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Robar matando

Koldo García, a su llegada a la Audiencia Nacional. SERGIO PEREZ
photo_camera Koldo García, a su llegada a la Audiencia Nacional. SERGIO PEREZ

Estoy muy mosqueado estos días, pero mucho, a cuenta de los casos de las mascarillas, el de Koldo y el de la pareja de Díaz Ayuso, y los que vayan a salir, que una vez abierta la veda, no es fácil saber cuánto se va a cazar al final de la temporada. Robar dinero público, sea a través de contratos amañados, de facturas falsas para defraudar a todos los ciudadanos o de cualquier otro método es una indecencia, esta frase va de relleno porque todos y todas coincidimos.

Pero imaginemos por un instante que es usted una ladrona profesional, que igual lo es aunque confío en que no. Pondría en el fuego la mano del obispo de Mondoñedo para defender su inocencia, pero vamos con ello. Usted es una ladrona, pero comprende perfectamente la diferencia entre robar una oficina bancaria o atracar junto a un cajero a una anciana que va con su cartilla a sacar unos euros para poner algo en la nevera. Es tan ladrona en un caso como en el otro, pero su calidad como persona no es en absoluto parecida. No es lo mismo. Penalmente hasta puede ser más punitivo, lo ignoro, robar el banco que atracar a la anciana, pero si opta usted por esta última solución, perdóneme, hágaselo mirar porque es usted un mal bicho que está privando de sustento a la pobre jubilada que probablemente es más pobre que usted.

Recuerde aquellos años, que todavía están frescos. Todos y todas nos sentimos parte de una lucha contra un enemigo desconocido que no diferenciaba entra razas, culturas, creencias ni territorios. Estábamos todos mirando el reloj esperando en momento para salir a aplaudir durante unos minutos. Era un aplauso dedicado al personal sanitario, pero también una felicitación entre nosotros, un reconocimiento a un sacrificio colectivo, incluso una manera de certificar qué vecinos seguían vivos. Nos confinaron, una buena medida. Tres meses sin poder salir de casa, cuarentenas salvajes a quienes nos infectábamos, condenados a vivir como apestados (lo éramos), en una habitación, sin ningún tipo de contacto humano, sin poder abrazar a nuestra gente. Y luego, en siguientes fases, las restricciones de horarios, las distancias de seguridad, las mamparas en los bares, ya sabe, todo eso. Salvo excepciones, que siempre hay un tarado haciéndose en rebelde, todos cumplimos, porque moría gente a diario, mucha gente: más de 130.000 muertos y casi 14.000.000 de contagiados.

Pues no es lo mismo robar un par de millones en la construcción de una autopista que en una operación de compra de mascarillas, lo siento. Unos y otros a la cárcel, por descontado, pero si puede usted robar en una autopista o en unas mascarillas, robe en la autopista, pinfloi, que en esos dos años las mascarillas salvaban miles y miles de vidas al día. Si opta usted por atracar al contribuyente español, no lo mate. Si la pillan, que espero que no porque yo a usted la aprecio a morir, que no sea por hacer negocios chungos a costa de la salud de sus congéneres. Si hacemos una encuesta, que igual ya se ha hecho y yo no lo sé, creo que porcentaje cercano al 100% afirmará que entre sus conocidos, entre sus círculos familiares, laborales o sociales, conoce al menos a una persona que murió en esa pandemia.

Mi cabreo se explica porque soy un ingenuo. Por aquellos días creí que la alta clase política estaba trabajando para salvarnos la vida con el dinero público. Ni por asomo imaginé a un ministro, a un hermano, a un novio de un alto cargo utilizando la tragedia para llevarse la pasta cruda por hacer dos llamadas y mandar tres correos y una factura. Yo, triste de mí, imaginé a nuestros gobernantes olvidándose por unos meses de sus chanchullos, a los que podrían volver en cuanto acabara la crisis, trabajando 24 horas al día para conseguir mascarillas, respiradores, aquellos trajes EPI que convertía a las enfermeras en astronautas. Vi, también desde dentro de un hospital, a todo el personal sanitario enfundado en aquellos trajes que tenían que tirar para ponerse uno nuevo cada vez que entraban o salían de una habitación. Y todo eso fue utilizado por cuatro paletos para comprar coches de lujo, pisazos y chaletones por España entera. Por encima, horteras. Un Maserati se compró el chorbo de Ayuso, un coche que solamente compra un nuevo rico para ostentar. Además de ladrones y horteras, crueles, pues nada hay más indecente que forrarse a costa de las vidas de miles y miles de personas, a sabiendas de que esas mascarillas formaban la primera barrera de contención frente al virus. Donde el pueblo veía un salvavidas, ellos veían un negocio millonario.

Conoceremos más casos, pues ya metidos en faena, todos se pondrán a rebuscar. Pues que caigan quienes tengan que caer, que una cosa es robar y otra robar matando.

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