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Negacionistas

A lo largo de estas últimas dos o tres semanas diferentes responsables sanitarios de comunidades autónomas han deslizado en voz baja que el porcentaje de ingresos de personas mayores no vacunadas ronda el 70%. Dado que hablamos de una franja de edad que ya ha sido llamada a vacunar hace meses, hablamos de negacionistas. Puede que entras personas haya alguna que no se vacunó porque no pudo, no supo, no tuvo manera de desplazarse o se quedó en casa porque su tortuga estaba enferma. Salvando esas lógicas excepciones, el resto son negacionistas.

negacionistasA mí los negacionistas me hacen gracia, como los terraplanistas, los que creen que el cambio climático es un invento, los que leen el futuro en los posos del café y toda esa gente que va por la vida vanagloriándose de su ignorancia. Es un fenómeno que me atrae, el de la credulidad en todo aquello que va contra la evidencia científica, el uso de la razón, la lógica y el sentido común. Puedo pasarme horas viendo episodios de series documentales sobre alienígenas y preguntándome por qué la gente se cree a ciegas lo que le dicen en esos programas en los que jamás sale un alienígena si no es dibujado.

Como todas esas corrientes de indigencia intelectual, el negacionismo de este virus ofrece múltiples ramificaciones para que el creyente pueda elegir si se queda con una, con varias o con todas: lo mismo les vale negar la propia existencia del virus que aceptar que se ha creado en un laboratorio. Para resistirse a recibir la vacuna pueden acogerse a cualquiera de las explicaciones anteriores o argumentar que no están dispuestos a que Bill Gates les meta un microchip 5G en el cuerpo o que George Soros se haga con el dominio del mundo.

La diferencia de esta última religión de moda con respecto a las habituales es que en esta nos jugamos la vida. Un terraplanista no hace daño a nadie defendiendo que la tierra es plana. Allá el o ella, que de todo hay; quienes creen que Elvis vive tampoco van por ahí causando desgracias. Hasta pueden inspirar cierta ternura porque hay en ello cierta candidez y eso siempre provoca empatía. Pero estos de ahora ponen en peligro sus vidas, lo que me trae sin cuidado, y las de otros, lo que ya no me trae sin cuidado. No sé qué piensa usted, pero yo veo que hay una ola de culpabilidad que se dirige hacia los jóvenes y no resalta ese dato del 70% de antivacunas ingresados.

La juventud no sólo no ha sido todavía vacunada. Por encima les exigimos que esperen hasta el final de la cola y que lo hagan con cordura, responsabilidad y paciencia. Puede que pedirles paciencia a chavales de 18 años, o chavalas que llevan un año y medio largo con la vida interrumpida sea mucho esperar. Lo sé de cuando yo tenía esa edad. Si se disuelve un botellón bien disuelto está, pero por la misma razón quien se niegue a vacunarse que se quede en su casa, porque supone un riesgo para los demás y por burro.

Si un joven que no pudo vacunarse contagia a un señor de 65 que se negó a hacerlo, ya me dirá usted quién tiene la culpa si el señor acaba en una Uci enganchado a un respirador. Yo no le deseo a nadie que contraiga una enfermedad pero ese 70% de antivacunas que están ingresando en los hospitales lo estaban pidiendo a gritos. Sobre todo el antivacunas ideológico, el que se sale de ese perfil entrañable del crédulo ingenuo y no es otra cosa más que un descerebrado que no se vacuna porque a él nadie le dice lo que tiene que hacer porque sus derechos y sus libertades y Venezuela y blablablá. Totalmente a favor de que una vez que la mayoría de la población de todas las edades haya tenido la oportunidad de vacunarse o no, nadie pueda poner un pie en la calle sin un certificado de vacunación. Si un yeyé es antivacunas tiene todo el derecho, pero no a entrar en un comercio, a cenar en un restaurante o a tomarse una caña. A chorar a Cangas. Bastante daño nos ha hecho ya esta historia, mucho más de lo que pensábamos al principio, como para andar ahora lidiando con los tarados de los puñitos apretados que se niegan a vacunarse porque están en su derecho, que lo dice hasta Miguel Bosé.

Las teorías conspiranoicas son un gran entretenimiento, sobre todo para quienes creen en ellas, pero cuando el entretenimiento pone en riesgo la vida de terceras personas es mejor que se disfrute en casa, como el cuchillo jamonero, que lo puede usted tener en la cocina pero no salir a pasear con él por la calle porque supone un peligro para los demás, sobre todo si sale en pijama.

Y a la juventud que la vacunen cuanto antes, que a sus edades han hecho muchos más de lo que se nos exigió a los demás y desde el primer día fueron los grandes cabezas de turco de toda esta historia.

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