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La supervivencia de un idioma

Fotografía de Alexandre Bóveda. DP
Fotografía de Alexandre Bóveda. DP

No vamos a descubrir nada nuevo hoy si decimos que el principal elemento vertebrador de un país es su idioma. Eso lo sabe todo el mundo, incluso una persona tan corta y cerril como Ortega Smith, por poner el ejemplo de un inmigrante que se hace pasar por el primero de los patriotas españoles. Por eso, porque la lengua es lo más visible de una nación, es por lo que los enemigos la eligen como lo primero que hay que destruir. A nadie, sea gallego, catalán o vasco se le ocurre despreciar la lengua española, pues todos y todas entendemos que lo lógico y lo natural es que se expresen en su lengua materna. En mi caso paterna, que ya conté alguna vez que mis dos hermanas, mis dos hermanos y un humilde servidor aprendimos el gallego en México porque era el idioma el el que nuestro padre Leopoldo, que en gloria está, nos hablaba, nos abroncaba y nos acunaba. Yo sueño en gallego, pienso en gallego, hablo en gallego y no lo escribo con regularidad porque no llegué a tiempo para que alguien me lo enseñara y yo no hice el esfuerzo de aprenderlo, que no vengo a mentir. Con mucho esfuerzo hago guiones de cómic, de piezas audiovisuales y algún que otro texto que me cuesta horrores. No soy, desde luego, ni seré una referencia como autor en gallego, ya quisiera.

Hay muchas otras cuestiones que marcan un montón de hechos diferenciales de los que podemos presumir los gallegos, pero nada más visible y audible que nuestro idioma. Por eso los de fuera nos culpan de hablarlo, porque es algo que les duele en el alma. Es lo primero que nos diferencia de otros países, naciones o regiones. Todo lo demás entra en la categoría de un folclore aceptable: bailes regionales, trajes regionales y todo aquello que nos pueda definir como región, pero cuando llegan al idioma eso escuece, de ahí los embates de la mal llamada Galicia Bilingüe, que ni es Galiza ni es bilingüe. Saben que si perdemos nuestra lengua, tal como pretenden, podrán hablar de nosotros como una región: como Cantabria, Murcia, Castilla o Extremadura, por citar algunos casos. Les duele no habernos doblegado a pesar de que llevan unos cinco siglos intentándolo. Resulta que la identidad de un pueblo es tozuda y desde fuera no soportan que gallegos, vascos o catalanes nos expresemos en un idioma propio. A menudo, cuando usted o yo hablamos en nuestra lengua salen media docena de energúmenos reprochándonos que no hablemos el idioma de ellos y ellas. No lo hacen cuando viajan a Holanda o a Cincinati, pero vienen a Galiza o van a Catalunya o a Euskadi y se ponen a recoger firmas para que nuestras lenguas no se enseñen en las escuelas.

No soy, desde luego, ni seré una referencia como autor en gallego

Ayer me invitaron en Lago Castiñeiras a una comida de gente muy heterogénea y algo extravagante. Ahí había de todo. Lo único que les une es la afición a caminar como locos. Quedan todas las semanas para subir y bajar montes y hacerse 40 kilómetros de un tirón. Seríamos una veintena de personas, entre las que se encontraban empresarios, trabajadores, sindicalistas, jubilados, pongamos todo ello también en femenino. Una de esas personas, una, hablaba en castellano. Nos explicó que a pesar de ser gallega con ascendencia portuguesa, que viene a ser la misma cosa, y entender y hablar gallego, no le salía de forma natural, lo que a todos los demás nos pareció tan lógico como estupendo, faltaría más. Todos y todas las demás nos expresamos en gallego y ello no supuso problema alguno para nadie.

Pero siempre habrá un madrileño o un andaluz que viene a Galiza y lo primero que hace es colgar una foto de un cartel de un parking que pone "Saída" con un comentario del tipo: "Es una vergüenza que los que tratan de imponernos el gallego pongan carteles en una lengua que no es la común de todos los españoles". Claro, porque como lo ponemos en gallego, un español no sabe por dónde tiene que salir, no vaya a ser que siga la saída y acabe en la entrada.

Por todo esto, porque es para los nacionalistas españoles una cuestión que choca frontalmente contra su identidad, sobre todo si son de la ultraderecha que no sabe escribir ni leer en español ni en ningún otro idioma, atacan a nuestra lengua pensando que es nuestro punto débil, lo que es una ingenuidad y una idiotez. Ya les digo yo que por mucho que se empeñen no existe manera de acabar con nuestra principal seña identitaria. Nunca nadie lo ha logrado jamás, y no fue por no intentarlo. Si yo o Teresa Táboas aprendimos a hablar gallego en México, nadie logrará que no se hable en Galiza. La exconselleira y un servidor coincidimos allá y acá, y en uno y otro lado, de niños y de adultos nunca hemos hablado en un idioma que no fuera el gallego, que es algo de lo que nos vanagloriamos, porque además nuestros padres, mientras nos enseñaban el idioma, eran directivos del Centro Galego.

Así que pierdan los españolitos toda esperanza. Hagan lo que hagan, siempre exhibiremos aquello de lo que nos acusan: de tener un idioma propio y de estar orgullosos de hablarlo. A ver si se enteran de una vez. Si Alexandre Bóveda escribió las últimas palabras a su amada Amalia en gallego justo antes de que lo asesinaran, malo será que no sepamos los demás seguir ese ejemplo por los siglos de los siglos. Amén.

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