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Domingo López, el Villarejo gallego

En una carta delirante, dice que al Santo Padre lo mataron entregándole una pera envenenada

Este señor no nos cae bien ni a usted ni a mí, ya se lo adelanto, pero nos hace gracia su historia. Como está usted imaginando, de quién si no, hablamos de Domingo López de la Barrera, natural de Galicia aunque no he buscado de dónde exactamente, que fue nombrado archivero del reino de España el 30 de diciembre de 1759. Cómo llegó al cargo se cuenta rápidamente: su antecesor había convertido el Archivo en un cortijo, había robado documentos y las joyas de un coronel muerto que se apellidaba Ferrari y que se custodiaban en el archivo y para taparlo todo había provocado un incendio, así que buscaron a un sustituto y contrataron a Domingo. Eso se cuenta en la ‘Revista de archivos, bibliotecas y museos. Volumen 7’, por si quiere usted profundizar, aunque no es eso lo que interesa aquí, que estamos a cosas serias.

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Desde ese puesto debió adquirir gran influencia, pues en 1769, diez años después, lo encontramos ejerciendo de fontanero de la más influyente realeza europea y de la Iglesia, con la muerte de un Papa, Clemente XIII, de por medio. Esto igual tenía que haberlo dejado para más adelante, pero si no meto ahora a un gallego conspirando con la muerte de un Papa se me duerme usted y no me llega al final. El caso es que Domingo participaba en un grupo internacional de confidentes que manejaban información de primera mano y la utilizaban a su conveniencia y a la de sus jefes. Por aquella época los jesuitas no caían muy bien. Habían sido ya expulsados de Portugal, de España, y de Francia, pero las realezas a los dos lados de los Pirineos querían que el Papa Clemente los echara de todo el mundo y disolviera la orden jesuita, cosa que el Papa se resistía a hacer. España y Francia llegaron a tomar posesiones del Papa en Italia y en Francia pero ni así. Domingo y sus colegas espías apoyaban sin fisuras la eliminación de la Compañía de Jesús. Muy mal. Los jesuitas sí son nuestros amigos, pues siempre han perseguido el conocimiento y la cordura en la Iglesia, de ahí que le cayeran tan mal a nuestro paisano Domingo.

Hasta que un buen día, el Papa muere de un infarto y Domingo aprovecha la ocasión para cargar contra los jesuitas. En una carta delirante, dice que al Santo Padre lo mataron entregándole una pera envenenada con la complicidad del médico papal, un tal Zannettini. Según nuestro archivero, que se había montado un guion en el coco, los jesuitas habían asesinado al Papa para interrumpir el proceso de la disolución de la Compañía de Jesús, proceso que el Papa no había iniciado y por ello estaba en guerra con dos potencias. La idea era que el bulo se extendiera y que el nuevo Papa, fuera quien fuese, se sacara de encima a los jesuitas.

La cosa le salió fatal. Lo puede encontrar usted si se lee ‘Reinado de Carlos III. Volumen 12’, obra de Manuel Danvila y Collado, que es que tengo un vecino que cuando me lo encuentro en el bar me dice que estas historias me las invento. Pues no. Invento las demás, pero estas no. Esta sección es sagrada para mí. Se produjo un interminable cruce de cartas entre diplomáticos, espías y reyes, y acordaron que no compraban la historia del archivero Domingo porque era muy arriesgado acusar a los jesuitas y al médico del Papa de envenenarlo con una pera, cuando además estaba perfectamente acreditado que "una convulsión al corazón ha sido la causa de su muerte, sin el más leve escrúpulo de veneno".

La maniobra desacreditó notablemente a Domingo López de la Barrera. El patinazo había sido monumental y casi todos le dieron la espalda, incluyendo a su más fiel protector, Manuel de Roda, hombre de Estado, ministro, principal impulsor español de la disolución de los jesuitas y primer receptor del bulo de Domingo sobre el asesinato del Papa. Aquello se convirtió en un portal cutre de cotillas intercambiándose cartas, que están todas ahí para leerse, en las que nuestro Domingo no era ni la primera ni la más castigada de las víctimas.

En medio del barullo se metió un pintor no muy acreditado entonces ni muy reconocido tampoco hoy pero que por su presencia en la Corte española primero y luego en Roma debía tener sus infl uencias y era un tremendo manipulador. Era un gran amigo del archivero Domingo y uno de los pocos que permaneció fi el. Existe una relación de cartas que el pintor escribió a Manuel de Roda, y en muchas de ellas trataba de devolver al gallego la influencia perdida. También es verdad que no lo hacía de manera sutil. En una de sus cartas le dice esto al ministro para que Domingo y Roda hicieran las paces: "Anoche estuvimos D. Domingo López de la Barrera y yo en casa de Monseñor Herreros y me pareció alegre con la muerte del Consejero, sin duda que espera salirse esta vez con la suya mediante el favor de Vuestra Ilustrísima, si podrá ayudarle ahora. Dios quiera que si la logra no se arrepienta como varias veces hablamos". O sea, que nuestro compatriota además utilizaba a un amigo pintor para chantajear a un ministro. De algo nos suenan estas historias a día de hoy.

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