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El mercadillo volante

Varios aviones de Ryanair. ARCHIVO
Varios aviones de Ryanair. ARCHIVO

ERAN FALSAS ilusiones. Todas las eran. Recuerdo cuando a finales de los setenta y en los años sucesivos todos creían que el futuro sería mejor. Yo no lo creía. En aquellos años bastante tenía con creer en el Ratoncito Pérez, pero escuchaba a la gente que entonces era mayor y ahora que ya están casi todos muertos y yo tengo la edad que tenían ellos cuando yo niño, compruebo que no daban ni una. Sus augurios eran una porquería. Durante mi infancia mexicana había largas sobremesas en las que participaban exiliados comunistas, franquistas emigrados y todo lo que quedaba en medio. Al final, unas y otros coincidían en que el mundo solo podría ir a mejor.

No quiero ni imaginar la sensación de fracaso colectivo que hubieran vivido hoy en un avión de Ryanair. Aquel futuro esplendoroso que imaginaban es como un viaje en Ryanair. Espacio mínimo para sentarse en un mercadillo persa. La tripulación toma el micrófono cada dos minutos para ofrecer todo tipo de productos que nadie compra: perfumes, maquillajes, cremas, menús, cervecitas frescas, lotería. De todo. Mi señora bajó del avión indignada porque iba con la ilusión de regatear por una alfombra, único producto que no ofrecieron.

Es la socialización de un espacio diminuto y la capitalización de productos que nadie necesita. Todo eso mientras el mundo se viene abajo. Exactamente lo contrario de lo que querían nuestros padres o nuestras abuelas, de una u otra ideología, en aquellas conversaciones que hoy empezarían de cero si pudieran levantarse de la tumba. Todos aquellos anhelos se quedaron en un avión de Ryanair, que es todo incomodidad y tripulantes obligados a ejercer de vendedores de estupideces. Lo que no se entiende es que los pasajeros no podamos viajar con cabras y gallinas, que llenarían el avión de contexto.

Y así es todo en estos tiempos: un mundo chapucero y cada día más pequeño en el que tenemos que vivir a base de caprichos innecesarios que además no podemos comprar. A ver, ¿a quién carajo se le ocurrió que quien compra un pasaje por 30 euros se va a gastar 90 en una crema hidratante? Ese negocio está abocado a la ruina, ya se lo digo yo. Sobrevive de momento a base de llenar el avión de asientos para bebés para dar cabida a más pasajeros. Yo recuerdo mucho al fotoperiodista Julio Mayo y al empresario Paco Cachafeiro, republicano el primero y empresario muy de derechas el segundo. No entendí nunca por qué los emigrantes gallegos que huían de la pobreza eran tan afines a Franco, que lo eran, pero eso es otro tema. Lo que sí sé seguro es que si hoy estuvieran vivos y los subieran a uno de esos aviones, ambos sacarían sus fusiles para derribarlo. Eran grandes amigos, habían luchado uno en cada trinchera en la Batalla del Ebro y discutían con mucha furia, pero estarían de acuerdo en que todas sus luchas, antes, durante y después de la guerra, no eran para esto. Luchaban creyendo en un mundo mejor, no en este de Ryanair, de crisis humanitarias con muertos congelados en las fronteras o ahogados en el mar; de falsas informaciones y bulos que se suceden a mayor velocidad de la que da tiempo a escuchar y valorar; de una Justicia que se juega sobre un tapete de casino cutre; de líderes de diseño incapaces de representarse a sí mismos.

Entre los que imaginaban un futuro socialista en el que cada ciudadano tendría una vida digna y los que veían un mundo capitalista lleno de riquezas, lo que salió fue un avión de Ryanair, que cubre con creces las peores pesadillas de unos y otros. Creemos con razón que nuestra generación y las dos precedentes somos las culpables del desastre. Pero también es verdad que no es esto lo que queríamos. Los mayores del último tercio del siglo pasado creían que lo peor ya estaba superado, y los jóvenes de los ochenta y noventa estábamos a lo que estábamos, que era disfrutar de la vida que nos habían dejado hasta destrozar el espejismo. Esa fue nuestra gran aportación, descubrir que en lugar de dejarnos un mundo libre y en paz, nos habían dejado un avión de mercadillo. Y cuando nos dimos cuenta, como total ya no había nada que hacer, estiramos la farsa para dejársela a nuestros hijos como herencia. Bueno, nadie les mandó nacer en esta época, ni a nosotros en la nuestra. Lo hicimos, eso hay que decirlo en nuestro favor, lo peor que pudimos. Fue un trabajo excepcional. Los que vienen, allá ellos. Que vuelvan al asno y a los bueyes, que otro remedio no les queda, y se olviden de los aviones de carga de ganado y las cremas hidratantes.

Lo mejor que pueden hacer es seguir con la estrategia de la loca de Díaz Ayuso, en plan: "Bah, los muertos, mire, me da igual, paso", y bajar el micro entre los aplausos de los suyos. Eso es lo que llevamos haciendo durante las últimas décadas, o sea que nada les podremos echar en cara. Esa ha sido la actitud: bah, me da igual, paso. Si la aplican tan bien como lo hemos hecho nosotros, tenemos la supervivencia garantizada al menos cuatro o cinco años más.

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