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El hombre que no quiere hablar con los semáforos

Todos los terrícolas pudieron ver mi Twitter menos yo
Una persona intenta entrar en su cuenta de Twitter. EUROPA PRESS
Una persona intenta entrar en su cuenta de Twitter. EUROPA PRESS

Tenemos en Pontevedra dos semáforos parlantes. Igual hay más, pero yo sé de estos dos, que además están juntos y entre ellos hay una cafetería que se llama Zafire. Cuando se instalaron yo frecuentaba el lugar, así como un señor aristócrata que hizo fortuna en Brasil como ingeniero industrial. Es un descendiente directo de uno de los miembros más destacada de la estirpe de los Churruchaos, que tuvieron enorme poder entre la nobleza medieval de Galiza y de Castilla. Tan poderosos fueron que uno de ellos asesinó al arzobispo de Compostela, Suero Gómez de Toledo por orden de Pedro I el Cruel.

Bien, uno de los dos semáforos decía: "Rúa de Uxío Novoneyra. Peón, pode pasar"; el otro decía lo mismo pero referido a la avenida de Eduardo Pondal. Pues nuestro vecino daba un enorme rodeo para llegar al bar porque decía que a él, un Churruchao, no le daba órdenes un semáforo y menos uno que le llamara peón.

Llegamos tarde a las tecnologías, a veces con siglos de retraso, o con pocos años, que es todavía peor. Ver a un chaval manejándose con el móvil duele: la soltura con la que lo hacen todo y esa capacidad para resolver mil cosas en cuatro segundos nos demuestran lo torpes que somos. Sí, usted también, no mire para otro lado. Hay cosas que se admiten irremediablemente porque están ahí a la vista de todos.

El otro día me llegó un mensaje de Twitter diciendo que se había detectado una actividad inusual en mi cuenta y que por seguridad debía cambiar la contraseña. Siguiendo paso a paso las instrucciones, que ya las mandan de una en una para que hasta un chimpancé pueda entenderlas, lo intenté como cien veces. Yo estoy convencido de que alguna de las pruebas debió salir bien, pero al parecer Twitter no piensa lo mismo. Sólo tenía que poner mi nombre y la contraseña nueva, pero no me dejaba. Me decía una y otra vez una cosa como: "Algo salió mal. Vuelva a intentarlo más tarde". Pues tanto lo intenté que me apareció un mensaje en el que se me informaba de que había sobrepasado el número de intentos y me remitía a un formulario que cubrí otras cien veces con el mismo resultado. Algo salió mal, blablá.

Estas cosas me superan. Cuando yo era niño el tocadiscos en casa sólo podía manipularlo el padre, lo mismo que el televisor. Las madres no podían porque eran mujeres e hijos e hijas tampoco porque podían romperlo. Era el hombre de la casa el que se encargaba de las cosas tecnológicas. Hoy todo eso ha cambiado de una manera brutal. Cuando a un padre le llega un móvil nuevo sale corriendo a buscar a su hijo para que le enseñe a manejarlo, le instale aplicaciones y le explique cuatro cosas.

Pues así estuve un par de días. Resultó que todos los terrícolas pudieron ver mi Twitter menos yo. En una de esas, logré cambiar las claves y apareció al fin mi cuenta. ¡Ah, que bien!, pensé hasta que vi que me había desaparecido el perfil, los seguidores, los seguidos y todo mi historial. Creo que por error creé una cuenta nueva porque la alternativa es terrible, y es que todo eso haya desaparecido para siempre. La verdad, digan lo que digan de las memorias y las nubes, este siglo virtual desaparecerá de la Historia. Será más fácil en un futuro no muy lejano documentar la vida del Churruchao que asesinó al arzobispo en el S. XIV que la de cualquiera de nosotros.

Así que vivo en una especie de limbo existencial. No sé si es que ahora tengo dos cuentas pero no he conseguido recuperar la antigua o si es que la he sustituido por esta otra en la que no existo. Voy a esperar un par de días y si no lo termino de estropear llamaré a un amigo que llama Manu y es un as de estas cosas y que me ayude. El caso es que los de mi generación nos estamos quedando obsoletos, ya no en asuntos tecnológicos, que también, sino en la vida misma.

Estas nuevas herramientas me hacen sentir como debieron sentirse en el sindicato de fogoneros cuando vieron la muerte de los trenes a vapor. Y esto avanza a tal velocidad y genera tanta dependencia que dentro de poco nos convertiremos en una nueva especie, algo así como homo poco sapiens. Despojos sociales que sucumbimos al avance de los tiempos, cuando además los tiempos estos exigen unas habilidades de las que carecemos porque fuimos de los primeros en llegar y por tanto los primeros en envejecer frente a la apisonadora tecnológica y futurista. Cuando logramos aprender una sola cosa ya nos hemos perdido otras cien que la juventud domina al instante, que nació con un móvil en la mano y el mando de una consola en la otra.

Tenemos otra solución, que quizá sea la más digna, la del noble Churruchao: dar un rodeo para que no nos hablen los semáforos, negarnos a entrar y sobrevivir en la secta tecnológica. Ser héroes, es decir, que en un par de días llamo a mi colega y a ver si me lo arregla.

El hombre que no quiere hablar con los semáforos
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