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La rabia como estrategia

Pablo Casado, en el Congreso. EFE
Pablo Casado, en el Congreso. EFE

Una vez Alfonso Guerra se refirió a Adolfo Suárez como "tahúr del Mississippi". No había internet ni por tanto redes sociales, pero el insulto se viralizó a la manera de entonces, en las portadas de los periódicos y en las tabernas. A Suárez le insultaban todos, y los suyos los primeros, pero esa expresión de Alfonso Guerra superaba lo intolerable, según la opinión de la época. Un presidente de España, decían, merece un respeto. No se le puede llamar tahúr del Mississipi.

Cuando Suárez se derrumbó mucha gente creyó que ya no quedaban insultos. Y así fue durante los primeros años de Felipe González. Con Fraga en la oposición los debates eran duros e intensos pero respetuosos. Los franquistas, salvo algunos, estaban encantados con el ejercicio de gatopardismo que había dejado hecho Suárez en la llamada Transición. Todo había cambiado para seguir igual, gobernase quien gobernase: los crímenes de la dictadura, olvidados; las grandes fortunas de los jerarcas, salvaguardadas y mucho poder en la sombra que seguía y sigue estando en manos de las antiguas élites franquistas.

Había entonces juego que parecía limpio al menos en las formas. Las traiciones y los insultos eran peleas de salón que no se aireaban en público. Felipe tenía a Guerra ejerciendo de guardián de la finca y lo sacaba cuando necesitaba a alguien mordaz que diera un par de titulares. Claro que casi nadie sabía que Felipe era un vendepatrias y que desde su Gobierno se estaba montando una banda terrorista, el GAL, para asesinar, secuestrar y torturar. Y los que lo sabían lo callaban, como hacían con las andanzas de Juan Carlos I. España no fue jamás una democracia plena, pero casi lo parecía: gasto social, llegada o recuperación de algunos derechos fundamentales, infraestructuras, en fin, cosas que se habían echado me menos durante cuatro décadas o más.

Los insultos volvieron al público con el advenimiento de Aznar, probablemente el personaje más siniestro que ha dado la política española. Aznar jamás hubiera ganado unas elecciones a Felipe de no ser por el cúmulo de escándalos que atesoraba después de 13 años de gobierno: el caso Juan Guerra, el caso Roldán y los Gal, claro, entre otras muchas cosas. Felipe estaba tan acabado que el PP hubiera ganado igualmente esas elecciones si en lugar de presentar a Aznar presentan a un Renault 5.

La oposición de Aznar era como Aznar: chulesca, desafiante, irrespetuosa, ególatra y narcisista. Aznar era en sí mismo un insulto para cualquier rival. Tenía y conserva un carácter y unos modos insultantes. Con Zapatero en la oposición, las formas volvieron. Nadie se hubiese tomado en serio un insulto de Zapatero, que fue el Bambi de la política. Es como si a usted o a mí nos insulta un Teletubbie. Ni caso. Nos haría hasta gracia.

Rajoy tampoco fue de insultar. Era más de buscar la frase incisiva o el barrene incomprensible. A Rajoy le daba todo igual, tanto que cuando años después perdió la moción de censura acabó en un restaurante entre puros y copas porque no le apetecía escuchar la defensa inútil de su portavoz. Para eso tenía Rajoy a Hernando, para cuando hacía falta alguien que supiera insultar.

Esto de ahora es un despropósito. En el tema de los insultos hemos superado todas las barreras y eliminado las líneas rojas.

Apostaría todo lo que tengo, que es nada, a que si alguien llegase hoy al atril del Parlamento para llamar a otro tahúr del Mississipi, la presidenta le daría las gracias y le pondría una estrellita en la frente por buen comportamiento. Tahúr del Mississipi. Eso ya ni es insulto ni es nada, casi parece un elogio entre tanta rabia que se destila en las instituciones, en los partidos, en los medios y en las redes sociales.

La polarización no es necesariamente mala. Hasta puede ser muy buena si se lleva con un mínimo de tranquilidad. Pero no, todos insultan a todos: los extremeños a los catalanes, los de Murcia a los vascos, los de Vox a todos los demás, los de Podemos a todos menos a los socialistas, que insultan a toda la derecha. Los nacionalistas a los españolistas y viceversa. Y claro, así el diálogo es imposible. Todo es ruido de diseño. La estrategia de llenar el campo de barro y convertirlo en escenario de una pelea a garrotazo limpio, como la de ese cuadro de Goya. El ruido es atronador como el del volcán de La Palma, que no deja dormir ni pensar al vecindario.

Lo malo es que algunos seguidores, afortunadamente no muchos de momento, se toman estas cosas demasiado en serio. La agresividad se palpa en el ambiente y en ocasiones se ejerce, y es mejor no referirse a nadie en concreto. Todos sabemos quiénes generan toda esa furia y a quiénes se dirige, porque no tienen reparos en decirlo a viva voz y entre muchos insultos. Y se equivocan quienes caen en la estrategia de la rabia y se prestan encantados a participar en la competición, a ver quién discurre el mejor insulto de la próxima media hora. Un mínimo de educación, por favor.

La rabia como estrategia
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