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En tres palabras

Un grupo de mayores charlando en una plaza.EUROPA PRESS
Un grupo de mayores charlando en una plaza.EUROPA PRESS

ADORO a la gente a la que le da todo igual. No es que no tengan opiniones sobre asuntos importantes, que a veces las tienen, pero las sueltan con desinterés, como certezas inconsecuentes. Suele suceder a la gente cuanto más mayor se hace. El abuelo de Bart, Abe Simpson, es para mí un modelo a seguir de aquí a unos cuantos años, aunque ya me gustaría ser como él hoy mismo, pero no soy capaz. Hace falta un grado muy alto de madurez y sabiduría para salir a la calle en zapatillas de andar por casa y que no te importe ser juzgado por ello.

Cuando yo tenía diez años, mi padre tenía cincuenta. Él y sus amigos me parecían una gente muy mayor, casi ancianos. Los escuchaba hablar de política durante horas, de una manera muy apasionada, como si les fuera la vida en ello, como hago yo a menudo. Cuando llegó a los ochenta, tras leer unas declaraciones de algún político en un periódico o verlo en la tele, se limitaba a decir cosas como: "Este é parvo", y con esas tres palabras decía lo mismo que en horas de discusión treinta años antes, pero yéndose directamente al final, a la conclusión, sin necesidad de razonar el porqué de que uno fuera parvo u otro fuera listo.

A cierta edad, uno o una puede pasarse horas viendo trabajar a unos albañiles o pensando frente a una chimenea encendida sin necesidad de hacer comentario alguno. Debiéramos estar gobernados por un equipo formado por miembros de la juventud fogosa y rebelde y de la ancianidad a la que le da todo igual. Una mezcla entre quienes quieren cambiar el mundo y aquellos que saben lo que es posible, lo que no, y lo que tanto tiene.

La gente de mediana edad es la que nada tiene que aportar. Yo mismo, por ejemplo. Si usted me pusiera a mí a arreglar esta sociedad endiablada, le juro por la vida de mis hijos que todo rastro de vida sobre la tierra desaparecería en cuestión de meses, acaso semanas. A la gente de mi edad habría que confinarla hasta cumplir los ochenta. Se nos pasó la edad de soñar con un mundo mejor y estamos viviendo en el limbo, esperando llegar al momento en que todo carezca de importancia para nosotros y seamos capaces de formular opiniones de tres palabras, que son las que cuentan.

La ancianidad se ha visto privada de su mayor felicidad

Para estas cosas, la vida es como una partida de dominó. Si ve usted a cuatro cincuentones jugando al dominó, sólo escuchará golpes de las fichas sobre la mesa, gritos, reproches al compañero y algún que otro asesinato provocado por el mal perder. Sin embargo, cuando los jugadores son ancianos, juegan en silencio, colocan las fichas con suavidad y acaso se escucha algún murmullo, porque a esa edad ya se ha aprendido a perder, incluso a ganar, que es más difícil.

Claro que habrá excepciones, pero yo soy de generalizar para no complicarme la vida más de lo necesario. A un anciano lo que le preocupan son las pequeñas cosas: ver crecer a sus nietos, ayudar a sus hijos e hijas, contar alguna que otra historia familiar y ver el Tour de Francia o jugar al dominó sin enfadarse. Son esas pequeñeces las que arreglan el mundo, créame, no buscar a un enemigo para bombardearlo.

No es buen momento para la ancianidad, y ya ni me meto en el tema que lo que ha ocurrido en tantas residencias por España adelante. Bastante tienen los que han sobrevivido temiendo por la vida de su descendencia y viéndose privados de esas cosas que disfrutan, las que mueven el mundo, como abrazar a un nieto. La ancianidad se ha visto privada en los últimos meses de su mayor felicidad, que es la de que todo le dé lo mismo.

Toda esa sabiduría acumulada, la que lleva a alguien a decirlo todo en tres palabras y ocuparse de lo único que verdaderamente le interesa, se ve ahora truncada por una pandemia, una de las pocas cosas con las que no aprendieron a convivir tras ocho o nueve décadas de experiencias vitales de todo tipo. No debe ser fácil comprobar que uno llega a la última etapa de su vida enfrentándose a algo desconocido y empezar de cero a esa edad a comprenderlo todo de nuevo.

Mi padre murió hace ya unos cuantos años, a los 86. Dedicaba su vida a disfrutar de su huerto, de su perro, a cocinar y a ver partidos de tenis. También escribió un pequeño ensayo sobre las leyes de la termodinámica aplicadas al funcionamiento de los grupos sociales. Eso le entretenía y lo publicaba en un blog. Me alegro de que no le haya tocado vivir esto, que haya podido disfrutar de esos años en los que ya todo le daba igual salvo su descendencia y era capaz de decirlo todo en tres palabras.

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