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El apagón

Bombillas. PIXABAY
Bombillas. PIXABAY

ESTÁN AVISANDO los líderes de Austria y Alemania de un posible apagón energético en Europa que durará días o semanas y que se producirá en un invierno entre los años 2022 y 2025. Otro Apocalipsis más, que de ocurrir nos devolvería a la Edad Media. O peor: en la Edad Media no echaban en falta la luz eléctrica y los sistemas de producción se basaban en la energía que extraían del agua que movía los molinos. Ahora ni eso tendríamos. Se apagaría todo, claro: las redes sociales, las fábricas, la distribución, los alimentos fríos o congelados, los medios de comunicación, los móviles, el agua corriente... Todo. Y provocaría un cataclismo económico mundial cuyas consecuencias durarían años.

Están pidiendo a la población que haga acopio de bombonas, agua embotellada (dos litros por persona y día), linternas, pilas, radios que funcionen con baterías, alimentos en conserva, hornillos de gas y todo lo necesario para sobrellevar un apagón. Igual la alarma es excesiva y eso no llega a ocurrir, pero la simple alerta dice mucho de la sociedad que hemos construido.

Ahora mismo, sigue el desabastecimiento del que nos van contando desde hace algunas semanas: encarecimiento del transporte marítimo, colapso en los puertos, escasez de materia prima, fábricas de coches cerradas o reduciendo turnos porque no tienen componentes. Algunos productos empiezan a escasear, como las bebidas destiladas; y otros seguirán el mismo camino en las próximas semanas.

Eso es producto de tanto liberalismo, tanta globalización, tanta deslocalización y tanta tontería que nos han metido en la cabeza en las últimas décadas. Se produzca o no el temible apagón, la economía mundial vive hoy caminando sobre un alambre. Y no hay pértiga ni red. Me inspiran cierta ternura esos especialistas que analizan esta situación y proponen más liberalismo para encontrar soluciones. Incautos o mentirosos, eso es lo que sois, yeyés.

Hace no muchos años sobrevivíamos sin contratiempo a apagones que duraban días enteros, o a constantes cortes varias veces al día. Una semana sin luz no hubiera supuesto mayor problema. Alguna incomodidad, como no poder ver la tele, que total solo ofrecía dos cadenas que emitían unas pocas horas. La leche nos la traía una señora que tenía vacas; el pescado siempre era del día y en las despensas había siempre lacones, chorizos, tocino y patatas. Una semana sin electricidad hubiera supuesto casi una aventura. Claro, no dependíamos de la leche francesa ni del pescado congelado, ni de cereales de Argentina, yo qué sé. La economía era local, sobre todo la economía doméstica. Lo único que sabíamos de China era que allí vivía gente bajita y comunista con los ojos siempre cerrados, todo un exotismo. No comprábamos ropa cosida en Bangladesh, claro, porque aún no habían inventado esas estupideces de los mercados únicos y la economía global.

Un alto porcentaje de lo que consumíamos se fabricaba o se producía en Galiza. Y lo que no, se compraba en almacenes que traían productos de Portugal, del Bierzo o de Barcelona, no en Amazon, que te pone en dos días una camisa fabricada a 7.000 kilómetros. Las necesidades básicas estaban cubiertas y no se dependía del exterior más que lo justo. Y esto no es una añoranza del franquismo, no se me confunda. Fue así también durante toda la etapa de Suárez, de Calvo Sotelo y los primeros años de Felipe González, que fue quien nos introdujo en esta estupidez neoliberal en la que vivimos ahora y con la que tan cómodos estaban el propio, Felipe y luego Aznar, Zapatero, Rajoy y ahora Sánchez.

Se quejan las jugueterías de que no pueden abastecerse para esta Navidad porque no llegan los pedidos. Pues es un buen momento para enseñarles a niños y a niñas que el consumismo, el liberalismo y el capitalismo entero has sido las grandes estafas de nuestras generaciones. Todas las recetas que nos han vendido resultaron ser falsas.

¿Sabe usted quién pasará el apagón sin demasiados apuros? Los y las de la Galiza profunda, tan denostada estos días. Los que tienen gallinas y por tanto huevos; los que tienen un huerto y cuatro árboles frutales, a los que nunca les faltará una cebolla, un tomate y un pimiento; los que pueden sustituir la luz eléctrica con unas velas o una chimenea que también proporciona calefacción. Los que tienen un pozo o un manantial cerca. Y ya no digamos nada si además crían un cerdo y una vaca. Los que no tienen que acaparar bombonas de gas porque tienen leña; los que saben hacer quesos, vino y aguardiente. Los demás, los urbanitas, esos lo pasaremos muy mal.

El futuro está en la tierra. Parece mentira que después de la pandemia, o durante, no lo hayamos visto. Y ya no es por el posible apagón o el actual desabastecimiento, que irá a más. Es que es de cajón. Consumir fruta que se produce al otro lado de un océano, o de dos, pongo por caso, por muy sabrosa y rara que sea, nunca será mejor que comerse una manzana que saca uno de su propio árbol, pero en fin, sigamos así, comprando leche francesa, bombillas chinas y convirtiendo el consumo energético en el centro de nuestra vida. Total, un Apocalipsis de vez en cuando nunca viene mal.

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