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El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, en un acto del partido el mes pasado. JUAN CARLOS HIDALGO, EFE
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, en un acto del partido el mes pasado. JUAN CARLOS HIDALGO, EFE

HAY malas maneras de pasar a la Historia. Es el caso de Antonio Hernández Mancha, que presidió el PP durante un par de años. Aspiraba el buen hombre a liderar España y tras hacer el ridículo, desapareció y hoy nadie lo recuerda. También el de Javier Fernández. Usted ya no se acuerda de Javier Fernández. Yo tuve que buscarlo en Google porque ni su nombre quiso acudir a mi memoria. Era ese señor que se ocupó de la gestora del PSOE mientras Sánchez iba y volvía.

La gente así me recuerda a Jimmie Nicol. Fue batería de los Beatles durante trece días. Hizo con ellos ocho conciertos y eso fue lo que le arruinó la vida. Entró en el grupo para cubrir una baja de Ringo Starr, que estaba con amigdalitis. El caso es que cuando Ringo volvió nadie quiso tocar con Jimmie Nicol. Fue como una maldición. Estuvo en un par de grupos de tercera fila y hoy ni se sabe si está vivo. Lo último que se dijo de él es que trabajaba en la construcción, aunque ni siquiera se sabe si eso es verdad.

No puede aspirar ni a ser el quinto Beatle, un lugar muy disputado en el que podrían entrar Pete Best, el primer batería, o Stuart Sutcliffe, quien dejó el grupo para seguir con su carrera como pintor y murió poco después. También está Brian Epstein, que los lanzó a la fama o George Martin, su eterno productor. Jimmie Nicol es como Rosa Díez. Pasó de ocupar puestos destacados en el PSOE a abandonarlo para fundar UPyD y hundirlo. Hoy es una señora amargada que se dedica a mandar mamporros a diestro y siniestro desde su cuenta de Twitter, siempre buscando que se hable de ella sin conseguirlo. Ya no es nadie.

Pero el que tiene hoy todas las papeletas para ser el Jimmie Nicol de la política española es Albert Rivera. Su indefinición y su estrategia errática pueden llevarlo al anonimato. Se lo está ganando a pulso. Estos días se le largaron del partido destacados cargos, el ultimo este sábado, hartos de un líder que lo mismo pacta con el PSOE que con Vox. Lo peor no es eso, sino pactar con Vox fingiendo que no lo hace. Pues en eso tienen razón los del partido ultra. Si quieres mis votos para entrar en gobiernos con el PP, te sientas a pedírmelos y firmas un papel, o te largas a tomar viento.

Ahora está el pobre en una encrucijada. Si Ciudadanos se sienta a negociar y firma pactos con Vox, tendrá que reconocer que sí, que hay una alianza con la extrema derecha; pero si no lo hace, pasará como el responsable de impedir unos cuantos gobiernos de la derecha y entregárselos en bandeja al PSOE. No lo va a tener fácil para salir de ésta sin heridas. Él no es capaz de seguir una línea, no sabe qué votantes quiere tener y eso suele acabar mal. Cuando no tienes claro a quién te diriges o te diriges un día a unos y otro a los contrarios, puede que ni unos ni otros se fíen demasiado de ti. Y ahora pasa lo que tenía que pasar: unos le piden que se deje de historias y formalice su trío con PP y Vox, mientras otros le exigen que facilite la investidura de Sánchez. Ahora estará comprendiendo las consecuencias de mandar mensajes contradictorios.

Al puesto aspira también Pablo Casado. De momento tiene al partido en calma tensa, en espera de saber qué pasa en Madrid o en Murcia, pero un día cualquiera le saltan a la yugular desde el propio PP. Ha dejado a su partido con menos diputados que los que tenía la AP de Fraga hace treinta años o más. En las últimas generales y municipales perdió en casi todas las grandes ciudades y en las medianas y en las pequeñas, y en pueblos a los que no llegan ni los Reyes Magos. Si hasta perdió en Galicia, cosa que no había sucedido jamás. Si yo fuera Feijóo me plantaba en Madrid y le reventaba la cabeza con un bate de béisbol. La pérdida de poder conlleva una debacle económica, pues como sabemos los partidos se nutren mayormente de fondos públicos que se otorgan en función de los resultados. Es decir, que Casado no sólo está llevando al PP a la irrelevancia, sino también a la quiebra. Y qué sabré yo, que soy obeso, pero lo mismo tengo razón y a lo mejor hay gente en el partido que no está encantada con el liderazgo de un señor que viene perdiendo apoyos elección tras elección y que lo único que ha demostrado es que sabe fracasar como nadie, sin perder la hermosura ni la sonrisa.

De los cinco grandes líderes al menos dos no serán Jimmie Nicol. Sánchez ha llegado a Presidente, lo que le salva del anonimato; y Abascal, pase lo que pase con él, siempre será recordado como el hombre con aspecto de jeque árabe que devolvió a España la ultraderecha.

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