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Nadie se preocupa por mí

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Una persona pasa ante un grafiti sobre el covid en Valencia. EFE

A lo largo de 2020 y lo que llevamos del presente año, se han disparado los intentos de suicidio y los suicidios consumados en todo el mundo. También las ventas de ansiolíticos y antidepresivos. Dios no nos diseñó para luchar contra una pandemia ni para convivir con la soledad. Hay otros bichos que sí, que solamente buscan pareja para aparearse o buscan un rival con el que pelear un rato y el resto de sus vidas las viven mejor solos. No necesitan compañía.

La especie humana necesita socializar, pertenecer a un grupo o a una manada con la que pueda identificarse: sea jugando a las cartas o haciéndose hincha de un equipo de fútbol. Cada uno va buscando ese camino que le permita cohabitar y sentirse parte de algo mayor que la individualidad. La soledad es algo terrible y el haber aprendido lo vulnerables que somos no ayuda. Tampoco estamos hechos para afrontar situaciones catastróficas que escapan a nuestro control.

Cuando el viernes abrieron algunas terrazas, que muchas no lo hicieron ni lo harán porque han bajado la persiana para siempre, la gente se lanzó a la calle para reencontrarse con amigos o parientes. Había colas de gente esperando a que una mesa quedara libre. Tratábamos de recuperar un fragmento de nuestra vida anterior a pesar de la certeza de que nos estábamos exponiendo a perder la salud o de morir, asuntos que cada día nos interesan menos. Imaginamos que después de la Semana Santa, como ocurrió tras la Navidad habrá una nueva ola, pero procuramos no pensar en ello. Si nos permiten ver a una hermana lo haremos, o regresar unos días al nido familiar, o tomar unas cañas con un grupo de amigos.

Nos deprimimos a veces disimulando, como Marty Feldman en El jovencito Frankentein, en esa escena en la que con una enorme sonrisa empieza a cantar: "¡Nadie me quiere, nadie se preocupa por mí, tacataca tacatacá!". Hay mucha gente rompiéndose por dentro. Un año es mucho tiempo, el ritmo de vacunación va demasiado lento y las restricciones aunque algo más aliviadas en estos días, siguen minándonos la moral, como el uso de mascarillas. Fingimos que nos hemos acostumbrado a ellas, pero no. Vivir la vida tras una mascarilla es algo tan necesario como descorazonador. Nos salva la vida mientras nos la entristece al recordarnos que vivimos malos tiempos.

La salud mental es la otra gran pandemia que nos toca sufrir y la estamos descuidando porque estamos dedicando todos los recursos sanitarios al virus. Es normal que sea así porque lo prioritario ahora mismo es salvar vidas, pero las secuelas que esto está causando se ven ahora y se tratarán después, cuando toque. Y tendremos que hacer un gran esfuerzo para recuperarnos en la medida de lo posible. Si aquí estamos así, imagínese en todos esos países que además sufren guerras y hambre.

Supongo que ahora mismo estará Youtube cargado de consejos que no funcionan sobre cómo sobrellevar la soledad, o sortear la ansiedad o la depresión. No sé. Durante estos meses he visto a gente que ha aceptado la derrota. No hasta el punto de pensar en quitarse la vida, gracias a Dios, pero sí hundida y cargada de pensamientos negativos, instalada en el pesimismo. No sé muy bien cómo reaccionar ante esas personas: una porque nunca ha sido eso lo mío; y otra porque yo también me siento a veces un poco así, como imagino que usted. Lo más que acierto a decir es algo del tipo: "Bueno, a ver si todo empieza a ir mejor", a lo que siempre contestan que sí, que a ver, que ojalá.

Incluso sabiendo que al parecer esto realmente se acabará en cuestión de meses, probablemente entre el tercer y el cuarto trimestre de este año, muchos y muchas seguimos abonándonos al pensamiento derrotista, y en otros casos hay gente indignada que busca culpables sobre los que arrojar su ira. Esos también están pidiendo a gritos ayuda, que alguien les haga caso, sentirse parte de algo, porque hemos nacido con un espíritu gregario y nos duele no poder ponerlo en práctica. Cada uno busca su válvula de escape porque incluso los que buscan responsables saben que la culpa de todo esto no es de nadie, ni siquiera del chino que se comió un murciélago. Qué iba a saber el pobre hombre la que estaba liando. Y es eso, el saber que esto no nos lo hemos buscado lo que más nos entristece. No comprendemos por qué nos está superando una desgracia que apareció de la noche a la mañana y se está alargando mucho más de lo creíamos cuando salíamos a aplaudir a los balcones. Parece no tener fin. Yo sugiero que hagamos como Marty Feldman en aquella película de Mel Brooks, la única buena que dirigió, dicho sea de paso: que exhibamos nuestra mejor sonrisa y cantemos: "¡Nadie me quiere, nadie se preocupa por mí, tacataca tacatacá!". Total, otra cosa no podemos hacer.

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