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Aquellas pequeñas cosas

Serrat (en la imagen, durante una actuación este año, dedicó una canción a las pequeñas cosas. EFE
Serrat (en la imagen, durante una actuación este año, dedicó una canción a las pequeñas cosas. EFE

Dedicó el poeta y compositor Joan Manuel Serrat una canción a las pequeñas cosas. Un tema bestial en el que no nos dice cuáles son las pequeñas cosas. Las pequeñas cosas siempre se desprecian en los relatos, sean cuales sean sus formatos. Da igual que hablemos de una novela, de una película, de una obra teatral, de una canción. Por supuesto hay excepciones: los de Siniestro Total en su ‘Diga qué le debo’, exigen a un camarero que les cobre, y lo hacen a grito limpio. No verá usted en una película a un cliente pidiendo una cuenta, recibiéndola, pagándola y esperando el cambio. No sé qué sería de mi carrera sin gerundios. En esa canción, Miguel Costas detallaba lo que había comido, lo que había bebido y lo que había roto. Una oda a los detalles, a las cosas pequeñas.

Para un guionista es una cuestión de primero de guardería. Hay que evitar las pequeñas cosas, que lo hacen todo lento y pesado. Se saltan y punto. Vea usted una escena en un taxi. El pasajero puede hablar durante dos o tres minutos con la taxista y eso lo veremos, pero nunca veremos el proceso del pago. Si acaso, el cliente le tenderá un billete por la ventanilla una vez abandonado el vehículo. Es lo más que se le puede dedicar a esa pequeña cosa. Jamás veremos al taxista anunciando el precio de la carrera, ni dándole el cambio al personaje. 

Lo mismo sucede en bares, cafeterías y restaurantes. El cliente deja un billete sobre la mesa, se levanta y se larga sin pedir la cuenta. Bien pensado, eso es una estupidez que jamás sucede en la vida real. Nos ocultan las pequeñas cosas porque parecen una pérdida de tiempo. Ocurre lo mismo en las conversaciones telefónicas de ficción. Se eliminan los saludos y las despedidas. Se produce un intercambio de cuatro frases relevantes y los personajes cuelgan sin decir adiós.

Es un error: algo grande siempre es el resultado de una sucesión de pequeñas cosas. Se cuenta que Charles Proteus Steinmetz, uno de los padres de la ingeniería eléctrica, que no sólo estaban Tesla y Edison, fue llamado por el empresario automovilístico Henry Ford, quien tal como usted recuerda, fue el inventor de la producción en cadena, la mayor porquería que ha creado la humanidad.

Resulta que el fabricante de coches había instalado un inmenso generador de electricidad en su nueva factoría, y el aparato daba problemas. No funcionaba, o no funcionaba bien, que no me conozco la historia con tanto detalle ni falta que nos hace. Así que Ford, desesperado, llamó a Charles Proteus Steinmetz para arreglar el asunto. El contratado pasó dos días junto al generador tomando notas y haciendo cálculos. Al acabar, cogió una cinta métrica y una tiza y trazó una línea sobre el generador, marcando con total precisión los metros de bobina que le sobraban a la máquina y que habían de ser eliminados para que funcionara correctamente. Se largó a su casa. Los electricistas de Ford sacaron exactamente la bobina marcada por la tiza y el generador comenzó a trabajar como es debido.

Al cabo de unas semanas, Henry Ford recibió la factura de Steinmetz, que venía diciendo algo así: "Reparación del generador: 10.000 dólares", una fortuna hoy y más en los años veinte del siglo pasado, hace cosa de 100 años. Escandalizado por la cantidad exigida, pues el hombre no había hecho más que una raya de tiza, Ford devolvió la factura pidiendo que se le reenviara desglosando el trabajo realizado. El ingeniero, siguiendo las indicaciones de su cliente, reenvió la factura en estos términos: "Por marcar una raya de tiza en el generador, 1 dólar. Por saber dónde hacer la marca, 9.999 dólares". Ford pagó, claro. No había reparado en la importancia de las pequeñas cosas.

Piense usted en un gran día. Alguno recordará, espero, que si no su vida es para estudiarla. Rememore las pequeñas cosas, yo qué sé: el momento en que compró un peluche cuando nació su nieta y fue a conocerla al paritorio; en la persona que les sirvió el café a usted y a su pareja la mañana del día en que les anunciaron que un cáncer estaba superado; en el viaje que emprendió para acudir a la boda de su sobrina. Sin las pequeñas cosas no tenemos nada. Esto canta Serrat: "Son aquellas pequeñas cosas / que nos dejó un tiempo de rosas, / en un rincón, en un papel o en un cajón". Las pequeñas cosas, con lo importantes que son, siempre se arrinconan, como algo insustancial, o peor, innecesario; o todavía peor, despreciable.

Hay que darles valor. Hay que agradecer a la camarera que le cobra, al taxista que le da el cambio, al amigo que llama en tiempos de zozobra, al vecino que le desea buenas tardes en el ascensor, a la automovilista que para mientras usted cruza una calle. A fin de cuentas, tampoco a lo largo de nuestras vidas usted o yo hemos demostrado ser gran cosa, pero quizá, espero, sí un compendio de pequeñas cosas que nos van engrandeciendo. Lo que se llama ser buena gente, gente normal, la que hace pequeñas cosas que nos mejoran la vida. Oh, qué pequeña cosa bonita me ha quedado.

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