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Doña Baldomera y usted

Baldomera Larra Wetoret fue pobre por primera vez a los 4 años, aunque a esa edad ni cuenta se daría. A esas alturas de la vida nadie sabe si es rico o pobre. Su padre era el afamado articulista Mariano José de Larra, que escribía de manera muy estilosa y divertida. Dejó dos centenares de artículos y tres novelas. No es poca producción si se tiene en cuenta que a los 27 añitos se pegó un tiro en el coco y murió permanentemente porque la amante que tenía le dijo que la llama del amor se había apagado y que a consecuencia de ello sus sentimientos hacia Mariano lo convertían en una persona indiferente en su vida.

Su amante había acudido al encuentro acompañada de una amiga. Así como ambas mujeres salieron por la puerta, el escritor, que no estaba de acuerdo, se pegó el tiro. Eso fue el 13 de febrero de 1837. Su hija Adela, un año mayor que Baldomera, fue la que encontró el cadáver. Habría que revisar bien la historia porque ofrece lagunas. Mariano José de Larra estaba separado de su esposa Josefa Wetoret, que según se dice, vivía con sus tres hijos, por lo que la presencia de la hija en el lugar del suicidio no parece muy probable, como tampoco el hecho de que el hombre se matara a pocos metros de su hija. Quién sabe. Igual fue así o no. Pero matar se mató y dejó a su esposa sin sustento alguno y con tres churumbeles. 

Baldomera

El hermano mayor era Luis Mariano de Larra, que triunfó más adelante como escritor de zarzuelas, de teatro y también de novelas. Fuera como fuese, Josefa Wetoret, sacó adelante a su hijo y a sus dos hijas, lo que demuestra que no era tonta, que es como la describían en la época: como una mujer de pocas luces. Por la educación que recibieron sus hijos y por los diferentes papeles que interpretaron en sus vidas adultas, igual la mamá no era tan tonta. O sí, que hay otra versión que dice que quienes se hicieron cargo de los niños fueron sus abuelos paternos. Hay mucha literatura y muchas fuentes que se contradicen. Era época de romanticismo. Todo valía si estaba bien escrito y aquella gente escribía muy bien.

Pasados los años, Baldomera estaba casada con el médico de Amadeo I de Saboya, que duró muy poco y reinó muy mal. Un día le presentó al rey a su hermana Adela, la que había encontrado a su padre muerto. Adela estaba a su vez casada con un millonario andaluz, pero Amadeo y ella se convirtieron en amantes de mutuo acuerdo. Luego todo se vino abajo y Baldomera fue pobre por segunda vez, o por primera, según la versión que compremos sobre su infancia.

Amadeo se volvió a Italia y el marido de Baldomera, su médico, se largó a ejercer a Cuba desentendiéndose de su esposa y de sus hijos. Por su parte, Adela se quedó sin amante y en una posición económica no mejor que la de su hermana. Se dice que fue procesada por intento de estafa. Se le perdió la pista. Y el mayor triunfaba con sus zarzuelas. Al parecer, para ir tirando, Baldomera recurría a prestamistas que le cobraban unos intereses infernales, que a su vez iba tapando con otros préstamos todavía más caros.

Así que se puso a pensar en cómo resolver aquella situación y tomar las riendas de su vida y decidió que, puestos a pagar tanto interés por un pequeño préstamo, le pediría préstamos a todo el mundo. E inventó la estafa piramidal, un sistema tan bien diseñado que todavía se aplica hoy y que viene funcionando desde el S. XIX. Empezó a pedir dinero ofreciendo unos intereses de un 30% mensual. El truco, debió pensar, es cumplir al principio, que es lo que ella hizo, pagando religiosamente. La noticia corrió como la pólvora y había cada vez más gente haciendo cola frente a su casa para darle su dinero a Baldomera. Así que abrió una oficina bancaria, la Caja de Imposiciones, para atender a tantos incautos, ricos y pobres, que acudían en busca de grandes beneficios sin preguntarse de dónde salían.

Cuando su pirámide saltó por los aires ella estaba escondida en París bajo un nombre falso. Dependiendo de dónde lo lea usted, se llevó entre 8 y 20 millones de reales, una fortuna. Allí pasó un par de años hasta que la apresaron. Fue condenada a 6 años pero fue indultada al cabo de unos meses. En el recurso fue absuelta. Según las leyes de la época una mujer no podía firmar un contrato sin permiso del marido, por lo que todo lo que había firmado, incluyendo la apertura de su banco, se declaraba nulo toda vez que su marido no había autorizado nada.

Doña Baldomera Larra, más que una estafa, inventó nuestras vidas. Mire usted a su alrededor y dígame que no ve estafas por todas partes, muchas de ellas perfectamente piramidales.

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