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Más ofender y menos ofenderse

Imagen de una manifestación celebrada recientemente en Madrid. JUANJO MARTÍN
Imagen de una manifestación celebrada recientemente en Madrid. JUANJO MARTÍN

Dijo el otro día la vicealcaldesa Begoña Villacís que "la corrección política haría imposible hoy un fenómeno como la Movida madrileña". Más allá de que el personaje no nos interesa en absoluto y que olvidó recalcar que ello se debe en buena medida a actitudes como la de su grupo, Ciudadanos, y sus aliados del PP y de Vox, la afirmación es acertada. Ninguna de las primeras películas de Almodóvar, por ejemplo, tendría hoy hueco en un estreno en cines ni en el catálogo de una plataforma digital; muy pocas de las canciones que escuchábamos en los ‘80, vinieran de Madrid, de Vigo o de Euskadi, encontrarían hoy hueco en una emisora y ya no digo en una cadena de televisión. De hecho, muchos de aquellos intérpretes estarían en la cárcel. La mayoría.

En las últimas dos o tres décadas hemos bajado mucho el listón de lo ofensivo y hemos elevado nuestra capacidad de sentirnos ofendidos. Tiene que andar usted con pies de plomo porque todo aquello que escriba, aunque sea un tuit, ofenderá a alguien. También es cierto que las consecuencias las sufren regularmente los mismos. ¿Que convoca usted una manifestación ultra y sale una falangista soltando un discurso antisemita y los asistentes, brazo en alto, cantan el Cara al sol? Bien, en ese caso no habrá problema alguno. Ningún juez la llamará a declarar y en todo caso el asunto será archivado. ¿Que participa en un grupo de chat donde un militar con más graduación que una botella de tequila propone fusilar a la mitad de la población española? ¡No se preocupe, todo irá bien!

Pero no se le ocurra, señora mía, canturrear una canción contra la Corona porque la meten presa; ni protestar por el encarcelamiento de un rapero, eso jamás. Lo menos que le puede ocurrir es que un antidisturbios la deje a usted sin uno de sus lindos ojos, o sin los dos si tiene usted un mal día.

También hay que decir que aunque la respuesta penal o policial no sea la misma según quién se sienta ofendido, sí es cierto que la corrección política marca nuestra capacidad de expresarnos y merma nuestra libertad de expresión cada día y eso sí es algo que funciona en ambos sentidos. Cada día algún actor o actriz, algún político de cualquier signo o alguna activista son crucificados en las redes por una palabra o una frase. Debemos ofender mucho más y ofendernos mucho menos, que es lo que ocurría durante la Movida. Siniestro Total cantaba aquello: "Llego a la isla, / lo saco de la tienda / le doy en la cabeza / le abro la cabeza / le corto un brazo / le arranco una pierna, / le saco las uñas / le muerdo una oreja. / Matar jipis en las Cíes". No hay noticia de que alguien haya ido a As Cíes a matar a un jipi; ni tan siquiera a morderle una oreja, pero hoy los artistas perfectamente podrían estar en la cárcel por incitación al odio porque siempre hay un jipi poniendo una denuncia.

El camino de los ofendiditos nos devuelve a una era mojigata. Si definitivamente queremos entrar en ese terreno tan victoriano, yo recomiendo alguno de los libros con modelos de cartas que se publicaban a mediados del XVIII y eran muy exitosos. Mi preferido se titula Manual de cartas de amor y amistad y viene firmado por Mari Carmen, así, sin apellidos, lo juro.

Dejo aquí una muestra del arte que tenía la tal Mari Carmen para resolver conflictos y superar ofensas: "No quisiera proporcionarte un disgusto con esta carta, pero la verdad hace ya tiempo que debiera haberse escrito por ser ya insostenible esta situación. Yo te noto aburrida hace tiempo y yo a mi vez me siento cansado de mantener un día y otro también esta farsa en la que los dos somos principales personajes. ¿No te parece que sería mejor que mutuamente nos franqueásemos y rompiésemos el compromiso que moralmente roto está ya?".

Claro, es que ahora las ofensas se lanzan y reciben con emoticonos de caritas enfadadas o tristes, o lanzando besitos o lagrimitas. Normal que la gente se ofenda con tanta facilidad. Hay una solución, que sería recuperar el lenguaje, al menos el justo para ofender como durante la Movida cuando todos ofendíamos a todos y nadie se sentía ofendido. Y de no ser así, yo propongo ir directamente a las cartas de Mari Carmen, que estaban hechas para que nadie ofendiese a nadie y nadie se sintiese ofendido. También son muy cursis, pero eso es un poco lo que buscamos, la cursilería del nuevo milenio que tan bien practican quienes se pasan la vida buscando a alguien que les ofenda para ofenderse, lo que es una tontería y una pérdida de tiempo.

No existen dos Españas irreconciliables, lo que por otra parte a mí me da lo mismo. Lo que existen son dos Españas ofendiditas, con la piel tan fina para recibir ofensas como gruesa para lanzarlas. Pues a leer a Mari Carmen.

Más ofender y menos ofenderse
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