, eso seguro. Le digo a una enfermera que lo paren todo y monten una barricada. "¡Ah, si fuéramos obreras del metal estaba hecho! Pero tenemos pacientes".

Cuando me dejan en régimen de semilibertad dos bellos jóvenes me llevan al fin a neumología. Las vistas son un espectáculo. Se ve desde aquí toda la ciudad, la ría, la Illa de Tambo. Lo mejor de este hospital, sin duda, el personal y las vistas a la ría desde la sexta planta.

Qué necesaria es la Sanidad pública, como todo lo público, y qué necesario es dotarla de medios y de personal. Lo veremos en las próximas semanas. Las cifras de infectados crecen pero el personal no, y no es justo abusar de la abnegación ni de las vocaciones.

A todos y todas las que están ingresando o ingresarán en los próximos días ya les digo yo que están en buenas manos; que tengan paciencia, también, que esta gente está haciendo mucho más trabajo que al que a nadie le corresponde y asumiendo riesgos y responsabilidades que sobrepasan a cualquiera. Mucha suerte.

Crónica de un ingreso hospitalario. Cinco días entre la pandemia