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De cabeza al infierno

Un niño es un niño, sea palestino o ucraniano o senegalés
Un grupo de refugiados ucranianos espera para subirse a un autobús. EFE
Un grupo de refugiados ucranianos espera para subirse a un autobús. EFE

Según los cálculos de la ministra de Educación, Pilar Alegría, unos 100.000 niños ucranianos serán escolarizados en España. El ministerio contratará personal de refuerzo y los servicios sociales sufragarán los costes de la estancia. Eso me parece más que bien. A todo el mundo le parece bien, creo, pues no he escuchado reproche alguno desde ninguna organización política y eso me parece raro.

No lleva Putin ni un mes de guerra y ya estamos acogiendo y escolarizando a esos pobres niños obligados a dejarlo todo y emprender una nueva vida que les dé otra oportunidad en un lugar desconocido cuya lengua, costumbres y cultura desconocen por completo. Huyen del desastre, de las bombas, del terror y debemos hacer lo posible por acogerlos, arroparlos y atenderlos. Nos parece estupendo porque tienen la suerte de ser rubitos y a su manera, cristianos. A los que vienen de Siria los llamamos menas, que suena más despectivo que niños, e inmediatamente nos ponemos a calcular lo que nos cuesta cada uno y a quejarnos de que se tiren nuestros impuestos en abrir las puertas a menas.

Nadie se quejará de que una niña ucraniana ocupe una plaza en el aula de su hijo. Si esa plaza se la damos a un subsahariano, la cosa cambia. Son delincuentes que vienen a España a robar, violar y asesinar. Ciertos discursos, como los de la extrema derecha, se caen a pedazos ante este doble rasero. Habrá que concluir que a los menores se les debe acoger dependiendo de qué guerra vengan, porque la guerra de la que huyen marca la diferencia y determina factores decisivos, como su origen, el color de su piel y la religión en la que fueron educados.

Si escapan de una guerra en África, recorren cientos de kilómetros para llegar a Marruecos y saltan una valla, son delincuentes y los recibimos a palos. Si la guerra es en Ucrania, lo justo es mandarles un autobús y recibirlos con peluches y lápices de colores porque un niño de ojos azules jamás será capaz de matar a una mosca. Importa además dónde se fabricó la bomba que destruyó su casa o quién disparó las balas que mataron a sus padres.

Cuando a un niño negro le ponen un fusil en las manos es un niño de la guerra; a los menores ucranianos a los que Zelenski les prohíbe salir de Ucrania, les da un arma y los manda al frente les llamamos jóvenes héroes que luchan por su patria y por la libertad, porque a los negros los esclaviza un dictador y a los rubios se lo ordena un demócrata.

No sé, igual deberíamos hacérnoslo mirar. Hay algo ahí que no cuadra. Pensar que la gravedad del sufrimiento de un niño depende del país que se ven obligados a abandonar me parece a mí que es de mala persona y de pésimo cristiano, lo digo porque los que se entusiasman ante la llegada del rubio y se escandalizan cuando viene un negro son muy de misa dominical. No sé si en algún momento un sacerdote les habrá citado Hechos 17:26, que empieza así, refiriéndose a Dios: "Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra". O sea, que todos somos hermanos. No lo digo yo, lo dice el citado versículo. Pero claro, los fachuzos españoles son tan omnipotentes que saben más que Dios. Yo no soy creyente, pero soy un humilde lector de la Biblia porque es una recopilación de libros entretenidos. La conozco mejor que toda la bancada de Vox y a veces aprendo algo, no como ellos.

Pero esos cristianos de salón que se emocionan en las procesiones y luego piden que dejemos morir ahogados a los inmigrantes o estigmaticemos a niños negros, esos acabarán sentados a la derecha de Satanás, lo que yo les diga, que San Pedro a las puertas del cielo no tiene en cuenta los títulos nobiliarios no los cargos políticos. ¿Que ha sido Abascal tan mal cristiano que quiere expulsar a los niños de un color que no le gusta? Pues aquí no entra. A sufrir eternamente, por ser en vida un maltratador de menores, que es lo que es.

Y no sólo con menores. Su obsesión por los menores no acompañados, además de enfermiza y acomplejada, es totalmente anticristiana. Que alguien me cite un versículo en el que Jesús, que era judío, proponga que un niño sea discriminado por el color de su piel. Una guerra es una guerra, una bomba es una bomba y un niño es un niño, sea palestino, ucraniano o senegalés. A esta gente hay que explicarle así las cosas, aunque no sé para qué, si ni así lo pillan.

La caridad cristiana no es eso. No es selectiva. Se aplica de igual forma a todo el mundo, venga de donde venga, huya de lo que huya: del hambre, de la guerra, de la opresión. Un misil asusta a un niño o a una niña sean blancos o negros. Y tú, Abascal, y los que te siguen, al Infierno vais de cabeza.

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