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Mascarillas

Una pareja con mascarilla en Pekín. EFE
Una pareja con mascarilla en Pekín. EFE

CELEBRÓ LA prensa madrileña el primer caso de coronavirus en España como una victoria. Lo estaban deseando. España no podía ser menos que los países de nuestro entorno. Algún día alguien tendrá que explicarnos por qué Finladia o los EE.UU. son países de nuestro entorno y Marruecos no, aunque ese es otro tema. La definición de "entorno" es demasiado elástica, creo yo.

Se están inflando los medios con el coronavirus, sobredimensionando el asunto. Mientras escribo esto, la cifra de infectados se acerca a los 10.000 y la de muertos anda por los 200. No es tanto. Entre los miles de millones de personas que pueblan el mundo, en estos días ha muerto mucha más gente por otras causas. Pescando chocos, pongo por caso, o bajando la basura, y no se monta un escándalo universal. Y si nos ponemos serios ni quiero saber cuántas mujeres han muerto en España en lo que va de año a causa de la violencia machista que con tanta alegría niegan algunos pinflois, pero lo que nos aterra es el coronavirus.

El coronavirus es un hallazgo. En los últimos días hemos escuchado un millón de teorías: hay quien dice que lo expandió el gobierno chino para reducir la población; otros sostienen que fue generado en un laboratorio y se escapó de ahí, porque los coronavirus son propensos a escapar de los laboratorios, lo cual tiene toda la lógica del mundo si pensamos que todos los bichitos nacen para poblar la Tierra. Ayer leí en Twitter un mensaje muy difundido. Era un vídeo de un chino hablando en mandarín, un señor muy elegante. El texto que encabezaba el asunto anunciaba que lo que decía el chino era que no hay una decenas de miles de contagiados sino centenares de miles. Claro, no había doblaje ni subtítulos. Igual el chino lo que decía realmente es que debemos ser como el tallo de un bambú, delicado pero resistente, y lo seguían cientos de comentarios de gente asustada ante el inminente fin del mundo. Luego, que si la culpa es de un murciélago porque los chinos comen bichos, que si fue un ciervo, que si esto o lo otro. Todo blablablá. Los restaurantes y las tiendas regentadas por chinos no tienen clientes desde hace días porque hemos construido un mundo de chiripitifláuticos. Mi teoría, que no voy a ser menos que nadie, es que se trata de un invento de la peligrosa mafia de los fabricantes de mascarillas. Piénselo detenidamente. Imagine que es usted un mafioso que fabrica mascarillas y las distribuye en narcosubmarinos. Usted es un caballero astuto, un buen hombre de negocios. Entonces, como no puede ser de otra manera, inunda el planeta de coronavirus y genera así una demanda de mascarillas de proporciones bíblicas.

En España, días antes del infectado de La Gomera se agotaron las mascarillas. No había nadie contagiado y ya estaba el pueblo español acaparando mascarillas como quien compra toda el agua del supermercado por si gobierna Podemos y acabamos como en Venezuela. Ojalá las mujeres maltratadas o los homosexuales apalizados pudieran resolver sus problemas poniéndose una mascarilla, pero como no es el caso, la mafia de las mascarillas ha creado el coronavirus.

Somos propensos a la exageración. El asunto está haciendo ganar o perder billones y billones. Líneas aéreas cancelando vuelos, empresas anulando pedidos de todo salvo de mascarillas; la industria turística perpleja ante la bajada de reservas; las bolsas fluctuando porque los inversores no saben qué hacer, ya que ningún megamillonario está acostumbrado a enfrentarse a un coronavirus. Lo mismo pasó hace algunos años con la gripe A, y es deseable que esto sea como aquello, un bluf que ayuda a vender periódicos y a multiplicar por millones las audiencias. Como, hagamos memoria, cuando nos convencieron de que al llegar el año 2000 todos los ordenadores iban a dejar de funcionar y la humanidad volvería a las cuevas a pintar bisontes.

Lo que merecemos es que suceda. Que el cuento de Pedro y el lobo se haga realidad. Que una infección acabe con un tercio de la población mundial; que una tormenta solar inutilice todos los satélites, que los reptilianos existan y se decidan a acabar con nosotros o que los extraterrestres destruyan nuestro planeta. Llevamos tantos años rasgándonos las vestiduras y mesándonos los cabellos imaginando desgracias inexistentes que el día en que de verdad ocurra una desgracia apocalíptica, nadie se lo tomará en serio y entonces sí moriremos todas y todos, empezando por usted, amado mío.

La mesura ha desaparecido de nuestras vidas y nos ha vuelto tontos de solemnidad. Los medios, salvo este que lee usted, se dedican a aterrorizar a la población periódicamente. Cada cierto tiempo se promociona una amenaza inexistente con el mismo entusiasmo con el que se ignoran los problemas reales. Nos aburre escuchar que cada día mueren más personas en guerras lejanas que las que va a causar este coronavirus en un año, pero lo que nos preocupa, nos emociona y nos motiva es el coronavirus. Hemos perdido el miedo a la realidad, que es aterradora, y buscamos el temor donde no existe, en atolladeros exagerados que se resuelven con una mascarilla.

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