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Demasiado joven para morir

Rajoy, el viernes, en el auditorio de Afundación, en su reparación en Pontevedra. JAVIER CERVERA-MERCADILLO
Rajoy, el viernes, en el auditorio de Afundación, en su reparación en Pontevedra. JAVIER CERVERA-MERCADILLO

ESTUVO el pasado viernes Rajoy en Pontevedra comprobando dónde queda el último reducto del marianismo, en la ciudad que nunca ganó siendo él presidente del Gobierno ni del partido. Allí, donde fue declarado persona non grata y donde le propinaron el puñetazo aquél que recibió como lo recibe todo en esta vida, con desinterés, como si el golpe lo hubiera recibido otro cualquiera, allí, digo, llenó a rebosar el auditorio de Abanca, con capacidad para 850 personas.

Mientras tanto en Vitoria su sucesor Pablo Casado apenas reunía a 650 en una plaza de toros con un aforo de 8.000, protagonizando uno de los pinchazos más clamorosos de la historia universal de la democracia. No debió gustarle mucho a su mentor Aznar ver a Rajoy sobrepasando a Casado, que ni soltando a una vaquilla hubiera animado esta campaña que empezó mal para el PP, con la fachada de la sede reformada con la caja B acordonada por la policía tras desprenderse de ella unos cascotes. Unos operarios colgaban un cartel con la leyenda ‘Valor seguro’ cuando sobrevino el accidente, acaso provocado por el descuido con el que suelen trabajar los constructores cuando no hay facturas de por medio.

Estas son las batallitas internas que libran ahora Rajoy y Aznar, que viven la política convertidos en el personaje de aquella canción de Jethro Tull: ‘Demasiado viejo para el rock and roll; demasiado joven para morir’. Debe ser difícil para ellos, como lo es para Felipe, sobrevivir a sí mismos.

Lo triste es que las referencias del PP sean Rajoy y Aznar. Luego se preguntan por qué hay tanta gente dispuesta a entregarse a Vox. Uno, Aznar, pasó por la política mintiendo. Lo hizo con la guerra de Irak. Lo hizo con los atentados del 11M. Lo hizo cada vez que uno de sus exministros era detenido. Rajoy, por su parte, metió a las cloacas del Estado a servir a su partido y acabó perdiendo por vez primera una moción de censura. Ése es el bagaje que presentan uno y el otro y ése el legado que pretenden imponer.

Y ahora se pelean como viejos rockeros que no quieren morir. Rajoy hace lo que ha hecho siempre: esperar, a ver qué le depara la vida; a ver si Casado se estrella y alguno de sus pocos leales le disputa el liderazgo. Mientras, Aznar se emplea a fondo desafiando con la mirada a España entera esperando que su protegido salve al menos los muebles.

Y mientras, en el nuevo PP, que se parece más a la AP de Fraga que a ningún otro, militantes y simpatizantes comprueban aterrorizados que el que llena plazas de toros es Abascal, verdadero receptor de los restos de una derechona en demolición que se desmorona como se desmorona la fachada de su sede.

Es curioso el efecto que produce en las personas una temporada en Moncloa. Cómo siguen creyéndose imprescindibles y cómo se pelean por administrar la tierra quemada que ellos mismos incendiaron. Cómo se resisten a renunciar a su influencia y dejar que sean otros los que se ocupen. Nadie va a creer en la regeneración de la derecha mientras sean ellos los encargados de tutelarla.

Más allá del daño irreparable que han hecho a España y a su marca, ya antes sobrevalorada, está el que han hecho a su partido, de ahí que lo que sorprende es que la militancia no los eche a patadas cada vez que pretenden abrir la boca para apoyar a los suyos o para ofrecer soluciones mágicas a los problemas que han generado. Ellos son los únicos responsables de un partido que se viene abajo. Lo mejor que podrían hacer sería desaparecer y no volver jamás, mucho menos para tratar de influir en el devenir de su formación. Culpa suya es el auge de Vox, pero echarán las manos a la cabeza cuando comprueben que buena parte de ese 40% de indecisos y voto oculto acaba entregado a Vox.

Y al día siguiente, ya se lo digo yo, volverán a la lucha por el control del partido. Moverán a sus peones, reanudarán la guerra sucia interna y tratarán de capitalizar su propio fracaso, sin darse cuenta de que eso ya lo hace Vox con mucha más eficacia.

Podrían retirarse de la política y dedicar el tiempo que les queda de vida al Registro de la propiedad o a cobrar como consejeros de una multinacional a la que hayan favorecido. Son jóvenes para morir, pero muy viejos ya para el rock and roll, y eso no se acepta fácilmente. No es agradable admitir después de haber tenido tanto poder que las etapas se queman y la vida continúa. Seguirán luchando por una España que ya no los quiere porque sabe que no los necesita para nada. Morirán cuando ya sean viejos para hacerlo, y lo harán amargados, todavía pensando cada uno que la culpa fue enteramente del otro, odiándose entre ellos, amargados por haber perdido los dos.

Demasiado joven para morir
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