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El mal perdedor

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. OLIVER CONTRERAS (EFE)
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. OLIVER CONTRERAS (EFE)

EE.UU. es la mayor democracia del mundo, y que se muera ahora mismo Santiago Abascal si miento. Es una democracia tan grande que un presidente en funciones puede negar sin presentar prueba alguna la victoria de su rival. Una democracia en la que el señor que la preside exige en plena noche electoral que se pare el recuento de votos cuando ve que pierde ventaja; una democracia tan grande que milicias paramilitares armadas con fusiles de asalto se plantan en los colegios electorales para intentar que se detenga el mismo recuento. Una democracia tan grande que un presidente acusa de fraude al otro candidato. Una democracia tan demócrata que tarda días en obtener las cifras que definen al ganador. Es esa gran y antigua democracia en la que se aplica la pena de muerte y un policía puede pegarle siete tiros por la espalda a un negro inofensivo o asesinarlo por asfixia poniéndole una rodilla sobre el cuello. En fin, para qué seguir con estas cosas que todos conocemos.

En cuestión de minutos, a Donald Trump lo dejó tirado hasta su peluquero. Todos los grandes medios empezando por la cadena FOX, su gran soporte durante estos años, se precipitaron a dar por incuestionable la victoria de Joe Biden y la lluvia de felicitaciones empezó a llover sobre el ganador desde todos los gobiernos del mundo, como si todos y todas le quisieran lanzar un mensaje a Trump: se acabaron las tonterías y las bravuconadas. Mucho tuvieron que aguantarlo mientras ejerció la presidencia como para no darle la espalda a la primera ocasión. Mientras, Trump actúa como el niñato malcriado que siempre fue: azuzando a sus seguidores y negándose a abandonar la Casa Blanca, algo que debe suceder el 20 de enero, justo cuando Biden jure el cargo. A saber cómo hacen para sacarlo de ahí: por los pelos, imagino. O no, igual se atrinchera y cuando Biden llegue a su nuevo domicilio se encuentra a Trump durmiendo en su habitación. A saber, que el tío está muy loco.

A Biden le queda trabajo. Luchar contra el coronavirus con casi un año de retraso; apaciguar a una población polarizada y enemistada que ha dado más de 70 millones de votos a cada candidato; recomponer la política exterior abandonada por un Trump que solo se preocupó de su nación y afortunadamente no fue capaz ni de cumplir su porquería de promesa estrella: construir el muro con México.

No es que Biden haya sido tampoco el candidato perfecto. Bastante flojillo, las cosas como son. Su victoria puede ser más achacable al odio que genera Trump que a sus propias cualidades. Pero a estas alturas cualquiera era mejor que Donald Trump, un millonario loco que se presentó como el adalid de la antipolítica. Desconfíe usted de cualquiera que llegue a la política prometiendo que la política le da igual. Ya su primer error fue utilizar el mismo lema de campaña que hace cuatro años: devolver la grandeza a su país. Compañero, si en cuatro años no conseguiste hacerlo, cambia de lema para que la gente crea que sí. Y estará por ver en qué medida afecta la caída de Trump a su cachorrillo Bolsonaro, y a los que tiene en Europa, uno de ellos gobernando en Hungría, el tal Orban y a otros como Abascal que han calcado discursos y estrategias buscando el enfrentamiento a base de bulos, bravuconadas, chulería y frases hechas. Que piensen que es muy difícil en Estados Unidos que un presidente no logre un segundo mandato. Hay que hacerlo demasiado mal para no renovar. Los últimos, si no me engaña la memoria, fueron Jimmy Carter y George Bush padre, que ya llovió. Que tomen nota. Su gran referente, el que iba a convertir al mundo en un remanso de paz anticlimática, antifeminista y antipandemias no se atreve ni a lamerse las heridas mientras finge que no las tiene porque sostiene que ha ganado. «Stop de count!», exigía Trump, que viene a ser algo así como «¡Parad el recuento!». Abascal, que no debe hablar inglés, se apresuró a repetir la frase pero mal escrita: «Stop de cunt!», escribió, que dicen los que sí hablan inglés que viene a significar «¡Parad el coño!». Resultó que nadie hizo caso a Trump y mucho menos a Abascal, con lo que los votos se contaron uno a uno y se siguen contando hasta agrandar la derrota de uno de los personajes más grotescos que ha protagonizado la política internacional en las últimas décadas.

70 millones de ciudadanos de los Estados Unidos lo echarán de menos y eso no es cosa menor. Y como es un pésimo perdedor, seguirá, sin duda, embarrando el campo, no solo hasta el 20 de enero sino en adelante. Lo mejor que puede ocurrir es lo que vino sucediendo desde hace un par de días: que nadie le haga caso ni le ría las gracias. Pasará así a la historia como uno de los grandes perdedores, un señor ridículo, narcisista y probablemente psicópata que durante cuatro años hizo el fanfarrón sin aportar nada útil al mundo ni a su país ni a sí mismo.

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